domingo, 4 de agosto de 2013

Razones humanas que nos ayudan a ser humildes


Razones humanas que nos ayudaran a ser humildes
 San Pablo (Rom 12,3) No queráis saber más de lo que conviene, sino saber con medición. El soberbio y arrogante no es solo malo y pecador, también es loco. (Isaías 32,6) El loco dirá locuras y por las locuras que dice entenderéis que está loco. ¿Qué es lo que dijo el primer soberbio que fue Lucifer? (Isaías 14,13) Escalare los cielos, elevaré mi trono por encima de las estrellas de Dios, me sentaré en el monte de la divina asamblea en el confín del septentrión (Norte). ¿Qué cosa más loca y desatinada? Así vemos como los locos nos mueven a risa con las locuras que dicen y hacen. Así también los soberbios dan materia de risa y conversación con las palabras que dicen, arrogantes y que redundan en su alabanza, y con el caso que quieren que se haga de ellos y de sus cosas y con la estima en que ellos las tienen.
Dice San Crisóstomo que es peor locura la del soberbio y digna de mayor vituperio e ignominia que la natural, porque esta no trae consigo culpa ni pecado alguno y aquella sí. Otra diferencia es que los locos naturales causan compasión y mueve a que todos se duelan y compadezcan de su trabajo, pero la locura del los soberbios no mueve a compasión ni a misericordia sino a risa y a escarnio.
Los soberbios son locos, y así tratamos con ellos como tales. Porque así como condescendemos con lo que dice el loco para tener paz con él, y no le queremos contradecir, porque está loco de esa manera hacemos con los soberbios. Y reina tanto el día de hoy este humor y locura en el mundo, que apenas se puede ya hablar con los hombres sin alabarlos y decir de ellos lo que verdaderamente no es así, que para contentarle y ganarle la voluntad no sabemos hacer otra cosa que alabarle. Y esta es una de las vanidades y locuras que dice el sabio que vio en el mundo: Ser alabados los malos por estar en lugares altos como si fueran buenos. (Eclesiastes 8,10) Sepultan a los malvados, y la gente, al volver del lugar santo, se olvida en la ciudad de cómo habían obrado: también esto es vanidad. ¿Qué mayor vanidad y locura que alabar a los hombres sin sentirlo? ¿Y muchas veces nos alaban de lo que hicimos mal y de los que y de lo que a ellos les pareció mal? Nos tratan como locos, condescendiendo con nosotros. Entiende el otro que tenemos ese humor y que nos alegramos de ser tratado de esa manera y que lo mejor es decirnos que salió todo muy bien y quedaron todos muy contentos, y nos tratan así para tenernos contentos y ganarnos la voluntad. Lo que sirve eso es hacernos más locos, porque nos alaban lo que decimos y hacemos mal y quedamos satisfechos para hacerlo otra vez.
No se atreven los hombres de hoy a decir lo que sienten, porque saben que las verdades amargan, y el soberbio resiste el aviso y la corrección. Nos dan a entender que les parece bien lo que les parece mal, por eso es gran locura y vanidad hacer caso de las alabanzas de los hombres, pues sabemos que es cumplimiento: miento para cumplir.
Los soberbios son aborrecidos de todos. De Dios primeramente (Prov 16,5) Todo hombre arrogante y soberbio es abominación delante de Dios (Eclesiastés 10,7) La soberbia es odiosa al Señor y a los humanos y para ambos es un delito de injusticia.
El soberbio pretende ser tenido y estimado de todos, pretenden ser queridos por todos. De todo el mundo es aborrecido el soberbio: de los mayores porque se les quiere igualar, de los iguales porque los quiere sobrepujar, de los menores porque quiere más de lo que es razón. Aun los criados dicen mal de su amo cuando es soberbio y no le pueden sufrir. (Prover 11,2) Donde hay soberbia allí habrá ignominia (afrenta)
Por el contrario el humilde es tenido y estimado, querido y amado de todos. Es piedra imán, la humildad que trae a sí a los corazones.
Para que nos acabemos de persuadir que es locura el andar deseando y procurando la estima de los hombres, hace San Bernardo un dilema que concluye: O fue locura la del Hijo de Dios en abatirse y apocarse tanto, y escoger menosprecios y deshonras o es gran locura la nuestra en desear tanto la honra y estimación de los hombres.
No fue locura la del Hijo de Dios ni lo pudo ser (1Cor 1, 23) A Cristo crucificado predicamos que es para los judíos materia de escándalo, y locura y desatino para los gentiles, es Cristo argumento de la omnipotencia y sabiduría de Dios. A los ciegos y soberbios gentiles les parece locura la de Cristo, pero a nosotros que tenemos luz de fe, nos parece suma sabiduría y amor infinito.

domingo, 14 de julio de 2013

De alguno medios para alcanzar este segundo grado de humildad y particularmente del ejemplo de Cristo

De algunos medios para alcanzar este segundo grado de humildad y particularmente del ejemplo de Cristo
Dos maneras de medios se suelen dar para alcanzar las virtudes morales: uno es de razones y consideraciones que nos convenzan y animen a ello; el otro es el ejercicio y uso de los actos de aquella virtud; con las cuales se alcanzan los hábitos.
Comenzando por el primer género de medios es el ejemplo de Cristo nuestro Redentor y Maestro. Toda la vida de Cristo fue un perfecto modelo de humildad desde que nació hasta que murió en la cruz. San Agustín se fijo particularmente en el ejemplo que nos dio lavando los pies a sus discípulos el jueves de la Cena. No se contento Cristo con los ejemplos de toda su vida pasada, ni con los que luego había de dar en su Pasión, que tan cercana estaba, donde había de padecer, como dice el Isaías (53,3) el postrero de los hombres y como dice el profeta David (sal 21,7) oprobio de los hombres y desecho del mundo (Jn 13,1) Sabiendo Jesús que había llegado la hora en que había de partir de este mundo los amo hasta el extremo y acabada la cena, se levanto de la mesa, se quita sus vestiduras, se ciño una toalla, echa agua en una palangana, y se postra a los pies de sus discípulos y a los de Judas, y comienza a lavárselos. ¿Qué es esto, Señor, que hacéis? Dice el apóstol Pedro  ¿Vos, Señor me laváis a mi lo pies? Respondió el Señor: Ahora no entiendes lo que hago, sin embargo, después lo entenderás. Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís bien porque lo soy. Pues si yo siendo Maestro y Señor, me he humillado y os he lavado los pies, vosotros habéis de hacer lo mismo unos a otros. Os he dado ejemplo para que aprendáis de Mí y hagáis como Yo.
Este es el misterio que aprendamos a humillarnos como Yo (Cristo) me he humillado. Es tan grande por una parte la importancia de la virtud de la humildad, y por otra la dificultad que hay en ella, que no se contenta con tantos ejemplos como no había dado, sino como quien conocía bien nuestra flaqueza, y tenía bien entendida la malicia del humor de que pecaba nuestra dolencia.
Sobre las palabras de Cristo (Mt 11, 29) Aprended de Mí que soy manso y humilde de Corazón exclama San Agustín ¡Oh doctrina saludable!¡Oh Maestro y Señor de los hombres, a los cuales por la soberbia les entro la muerte! ¿Qué es lo que tenemos que aprender de Vos? que soy manso y humilde de Corazón. Eso es lo que hemos de aprender de Cristo. Para el hombre, el humillarse y hacerse pequeño, tiene tanta dificultad, que si el mismo Dios no se hubiera humillado y hecho pequeño, los hombres no acabarían de humillarse, porque no hay cosa que tengan tan metida en las entrañas, como este apetito de ser honrados y estimados; y así todo eso fue menester para que seamos humildes.
Si esta medicina de haberse hecho Dios hombre y humillándose tanto por nosotros, no cura nuestra soberbia, no se, Dice San Agustín con que se podría cura. Si ves al Señor tan abatido y humillado, no basta para que nosotros nos avergoncemos desear ser honrados y estimados, y queramos ser despreciados y abatidos con El y por El.
Nos cuenta San Bernardo que vio al Hijo de Dios que dos criaturas nobles, generosa y capaces de la bienaventuranza que Dios había creado, se perdían por querer ser semejantes a Él. Creo Dios los ángeles, y luego Lucifer quiso ser semejante a Dios, y llevo tras de sí a otros, los echo Dios al infierno, y de ángeles quedaron echo demonios. Crea Dios al hombre y luego el demonio le pega su lepra y ponzoña  (Gen 3,5) seréis como dioses, que sabréis del bien y del mal se engolosinaron de que les dijo que serian como Dios y quebrantaron su mandamiento y quedaron semejantes al demonio.
¿Qué hará el Hijo de Dios viendo a su Eterno Padre celar y volver a si por su honra? Veo dice que por mi ocasión pierde mi Padre sus criaturas, los ángeles quisieron ser como Yo y se perdieron, el hombre quiso ser como Yo y se perdió, todos tienen envidia de Mi y quieren ser como Yo. Pues advertid: Yo iré en tal forma, dice el Hijo de Dios que de aquí en adelante el que quiera ser como Yo no se pierda sino que gane. Para esto bajo el Hijo de Dios del Cielo y se hizo hombre. ¡Oh bendita, ensalzada y glorificada sea tal bondad y misericordia, que condescendió Dios con el apetito tan grande que teníamos de ser semejantes a Él, y ya no con mentira y falsedad, como el demonio dijo, sino con verdad, ya no con soberbia y malicia, sino con mucha humildad y santidad, podemos ser como Dios.

martes, 2 de julio de 2013

Declarese más la perfeccion a que hemos de procurar subir en este segundo grado


Declárese más la perfección a que hemos de procurar subir en este segundo grado de humildad
San Juan Climaco dice que así como los soberbios aman tanto la honra y estimación, que para ser más honrados y estimados de los hombres, muchas veces fingen y dan a entender lo que no tienen, como mas nobleza, mas riqueza y mas habilidades y parte de las que tienen, así es altísima humildad que llegue uno a tener tanto deseo de ser despreciado y tenido en poco, que para alcanzar esto procure en casos fingir y dar a entender algunas faltas que no tenga , para que así sea tenido en menos. Los Santos miran como el mundo despreció al Hijo de Dios, que es sumo e infinito Bien, y viendo que el mundo es tan mentiroso y falso, y que fue engañado en no conocer una tan clarísima Luz, como era el Hijo de Dios, y honrar al que era verdaderamente honra, los santos toman tanto odio y aborrecimiento con el mundo y su estimación que reprueba aquello que el mundo aprueba, y aquello aprecian y aman lo que el mundo aborrece y desprecia, y así huyen con mucho cuidado de ser preciados y estimados de quien despreció a su Dios y Señor, y tienen por gran señal de ser amados por Cristo, el ser despreciado del mundo con El y por El. Esta es la causa por qué gustaban tanto los santos de los oprobios y deshonras del mundo, y hacían tantos ensayos para alcanzar este desprecio.
Dice San Juan Climaco que aunque no lleguemos hacer con efecto aquellas locuras santas que hacia los santos, hemos de procurar imitarlos en el amor y deseo grande que tenían de ser despreciados y tenidos en poco.
San Diadoco dice que hay dos maneras de humildad: la primera es de los medianos que van aprovechando, pero todavía están en pelea y son combatidos de pensamiento de soberbia y de malos movimientos, aunque procuran con la gracia de Dios resistirlos y desecharlos humillándose y confundiéndose. Hay otra humildad de perfectos, y es cuando el Señor comunica a uno tanta luz y conocimiento de sí mismo, que le parece que ya no se puede ensoberbecer ni parece que le pueden venir movimientos de soberbia y elación (altivez, presunción): entonces tiene el alma una humildad como natural, que aunque obra grandes cosas, no se levanta nada por eso, ni se tiene en más, sino antes se tiene por menos de todos.
La diferencia entre la una y la otra es que la primera comúnmente está con dolor y con alguna tristeza y pena, al fin como en gente que no han alcanzado perfecta victoria de sí mismos, sino que todavía siente en si alguna contradicción, que es la que causa la pena y tristeza, cuando se ofrece la ocasión de la humillación y desestima, y lo que hace que aunque la lleve con paciencia, no la lleve con alegría, porque todavía no tiene acabadas de vencer las pasiones.
Pero la segunda humildad no está con pena ni dolor alguno, antes con mucha alegría se está uno en aquella confusión y vergüenza delante del Señor, y en aquella desestima y desprecio de sí mismo, como quien no tiene ya quien le haga resistencia, por haber vencido y sujetado las pasiones y vicios contrarios, y alcanzado por perfecta victoria de si mismo.
Los de la primera humildad, se turban y mudan con las adversidades y prosperidades y diversos sucesos de esta vida, pero los que tienen la segunda humildad, ni las cosas adversas les turban ni las propicias les desvanecen ni engríen, ni causan en ellos vano contentamientos, sino que permanecen en un ser, y gozan de gran paz y tranquilidad, como gente que ha alcanzado la perfección y es superior a todos esos sucesos. Esta es la perfección de humildad hemos de procurar llegar. Y no se nos haga imposible, porque con la gracia de Dios, dice San Agustín no solamente lo Santos, sino al Señor de los Santos podemos imitar, si queremos, porque el mismo Señor dice que aprendamos de Él (Mat 1,29) Aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón.

domingo, 30 de junio de 2013

Que la perfeccion de la humildad y de las mas virtudes esta en hacer actos con deleite y gusto


Que la perfección de la humildad y de las más virtudes, está en hacer sus actos con deleite y gusto, y cuanto importa esto para perseverar en la virtud

Según los filósofos la perfección de la virtud consiste en hacer los actos de ella con deleite y gusto, para conocer si uno ha alcanzado el hábito de la virtud, tiene uno que practicar los actos de dicha virtud con prontitud, facilidad y deleite.
Si queremos ver si hemos adquirido la virtud de la humildad, mirad primero si obramos las obras de ella con prontitud y facilidad, porque si sentimos repugnancia y dificultad en las ocasiones que se nos ofrecen, es señal que no hemos alcanzado perfectamente la virtud. Y si para llevarlas bien hemos de menester prevenciones y consideraciones, buen camino es para alcanzar la perfección de esta virtud, pero al fin es señal que aún no la hemos alcanzado.
San Agustín nos enseña que algunos siervos de Dios tienen tanto amor y afición a la virtud y a la guarda de los Mandamientos de Dios y tanto aborrecimiento al vicio, y están tan hechos y acostumbrados a resistir en vela a las tentaciones que aún en sueños también las resisten.
San Pablo (1 Tesal 5,10) Ora velemos, ora durmamos, vivamos junto a Él quiere decir no solo que viviendo y muriendo siempre vivamos con Cristo, sino que los siervos de Dios siempre han de vivir con Cristo, no solamente velando, sino también durmiendo y soñando.
Si queremos ver si hemos alcanzado la perfección de la virtud de la humildad, mirad si nos alegramos tanto con la humillación y deshonra, como se alegran los mundanos con la honra y la estimación.
Para llegar a la perfección de cualquier virtud tenemos que hacer las obras virtuosas con gusto y alegría, si no es así será muy dificultoso el perseverar en la virtud.
Solían decir los padres antiguos que lo que no se hace con gozo y alegría, no puede durar mucho tiempo. Bien podrá ser que por alguna temporada guardéis el silencio y andéis con modestia y recogimiento, pero hasta que eso salga del interior del corazón y con la buena costumbre se os haga connatural, sí no lo  hacéis con suavidad y gusto, no perseverareis mucho en ello, porque será como cosa postiza y violenta, y nada violento es duradero.
Por esto importa mucho ejercitarnos en los actos de las virtudes, hasta que la virtud nos vaya embebiendo y arraigando en el corazón de tal manera que parezca que ella se cae de suyo, y que aquel es nuestro natural, y así vengamos a obrar las obras de virtud con gusto y alegría porque de esa manera podremos tener alguna seguridad de que duraremos y perseveraremos en ella.

domingo, 16 de junio de 2013

Del cuarto escalon de la humildad que es desearse despreciados y tenidos en poco y alegrarnos con ello




Del cuarto escalón, que es desear ser despreciados y tenidos en poco y alegrarnos con ello

El cuarto escalón para llegar a la perfección de la humildad es que desee uno ser despreciado y tenido en poco de los hombres, y que se alegre con las deshonras, injurias y menosprecios.
Dice San Bernardo: el verdadero humilde desea ser tenido de los otros en poco, no por humilde, sino por vil, y se goza en eso.
Nota San Bernardo que hay dos maneras de humildad: una que está en el entendimiento, que es cuando uno mirándose a sí mismo y viendo su miseria y vileza, convencido de la verdad, se tiene en poco y se juzga por digno de todo desprecio y deshonra; otra está en la voluntad, y es cuando uno quiere ser tenido de otros en poco, y desea ser despreciado y deshonrado de todos.
En Cristo, no hubo la primera humildad de entendimiento, porque no podía Cristo tenerse a sí mismo en poco ni por digno de desprecio y deshonra, porque se conocía Él muy bien a sí mismo, y sabía que era verdadero Dios e igual al Padre (Filip 2 6-9) El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario se despojo de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así reconocido como hombre por su presencia, se humillo a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.
Hubo en Él la segunda humildad de corazón y voluntad, porque por el gran amor que nos tuvo, quiso abatirse y desautorizarse, y parecer vil y despreciado delante de los hombres (Mt 11,29) Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y de voluntad.
Sin embargo en nosotros ha de haber ambas humildades, porque la primera sin la segunda es falsa y engañosa. Querer parecer y ser tenido por otro de lo que verdaderamente sois, es falsedad y engaño. El que verdaderamente es humilde, y de veras siente bajamente de si, y se desprecia él a sí mismo y se tiene en poco, se ha de alegrar también que los otros le desprecien y tengan en poco.
Esto es lo que hemos de aprender de Cristo. Mirad el corazón y con que deseo y voluntad abrazó Él los desprecios y las deshonras por nuestro amor, que no se contento con abatirse y apocarse, haciéndose hombre y tomando forma y habito de siervo el que es Señor de Cielos y de la tierra, sino que quiso tomar forma y habito de pecador. Dice el apóstol (Rom8, 3) Envió Dios a su Hijo en traje y semejanza de hombre pecador. No tomó  pecado, porque no pudo caber en Él; pero tomó el cauterio (lo que corrige o ataja  eficazmente algún mal) y señal de pecadores, porque quiso ser circundado como pecador y bautizado entre pecadores y publicanos, como si fuera uno de ellos, y ser tenido en menos que Barrabas, y ser juzgado por peor y por más indigno de la vida que él.
Finalmente era tan grande el deseo que tenia de padecer afrentas, escarnios y vituperios por nuestro amor, en el cual, embriagado de amor, había de quedarse desnudo, como otro Noé, para ser escarnecido de los hombres. (Lc 12, 50) Con un bautismo tengo de ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta  que se cumpla! (Lc 22,15) y les dijo  Ardientemente he buscado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, En el cual no se verán sino escarnios y vituperios nunca vistos, bofetadas y pescozones, como a esclavo, escupirle su cara como a blasfemo, vestirle de blanco como a loco y de purpura como a rey fingido, y sobre todo los azotes, que es castigo de ladrones y malhechores, y el tormento de la cruz en compañía de ladrones, que en aquel tiempo era el más vergonzoso e ignominioso linaje de muerte que había en el mundo. Esto es lo que con gran deseo estaba deseando Cristo nuestro Redentor. Estaba deseando esta hora para hartarse de oprobios, escarnios y afrentas, como cosa de que Él tenía gran hambre y de que gustaba mucho, y le era muy sabrosa por nuestro amor.
Pues si el Hijo de Dios deseó con tan gran deseo los desprecios, y deshonras, y los recibió con tan gran gusto y contento por nuestro amor, no siendo digno de ellas, no será mucho que nosotros, siendo dignos de todo desprecio y deshonra, deseemos por su amor tenidos siquiera en lo que somos, y que nos alegremos con las deshonras y menosprecios que merecemos, como decía el Apóstol San Pablo (2Cor 12, 10)  Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil entonces soy fuerte. Y en (Filipenses 1, 7) tratándose de su prisión los pide que le sean compañeros en la alegría que tenia por verse preso en aquella cadena por Cristo Esto es lo que siento por vosotros, está plenamente justificado: Os llevo en el corazón, porque tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís mi gracia.
Esta es la leche que mamaron a los pechos de Cristo los sagrados Apóstoles. (hechos 5, 41)Que iban gozosos y regocijados cuando los llevaban presos delante de los presidentes y sinagogas, y tenían por gran regalo y merced de Dios ser digo de padecer afrentas e injurias por el nombre de Cristo.
Los católicos, si queremos ser verdaderos católicos tenemos que advertir y ponderar delante de nuestro Creador y Señor, en cuanto grado ayuda y aprovecha a la vida espiritual aborrecer en todo, y no en parte, cuanto el mundo ama y abraza, y admitir y desear con todas las fuerzas posibles cuanto Cristo Nuestro Señor ha amado y abrazado.
Y como los mundanos, que siguen al mundo, aman y buscan con tanta diligencia honras, fama y estimación, como el mundo les enseña; así los que van en espíritu y siguen de veras a Cristo nuestro Señor, aman y desean intensamente lo contrario, a saber vestirse de la misma vestidura y librea de su Señor, por su divino amor y reverencia, tanto, que de donde a su Divina Majestad no le fuese ofensa alguna ni al prójimo imputado a pecado, deseen pasar injurias, falsos testimonios y afrentas, y ser tenidos y estimados por locos, no dando ellos, ocasión alguna de ello, por desear parecer e imitar en alguna manera a nuestro Creador y Señor Jesucristo. En esta regla está dicho todo lo que podemos decir de la humildad. Esto es haber dejado y aborrecido de veras el mundo y lo más fino de él, que es el apetito y deseo de ser tenidos y estimados; esto es estar muertos al mundo y ser de veras religiosos, que como los del mundo desean honra y estimación, y se alegran con ella, así nosotros deseamos deshonras y menosprecios y nos alegramos con ellos. Esto es ser verdadero católico que le hagamos compañía, no solo en nombre, sino en sus deshonras y menosprecios y nos vistamos de su librea (traje), siendo afrentados y despreciados del mundo con Él y por Él y alegrándonos y regocijándonos en eso por su amor.
Vos Señor fuisteis pregonado públicamente por malo y puesto entre dos ladrones como malhechor, no permitáis que yo sea pregonado por bueno (Mt 10,24) que no es razón que el siervo sea tenido en más que el Señor, ni el discípulo en más que su Maestro.

domingo, 9 de junio de 2013

algunos grados y escalones por donde hemos de subir a la perfeccion de este segundo grado de humildad



De algunos grados y escalones por donde hemos de subir a la perfección de este segundo grado de humildad

Por ser este segundo grado de humildad de lo más práctico y dificultoso que hay en el ejercicio de esta virtud, haremos de él cuatro grados o escalones, para que así poco a poco vayamos subiendo a la perfección de la humildad que este grado nos pide.
El primer grado es no desear ser honrado y estimado por los hombres, antes huir de todo lo que dice honra y estimación. De esto nos dio ejemplo Cristo que huyo cuando entendió que querían elegirle por rey después del milagro de los panes y peces (Jn 6,15) Jesús sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiro otra vez a la montaña él solo. Por la misma razón cuando manifestó la gloria de su sacratísimo cuerpo a los tres discípulos en su admirable transfiguración, les mando que no lo dijesen a nadie hasta después de su de su muerte y resurrección (Mt17, 9) Cuando del monte, Jesús les mando: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Y dando vista a los ciegos y haciendo otros milagros, les encargaba el secreto (Mt 9,30) Y les abrieron los ojos. Jessús les ordenó severamente: ¡Cuidado con que lo sepa alguien! En la curación de un sordomudo  (Mc 7,36) El les mando que no lo dijeran a nadie, pero, cuando más se lo mandaba con más insistencia lo proclamaba. Todo para darnos ejemplo, que huyamos de la honra y estimación de los hombres, por el gran peligro que en ello hay de desvanecernos y perdernos.
El segundo escalón dice San Anselmo, es sufrir con paciencia ser despreciado de otros. Lo que decimos es que a lo menos cuando se nos ofrece la ocasión de alguna cosa que toque a vuestro desprecio, la llevéis con paciencia, si no podéis con alegría, recíbelo bien, y aunque te duela, súfrelo con humildad y paciencia, Este es un gran remedio para alcanzar la humildad y para conservarla. Porque así como la honra y la estimación de los hombres es ocasión para ensoberbecernos y desvanecernos, por eso huían tanto de ella los santos; así todo lo que es en nuestro desprecio y desestima, es un gran medio para alcanzar la humildad y conservarnos y crecer en ella. Dice el Kempis: lo que agrada a los otros, ira delante; lo que a ti te contenta, no se hará: lo que dicen los otros, será oído; lo que dices tú, será contado por nada: pedirán los otros, y recibirán; tú pedirás, y no alcanzaras: otros serán muy grandes en la boca de los hombres; de ti no se hará cuenta: a los otros se encargaran los negocios; tu serás tenido por inútil. Por esto entristecerse ha la naturaleza; más será grande si lo sufres callando.
El tercer escalón que hemos de subir es no alegrarnos ni tomar contentamiento cuando somos alabados y estimados por los hombres. Dice San Gregorio la diferencia que hay entre los soberbios y los humildes, los soberbios se alegran cuando los alaban, y aunque sea mentira, el bien que dicen de ellos, se alegran porque no tienen cuenta con lo que son verdaderamente en sí y delante de Dios, solo pretenden ser tenidos y estimados de los hombres, y así se alegran y engríen con eso como quien ha alcanzado el fin que pretendía. Sin embargo la verdadero humilde de corazón, cuando ve que le alaban y estiman y dicen bien de él, entonces se encoge y se confunde más, conforme aquello del profeta (sal 87, 16) Cuando me ensalzaban, entonces me humillaba yo más, y andaba con mayor vergüenza y temor. Y con razón porque teme no sea no sea más castigado de Dios por no tener aquello de que es alabado, o si  por ventura lo tiene, teme no ser libre su premio y galardón en aquellas alabanzas, y le digan después (Lc 16,25) Ya recibiste en tu vida el premio de tus obras. De manera, que los soberbios toman ocasión para engreírse y desvanecerse, que es de las alabanzas de los hombres, de eso toman los humildes ocasión para confundirse y humillarse. Lo que dice el Sabio (prov 27, 21) Así como la plata se prueba en el lugar donde es fundida, y el oro en el crisol, así es probado el hombre en la boca de quien le alaba.  Así el hombre cuando es alabado y estimado se ensalza y se envanece con las alabanzas que oye, ese es oro o plata no buena, sino reprobada, pues le consume el crisol de la lengua; pero el que oyendo alabanzas suyas, de allí toma ocasión  para  humillarse y confundirse más,  es plata y oro finísimo, pues no se consumió con el fuego de las alabanzas; quedo más humillado y confundido. Pues tomad esta por señal de si vais aprovechando en virtud y humildad, o no, pues por tal nos la da el Espíritu Santo. Mirad si os pesa cuando os alaban y estiman, o si os alegráis y contentáis de eso, y ahí veremos si somos oro u oropel (cosa de poco valor y mucha apariencia). Hemos de estar tan fundados en nuestro propio conocimiento, que no basten vientos de las alabanzas y estimación de los hombres a levantarnos y sacarnos de nuestra nada. Entonces nos hemos de confundir y avergonzarnos más, viendo que son falsas aquellas alabanzas, y que no hay en nosotros aquella virtud de que nos alaban, ni somos tales, cuales el mundo nos predica y hemos de ser.

domingo, 2 de junio de 2013

Del segundo grado de humildad: declarese en que consiste este grado



Del segundo grado de humildad: declárese en que consiste este grado

San Buenaventura: dice que el segundo grado de humildad es desear uno ser tenido de los otros en poco, desear que no os conozcan ni os estimen y que no hagan caso de vos.
Si estuviésemos bien fundados en el primer grado de humildad tendríamos andado mucho camino para llegar a este segundo grado; si verdaderamente nosotros mismos nos tuviésemos en poco (que es el primer grado) no se nos haría muy dificultoso que los otros también nos tuviesen en poco, antes nos alegraríamos en ello.
Dice San Buenaventura: “Todos nos alegramos que los demás se conformen con nuestro parecer y sientan lo mismo que nosotros sentimos”. Si esto es así ¿Por qué no nos alegramos que los otros nos tengan en poco? Porque no nos tenemos en poco, no somos de ese parecer.
San Gregorio sobre aquellas palabras de Job (33,27) Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Muchos con la boca dicen mal de si, y que son unos tales y cuales, y no lo creen ellos así, porque cuando otro les dice aquellas mismas cosas, y aún menores no lo pueden sufrir. Y esos tales, cuando dicen mal de si, no lo dicen con verdad, porque no lo sienten ellos así en su corazón, como lo sentía Job cuando decía Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Job decía esto con verdad y corazón, pero esos solamente se humillan con la boca y exteriormente, más en el corazón no tienen humildad, quieren parecer humildes, pero no lo quieren ser, porque si de veras lo deseasen, no se sentirían tan molestos cuando otros les reprenden y les avisa de alguna falta y no se excusarían, ni se turbarían tanto como se turban.
Muchas veces lo que parece humildad es soberbia. Porque nos humillamos para ser alabados por los hombres y para ser tenidos por buenos y humildes. Dice el Sabio: Hay algunos que se humillan fingidamente, y allá en el interior de su corazón está lleno de soberbia y engaño. Porque ¿qué mayor engaño que buscar por medio de la humildad ser honrado y estimado por los hombres? ¿Y qué mayor soberbia que pretender ser tenido por humilde? Pretender alabanzas de la humildad, dice San Bernardo no es virtud de humildad sino perversión y destrucción de ella. ¿Qué mayor perversión puede ser esa? ¿Qué cosa puede ser más fuera de razón, que querer parecer mejor de donde parecéis peor? Del mal que decís de vos queréis parecer bueno y ser tenido por tal, ¿Qué cosa más indigna y más fuera de razón? San Ambrosio reprendiendo esto dice: Muchos tienen apariencia de humildad, pero no tienen la virtud de la humildad, muchos que parece exteriormente la buscan, interiormente la contradicen.
Es tanta nuestra soberbia y la inclinación que tenemos ser tenidos y estimados, que buscamos mil modos e inventamos mil cosas para eso. Unas veces por indirectas, otras por directas, siempre procuramos llevar el agua a nuestro molino. Dice San Gregorio, que es propio de los soberbios, cuando les parece que han hablado o hecho alguna cosa bien, preguntar a los que lo vieron u oyeron que les digan las faltas, para que les digan bien de ello. Parece que se humillan exteriormente, pidiendo que les digan las faltas, pero no es humildad, sino soberbia, porque pretenden con aquello sacar alabanzas. Todo es soberbia y estimación, y eso pretendemos sacar con humildades fingidas.
Otras veces, cuando no podemos encubrir nuestra falta, la confesamos llanamente, para que ya que perdimos la honra con la falta, la ganemos con aquella confesión humilde. Otras veces dice San Bernardo exageramos nuestras faltas, y decimos aún más de lo que es, para que viendo los otros que no es posible ni creíble ser tanto aquello, piensen que no debió haber falta ninguna en ello, y así exagerando y diciendo más de lo que es, queremos encubrir lo que es.
Todo esto nos viene de no estar bien fundados en el primer grado de humildad, y así estamos tan lejos del segundo grado. Es menester que tomemos este negocio desde sus principios; primero conviene que conozcamos nuestra miseria y nuestra nada, y del profundo conocimiento propio ha de nacer en nosotros un sentir muy bajamente de nosotros mismos, y despreciarnos y tenernos en poco que es el primer grado de humildad, y de ahí hemos de subir al segundo. De manera que no basta que vos os tengáis en poco; no basta que vos digáis mal de vos, aunque lo digáis de verdad y corazón, y lo sintáis así, sino tenéis que procurar llegar a alegraros que los otros también sientan de vos eso mismo que vos sentís y decís, y os desprecien y tengan en poco.
Dice San Juan Climaco: No es humilde el que se abate y dice mal de si mismo porque ¿quién hay que no se sufra a sí mismo?  Sino aquel que es humilde, que con paz se alegra ser despreciado y maltratado de otros. Bueno es que uno diga siempre mal de sí, que es un soberbio, perezoso, impaciente, negligente y descuidado; pero mejor sería que guardase eso para cuando otro se lo dice. Si vos deseáis que los otros sientan eso mismo, y os tengan en esa posesión y figura, y os alegráis de oír esas cosas cuando se ofrece la ocasión, esa es la verdadera humildad.

sábado, 25 de mayo de 2013

Cuanto conviene ejercitarse en nuestro propio conocimiento


Cuanto conviene ejercitarse en nuestro propio conocimiento

Los santos Agustino y Bernardo dicen que esta ciencia del propio conocimiento es la más alta y de mayor provecho de cuantas han inventado y hallado el hombre.
Dice san Agustín: La ciencia de las cosas del cielo y de la tierra, la ciencia de la astrología, de la cosmografía, el saber de los movimientos de los cielos, los cursos de los planetas, sus propiedades e influencias; pero el conocerse a sí mismo es más alta ciencia y más provechosa que todas esas, Las demás hinchan y se envanecen, como dice San Pablo (1 Cor 8,1) pero esta edifica y humilla. Acerca de lo sacrificado a los ídolos, se que todos tenemos conocimiento. Pero el conocimiento engríe, mientras el amor edifica.
Dice San Bernardo hablando en persona de Dios ¡Oh hombre si te vieses y conocieses, luego te descontentarías y te desagradarías a ti, y me contentarías y agradarías a Mi; pero porque como no te ves, ni te conoces, te agradas a ti y me descontentas a Mí! Guardaos no venga tiempo, cuando ni os agradéis a vos ni a Dios, a Dios por pecasteis y a vos porque os condenasteis.
San Gregorio dice: Hay algunos que comenzando a vivir a Dios y tratar un poco de virtud, luego creen que son buenos y santos, y de tal manera ponen los ojos en lo bueno que hacen que se olvidan de los pecados y males pasados y algunas veces de los presentes, porque se ocupan tanto en mirar lo bueno que no atienden ni echan de ver muchas cosas malas que hacen .Pero los buenos y los escogidos hacen muy al contrario, porque estando llenos de virtudes y buenas obras siempre ponen los ojos en lo malo que tienen y están mirando y considerando sus faltas e imperfecciones. Así mirando sus males conservan sus bienes y las virtudes que tienen, permaneciendo siempre en humildad; por el contrario los malos, mirando sus bienes los pierden, porque se ensoberbecen y desvanecen con ellos. Y los malos sacan mal y daño de sus bienes porque usan mal de ellos. Y cuando el demonio os traiga a la memoria los bienes que hemos hecho para que os estiméis y ensoberbezcáis, dice san Gregorio contraponedle vos vuestros males, trayendo a la memoria vuestros pecados pasados, como lo hace el apóstol San Pablo (1 Timot 1, 13) ¡Ay! ¡Que he sido blasfemo y perseguidor de los siervos de Dios y del nombre de Cristo! (1 Cor15,9) ¡Que no soy digno de ser llamado Apóstol porque he perseguido a la Iglesia de Dios! Este es buen contrapeso y muy buena contramina contra esta tentación.
San Francisco de Borja tenía una devoción que le ayudaba mucho y era que cada día , al levantarse, la primera cosa que hacía era arrodillarse y besar tres veces la tierra, para acordarse de que era polvo y tierra y que en eso se había de volver. Pues guardemos nosotros este consejo y quedémonos con él, no se nos pase día alguno que no gastemos algún rato de oración en pensar algo que toque a nuestra confusión y desprecio. Y no paremos ni descansemos en este ejercicio hasta que sintamos que se nos ha embebido en nuestra alma un entrañable desprecio y desestima de nosotros mismos, y una confusión y vergüenza delante de acatamiento de la majestad de Dios viendo nuestra bajeza y miseria. Porque es tanta nuestra soberbia y la inclinación que tenemos a ser tenidos y estimados, que si no andamos continuamente en este ejercicio, cada hora nos hallaremos levantados sobre nosotros mismos como el corcho sobre el agua, porque más vanos y más livianos somos nosotros que el corcho.
Para que nos animemos más en este ejercicio y ninguno tome ocasión para dejarle por algunas falsas aprensiones se han de advertir aquí dos cosas: La primera, que no piense nadie que es ejercicio solo de los principiantes, porque es también de los antiguos y aprovechados y de muy perfectos varones, pues vemos que ellos y el mismo Apóstol San Pablo lo usaban.
La segunda, es menester que entendamos que este ejercicio no es triste ni melancólico, ni causa turbación ni desasosiego, antes trae consigo gran paz y quietud y gran contento y alegría, por muchas faltas y miserias que uno conozca en sí, aunque de verse tan ruin entienda claramente que merece que todos le aborrezcan y desprecien, porque cuando este conocimiento nace de verdadera humildad, viene aquella pena con una suavidad y contento que no querría uno verse sin ella. Esas otras penas y congojas que algunos tienen viendo en si tantas faltas e imperfecciones, son tentación del demonio, el cual pretende con eso, que pensemos que tenemos humildad, y por otra parte si pudiere, querría que desconfiásemos de Dios y que anduviésemos desalentados y desmayados en su servicio.
Si hubiéramos de parar en el conocimiento de nuestra flaqueza y miseria, harta ocasión tuviéramos de entristecernos y desconsolarnos. Pero no hemos de parar ahí, sino pasar luego a la consideración de la bondad y misericordia y liberalidad de Dios y a lo mucho que nos ama y padeció por nosotros y en eso hemos de poner nuestra confianza. Y así lo que fuera ocasión de desmayo y tristeza mirándoos a vos, sirve para esforzar y animar y es ocasión de mayor alegría y consuelo mirando a Dios. Se mira uno a sí mismo, y no ve sino  que llorar; y mirando a Dios confía en su bondad si temor a verse desamparado, por muchas faltas e imperfecciones y miserias que vea en si porque la bondad y misericordia de Dios es infinita, en que tiene puesto sus ojos y su corazón, exceden y sobrepujan infinitamente todo eso.

jueves, 9 de mayo de 2013

Otros bienes y provechos que hay en el ejercicio del propio conocimiento

Otros bienes y provechos que hay en el ejercicio del propio conocimiento.

Uno de los principales medios que podemos poner de nuestra parte para que el Señor nos haga merecedores y nos comunique grandes dones y virtudes, es humillarnos y conocer nuestra flaqueza y miseria.
Dice el Apóstol San Pablo (2 Cor 12,9) De muy buena gana me gloriaré en mis flaquezas, enfermedades y miserias para que así more en mi la virtud de Cristo.
San Ambrosio dice: Si se ha de gloriar el cristiano ha de ser en la poquedad y en su bajeza, porque ese es el camino para crecer y valer delante de Dios.
Para decir en breve los bienes y grandes provechos de este ejercicio, digo que para todas las cosas es remedio universal el propio conocimiento. Y así, podemos decir, que donde nace tal cosa y que remedio hay para ella, casi en todas podemos responder que aquella nace de la falta de conocimiento propio, y que el remedio seria conocerse a sí mismo y humillarse.
Porque si preguntamos de donde nace el juzgar a mis hermanos, digo que de falta de conocimiento propio; porque si anduviésemos dentro de nosotros, tendríamos tanto que mirar y llorar nuestros duelos que no tendríamos cuenta con los ajenos.
Si preguntamos de donde nace hablar a mis hermanos palabras ásperas y mortificativas, también nace de la falta de conocimiento propio, porque si no conociésemos y nos tuviésemos por el menor de todos, y cada uno mirásemos como a superior, no tendríamos atrevimiento para hablarlo de esa manera.
Si preguntáis de donde nacen las excusas, las quejas y las murmuraciones, por qué no me dan esto o lo otro,  o por qué me tratan de esta manera, claro está que nace de la falta de conocimiento.
Si nos preguntamos de donde nace el turbarse y entristecerse, cuando es molestado por tales o tales tentaciones, o cuando ve que cae muchas veces en algunas faltas, y melancolizarse y desanimarse con eso, también nace de la falta del propio conocimiento, porque si tuviésemos humildad y considerásemos bien la malicia de nuestro corazón, no nos turbaríamos ni desmayaríamos por eso, antes nos espantaríamos, como no pasan cosas peores por nosotros, y como no tendríamos mayores caídas, y andaríamos alabando y dando gracias a Dios porque nos tiene de su mano para que no caigamos en lo que cairiamos si Él no nos tuviera.
De una sentina y manantial de vicios ¿Qué no ha de brotar? De tal muladar, tales olores, como esos se han de esperar, y de tal árbol tal fruto. Si pedís remedio para tener mucha caridad con vuestros hermanos, para ser obediente, para ser paciente, para ser buen penitente, aquí tenéis el remedio para todo, conoceros a vosotros mismos y tener humildad.
Padre Francisco de Borja leemos que yendo de camino, le encontró un señor amigo suyo, y como le vio que andaba con tanta pobreza e incomodidad, se condolió de él. Le rogó que tuviese más en cuenta con su persona. Le dijo el Padre con alegre semblante y mucha disimulación: No le dé pena a vuestra señoría ni piense que voy tan desapercibido como le parece, porque le hago saber que siempre envío delante un aposentador que tiene aderezada la posada y todo regalo. Le preguntó aquel señor quien era este aposentador. Respondió: Es mi propio conocimiento y la consideración de lo que yo merezco, que es el infierno por mis pecados, y cuando con este conocimiento llego a cualquier posada, por desacomodada y desapercibida que esté siempre me parece más regalada de lo que yo merezco.

lunes, 29 de abril de 2013

Que el propio conocimiento no causa desmayo, sino animo y fortaleza



Que el propio conocimiento no causa desmayo, sino ánimo y fortaleza

El conocimiento de sí mismo no causa desmayo ni cobardía, antes da gran ánimo y fortaleza para todo lo bueno. La razón de todo esto es, porque cuando uno se conoce a si mismo ve que no tiene en que apoyarse,  y desconfiando de sí mismo, pone toda su confianza en Dios, en el cual se halla fuerte y poderoso para todo.  Estos son los que pueden emprender y acometer cosas grandes, porque como lo atribuyen todo a Dios y nada a sí, toma Dios la mano y hace suyo el negocio, y se encarga de él, y entonces quiere El hacer maravillas y cosas grandes por instrumentos y medios flacos para descubrir las riquezas de su gloria, en los vasos de su misericordia que son los escogidos. (Romanos 9,23)
Esto es lo que dijo el mismo Dios a San Pablo, cuando fatigado de sus tentaciones daba voces pidiendo le liberase de ellas, respondió Dios (2 Cor 12,9) Te basta mi gracia, por muchas tentaciones y flaquezas que sientas, porque entonces la virtud de Dios se muestra más perfecta y más fuerte, cuando es mayor la enfermedad y flaqueza.
San Agustín y San Ambrosio declaran: Cuando uno se conoce y desconfía de sí mismo, y pone toda su confianza en Dios, entonces acude y ayuda su Majestad, y por el contrario cuando uno va confiando de sí y de sus medios y diligencias es desamparado.
San Basilio dice que muchas veces, cuando nosotros deseamos y pensamos tener mejor oración y más devoción, tenemos menos, porque íbamos confiados en nuestros medios, y en nuestras diligencias y preparaciones, y otras veces cuando menos pensamos, somos prevenidos con grandes bendiciones de dulzura, para que entendamos que esa es gracia y misericordia del Señor, y no diligencia ni merecimiento nuestro.
De manera que el conocer uno su flaqueza y miseria no desmaya ni acobarda, antes anima y esfuerza más porque hace desconfiar de sí y poner toda la confianza en Dios. Así dice el Apóstol (2Cor 12,10) Cuando estoy enfermo entonces soy más poderoso, cuando me humillo entonces soy más ensalzado.
De aquí se entiende que no es humildad ni nacen de ella, unos desmayos y descaecimientos que nos suelen venir, unas veces cerca de nuestro aprovechamiento, pareciéndonos que nunca hemos de poder alcanzar la virtud, ni vencer la mala condición e inclinación que tenemos, otras, cerca de los oficios que nos pone o puede poner la obediencia. Parece esto humildad, pero muchas veces no  lo es; antes nace de soberbia, porque pone uno, los ojos en sí, como si por sus fuerzas, o diligencias hubiera podido aquello, habiéndolos de poner en Dios, en el cual hemos de quedar muy esforzados y animados.

sábado, 20 de abril de 2013

De los bienes y grandes provechos que hay en el ejercicio del propio conocimiento




De los bienes y grandes provechos que hay en el ejercicio del propio conocimiento

Uno de los bienes principales que nos da el ejercicio del propio conocimiento es la humildad y es medio necesario para alcanzarla y conservarla.
Preguntado a uno de aquellos Padres antiguos como podría uno alcanzar la verdadera humildad, respondió: El que apartase los ojos de las faltas ajenas y los pusiese en las suyas propias, y ahondando en su propio conocimiento, ese alcanzara la verdadera humildad.
Los Santos dicen que el humilde conocimiento de sí mismo es el mejor camino para conocer a Dios, más que el profundo ejercicio de todas las ciencias.
San Buenaventura nos da a entender aquel misterio del Evangelio, que Cristo obró en aquel ciego de nacimiento, poniéndole lodo en los ojos, le dio vista corporal para que se viese a sí, y vista espiritual para que conociese a Dios y le adorase. Así nos dice a nosotros, que nacemos ciegos con ignorancia de Dios y de nosotros mismos, nos da Dios vista, poniendo sobre nuestros ojos el lodo de que fuimos formados para que, considerando que fuimos un poco de lodo, recibamos vista para que nos veamos y conozcamos primero a nosotros mismos y de ahí podamos conocer a Dios.
Esto mismo pretende la Iglesia con la ceremonia del miércoles de ceniza, al principio de cuaresma al imponernos la ceniza y recordarnos “Acuérdate, hombre que eres polvo, y en eso te has de volver”. Para que conociéndose a sí, venga a conocer a Dios y pesarle de haberle ofendido y hacer penitencia de sus pecados. Pues el hombre es la suma bajeza y Dios la suma alteza, son dos extremos contrarios, de ahí es que mientras más se conoce uno a sí mismo, viéndose que no tiene bien ninguno, sino nada y pecados, más echa de ver la bondad y misericordia de Dios que se inclina a amar y tratar con tan grande bajeza como la nuestra.
Así se viene el alma a encenderse e inflamarse en el amor de Dios, porque nunca se acaba de maravillar y de dar gracias a Dios, viendo que siendo el hombre tan miserable y malo, le sostiene Dios y le hace tantas mercedes, que muchas veces no nos podemos soportar a nosotros mismos, y que sea tanta la bondad de Dios y misericordia para con nosotros, como dice el (Prov 8,31) Mis deleites son estar con los hijos de los hombres. ¿Qué hallasteis, Señor en los hijos de los hombres, para que digáis vuestros deleites son estar y conversar con ellos?
Por esto usaban tanto los Santos este ejercicio del propio conocimiento, para tener mayor conocimiento de Dios y amor de su divina Majestad.
Este era el ejercicio y oración de San Agustín: Dios mío, que siempre estás en su ser y nunca te mudas, me conozca a mí y te conozca a Tí. Y san Francisco oraba a sí ¿Quién Vos, y quien yo? Este camino es muy seguro y cierto para eso, y mientras más bajamos y ahondamos en nuestro propio conocimiento más subiremos y creceremos en el conocimiento de Dios y de su bondad y misericordia infinita; y también mientras más subes y crezcamos en el conocimiento de Dios, más bajaremos y aumentaremos en el conocimiento nuestro.
Porque la Luz celestial descubre rincones, y hace avergonzar al alma de lo que aun a los ojos del mundo parece muy bueno.
Dice San buenaventura: El alma ilustrada con el conocimiento de Dios, ve en si aun las cosas mínimas, y así viene a tener por malo y defectuoso lo que, el que no tiene tanta luz, tiene por bueno.
Esta es la causa porque los Santos son tan humildes y se tienen tan en poco, y mientras mayores Santos son más humildes y se tienen en menos. Porque como tienen más luz y mayor conocimiento de Dios, se conocen más, y ven que de su cosecha no tienen nada y lo único que tienen son pecados, y por mucho que se conozcan, y por muchas faltas que vean en sí, siempre creen que hay otras muchas que ellos no ven, y creen que la menor parte de sus males es la que ellos conocen, y por tales se tienen.
Porque así como creen que Dios es más bueno de lo que ellos conocen, así también creen que ellos son más malos de lo que alcanzan. Así como por mucho que conozcamos y entendamos de Dios, no le podemos comprender, sino siempre hay en El más y más que entender y conocer, así que por mucho que nos despreciemos y humillemos, no podremos llegar a lo profundo de nuestra miseria. Porque como el hombre no tiene nada de su cosecha, sino que tiene muchos pecados.
De una Santa se lee que pidió a Dios luz para conocerse, y vio en si tanta fealdad y miseria que no lo pudo sufrir, y suplicó a Dios: Señor, no tanto que desmayaré.
De aquí nace también en los siervos de Dios aquel odio y aborrecimiento santo de sí mismo, porque cuanto más conocen la bondad infinita de Dios, y más la aman, tanto más se aborrecen a sí mismo. Ven que en si mismo tienen la raíz de todos los males, que es la mala y perversa inclinación de nuestra carne, de la cual proceden todos los pecados, y con este conocimiento se levantan contra sí mismo y se aborrecen.
¿No os parece que es razón aborrecer a quien os hizo dejar y cambiar un bien tan grande como es Dios, por tomar un poco de gusto y contentamiento?
¿No os parece que es razón tener odio a quien os hizo perder la gloria eterna, y merecer el infierno para siempre? A quien os causo tanto mal y aún todavía lo procura ¿no os parece que es razón aborrecerle? Pues este sois vos contrario y enemigo de Dios, y contrario y enemigo de vuestro propio bien y de vuestra salvación.

domingo, 14 de abril de 2013

Como hemos de ejecutar el propio conocimiento para no desmayar ni desconfiar


Como hemos de ejecutar el propio conocimiento para no desmayar ni desconfiar.

Los Santos y maestros de la vida espiritual nos enseñan que de tal manera hemos de escudriñar y ahondar en el conocimiento propio de nuestras miserias y flaquezas, que no nos paremos ahí, para que no caiga el alma en desconfianza y desesperación, viendo en si tanta miseria y tanta inconstancia en lo buenos propósitos, sino que pasemos al conocimiento de la bondad de Dios y pongamos en Él toda nuestra confianza.
Dice San Pablo que la tristeza por haber pecado no ha de ser tanta que cause decaimiento y desesperación (2Cor 2,7) de modo que más vale que lo perdonéis y animéis, no sea que se hunda en una tristeza excesiva. Sino ha de ser una tristeza templada y mezclada con la esperanza del perdón, poniendo los ojos en la misericordia de Dios, y no parando en la sola consideración del pecado y de su fealdad y gravedad, así dicen que no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, para que no desmayemos y desconfiemos, sino que hemos de escudriñar y ahondar en nuestro propio conocimiento para con eso desconfiar de nosotros, viendo que de parte nuestra no podemos nada, y poner luego los ojos en Dios y confiar en Él; y de esa manera, no quedaremos desmayados, sino más animados y esforzados. Y mientras más conozcamos nuestra flaqueza, y más desconfiemos de nosotros mismos, mirando a Dios y poniendo en Él nuestra confianza, quedaremos más fuertes y más esforzados en todo.
Sin embargo advierten los Santos, así como no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas para que no caigamos en desconfianza y desesperación, y poner en Él toda nuestra confianza; así tampoco hemos de parar ahí, sino tornar luego a poner los ojos en nosotros mismos y en nuestra flaqueza y miseria. Porque si paramos en el conocimiento de la bondad, misericordia y liberalidad de Dios, y nos olvidamos de lo que somos nosotros, hay un peligro muy grande de caer en presunción y soberbia, porque vendríamos a asegurarnos demasiado de nosotros mismos, y andar muy confiados, y no tan recatados y temerosos como es menester, que es un gran despeñadero, raíz y principio de grandes y temerosas caídas.
San Basilio dice que la causa de aquella miserable caída del rey David en el adulterio y homicidio fue una presunción que tuvo una vez que fue visitado de la mano de Dios con abundancia de mucha consolación, y se atrevió a decir (Sal 29,7) No seré ya mudado de este estado para siempre. Alzara Dios un tanto la mano, cesarán esos favores y regalos extraordinarios y veréis lo que pasa. Apartasteis Señor un poco vuestro rostro de mí y luego quede turbado. Os dejará Dios en vuestra pobreza, y haréis de las vuestras, y conoceréis por vuestro mal, después de caído, lo que no quisisteis conocer cuando eras favorecido y visitado de Dios.
La causa de la caída y negación del Apóstol San Pedro dice San Basilio fué el haber presumido y confiado vanamente en si (Mt 26,33-35) Aunque sea menester morir contigo, no te negare; y aunque todos se escandalicen por tu causa, yo jamás me escandalizare. Porque dijo con arrogancia y presunción que aunque todos se escandalizasen, el no se escandalizaría, sino que antes moriría, por eso permitió Dios que cayese para  que se humillase y se conociese. Nunca hemos de apartar los ojos de nosotros mismos, ni tenernos por seguro en esta vida, sino mirando lo que somos, andar siempre con gran temor de nosotros mismos y con gran recato y cuidado no nos haga alguna traición este enemigo que traemos con nosotros.
De manera que así como no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, sino pasar luego al conocimiento de la bondad de Dios, así tampoco hemos de parar en el conocimiento de Dios y de sus misericordias y favores, sino tornar luego a bajar los ojos a nosotros mismos. Esta es la escalera de Jacob que por una parte esta fija en la tierra de nuestro propio conocimiento, y por la otra llega a la cumbre del cielo. Por aquí hemos de subir y bajar, como bajaban y subían los ángeles del cielo por aquella. Subir al conocimiento de la bondad de Dios y no pararnos ahí para no caer en presunción, sino bajemos al conocimiento de uno mismo, y no paremos ahí, para no desmayar y desconfiar, sino subir al conocimiento de Dios para tener confianza en Él, todo ha de ser subir y bajar por esta escalera.
De esta manera usaba este ejercicio Santa Catalina de Sena para librarse de diversas tentaciones que el demonio le traía, cuando el demonio la tentaba por confusión, queriéndola hacer entender que toda su vida había sido un engaño, entonces ella se alzaba y levantaba en la misericordia de Dios con humildad, diciendo: Yo confieso a mi Creador que mi vida toda ha sido tinieblas, más yo me esconderé en las llagas de Jesucristo crucificado y me bañare en su sangre, y así habrá consumido mis maldades, y me gozaré en mi Creador y Señor.
Salmo (50,9) Me lavaras y seré emblanquecido más que la nieve. Y cuando el demonio la quería levantar por soberbia con la contraria tentación, diciendo: Tú eres perfecta y agradable a Dios, y no es menester que más te aflijas, ni que llores más tus defectos, entonces ella se humillaba diciendo: ¡Miserable de mi! San Juan Bautista no hizo jamás pecado y fue santificado en el vientre de su madre, y no por eso dejó de hacer penitencia, y yo he cometido tantos defectos,  y nunca los he llorado ni conocido como debiera. Con esto el demonio, no pudiendo sufrir tanta humildad por una parte, ni tanta confianza en Dios por otra, la dijo: Maldita seas tú y quien te lo enseño, que no se por donde entrarte, que si yo te abato por confusión, tú te levantas en alto a la misericordia de Dios, y si yo te levanto, te abajas hasta el infierno por humildad, y dentro del mismo infierno me persigues.
Estas son las dos lecciones que el Santo (Kempis) dice da Dios cada día a sus escogidos, una de ver sus defectos y otra de ver la bondad de Dios que con tanto amor se los quita.

sábado, 6 de abril de 2013

Un medio para conocerse el hombre a si mismo y alcanzar humildad es la consideracion de sus pecados

Un medio para conocerse el hombre a si mismo y alcanzar humildad es la consideracion de sus pecados
Escudriñemos más en nuestro propio conocimiento ¿Hay más hondo que la nada? Sí, mucho más. ¿Qué? El pecado personal. Mucho más hondo es eso que la nada, porque peor es el pecado que él no ser, y mejor es no ser que haber pecado, dijo Cristo de Judas (Mt 26,24) Más le valdría no haber nacido.
No hay lugar tan bajo, ni tan apartado y despreciado en los ojos de Dios, entre todo lo que es y lo que no es; como el hombre que está en pecado mortal, desheredado del Cielo, enemigo de Dios, sentenciado al infierno para siempre. Y aunque ahora por la bondad del Señor, no tenemos conciencia de pecado mortal, pero así como para conocer nuestra nada nos acordamos del tiempo que no teníamos ser, así para conocer nuestra bajeza y miseria nos hemos de acordar del tiempo en que estábamos en pecado. Mirad en que miserable estado estamos cuando delante de los ojos de Dios, estamos feos, desagradables y enemigo suyo, hijo de la ira, obligado a los fuegos externos, y despreciados en el más profundo lugar que podamos imaginar, por mucho que nos despreciemos y humillemos, no podemos llegar al abismo del desprecio que merece el que ofendió al infinito bien que es Dios. No tiene fondo es un abismo infinito, porque hasta que veamos en el Cielo, cuan bueno es Dios, no podemos del todo conocer lo malo que es el pecado, y cuanto mal merece quien le comete.
Si anduviésemos en esta consideración y escudriñásemos en nuestros pecados y miserias, más humildes seriamos, nos tendríamos en poco y recibiríamos bien el ser despreciados y desestimados. Quien ha sido traidor a Dios, ¿Qué desprecios no abrazará por amor a Él? Quien se opone a Dios por un antojo y apetito suyo y por un deleite de un momento, quien ofendió a su Creador y Señor, merecía estar en los infiernos para siempre. ¿Qué deshonra, que injurias, que afrentas no recibirá de buena voluntad en recompensa y satisfacción de las ofensas que ha cometido contra la majestad de Dios?
¿No os paree que la voluntad que se atrevió a ofender a su Creador, merece de ahí en adelante jamás se haga cosa que ella pretenda y quiera en pena de su gran atrevimiento?
Dice San Pablo (1 Cor 4,4) No me remuerde la conciencia de pecado, más no por eso estoy justificado. ¡Y hay de mi  si no lo estoy que aunque convierta a otros poco me aprovechara. Dice el Apóstol 1Cir(13,1) Aunque hable con lenguas de Ángeles, aunque tenga el don de profecía y sepa todas las ciencias, y aunque convierta todo el mundo, si no tengo caridad nada soy y nada me aprovechará. ¡Ay de vos si no tenéis caridad y gracia de Dios, nada sois, y menos que nada! Gran medio es para andar uno humillado, y tenerse en poco, no saber si está en gracia o si está en pecado. Sé que ofendí a Dios, y no sé de cierto si estoy perdonado. ¿Quién se atreverá a levantar la cabeza? ¿Quien con esto no andará confundido y humillado debajo de la tierra?
Dice San Gregorio que nos escondió Dios la gracia, para que tengamos asegurada la gracia de la humildad. Aunque parece penoso este temor e incertidumbre en que Dios nos dejó, que no sepamos de cierto si estamos en su amistad o no, sin embargo merced y misericordia suya, porque es muy provechoso para alcanzar la humildad, para conservarla, para no despreciar a nadie por muchos pecados que haya hecho. Sirve de espuelas para bien obrar y no descuidarnos, sino andas siempre con temor y humildad delante de Dios, pidiéndole perdón y misericordia como aconseja en (Proverbios 28,14)  Bienaventurado el varón que siempre anda con temor. (Eclesiastés 5,5) No te asegures y vivas sin temor del pecado perdonado. Muy eficaz es esta consideración de los pecados para tenernos en poco y andar siempre humildes.
Si consideramos los efectos y daños que causó en nosotros el pecado original ¡hallaríamos abundante materia para humillarnos y tenernos en poco! Así por la corrupción del pecado original tenemos una vivísima inclinación a las cosas de nuestra carne, honra y provecho, estamos vivísimos a las cosas terrenales que nos tocan, y muertos para el gusto de las cosas espirituales y divinas, estamos tan miserables que debajo del cuerpo humano traemos escondidos apetitos de bestias y corazones encorvados hacia la tierra.Pues si nos ponemos a pensar en nuestras culpas presentes ¡Cuan fáciles somos en la lengua, descuidos en la guarda del corazón, inconstantes en los buenos propósito, amigos de nuestros propios intereses y regalos, cuan deseosos de cumplir nuestros apetitos, cuan llenos de amor propio, de propia voluntad y juicio, cuan vivas tenemos todavía nuestras pasiones, cuan enteras nuestras malas inclinaciones y cuan fácilmente nos dejamos llevar de ellas!
El hombre se vuelve y muda con el viento de las pasiones y tentaciones; unas veces le turba de la ira, otras la vana alegría, otras le lleva tras si el apetito de la avaricia y de la ambición, otras el de la lujuria unas veces se levanta la soberbia, otras le acobarda y abate el temor desordenado. Y así dijo también (Isaías 64,6) Caímos todos como hojas de árbol, y nuestras maldades nos arrebataron con vientos impetuosos. Como las hojas de los árboles son combatidas y caen con los vientos, así somos nosotros combatidos y derribados con las tentaciones, no tenemos estabilidad ni firmeza en la virtud ni en los buenos propósitos.
Bien tenemos de qué confundirnos y humillarnos, y no solamente mirando nuestros males y pecados, sino mirando a las obras que a nosotros nos parecen muy buenas, si bien las consideramos y examinamos, hallaremos ocasión y materia para humillarnos.

domingo, 31 de marzo de 2013

El propio conocimiento es la raizy el medio único y necesario para alcanzar la humildad

 

El propio conocimiento, es la  raíz y el medio único y necesario para alcanzar la humildad

Comencemos a escudriñar lo que somos, en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, para descubrir este riquísimo tesoro. Dice San Jerónimo: Entre el estiércol de nuestra bajeza y de nuestros pecados y miserias, hallamos esta margarita de la humildad.
Comencemos por el ser corporal. Dice San Bernardo: Estas tres cosas ten siempre delante de los ojos: que fuiste, que eres y que serás. Ten siempre presente lo que fuiste, una materia hedionda y sucia, somos un vaso de estiércol, y seré de aquí a poco un manjar de gusanos.
El Papa Inocencio dice: ¡Oh condición baja y vil de la naturaleza humana! Mira los  árboles y las yerbas del campo, producen y echan flores, hojas y frutos, el hombre produce y cría de si mil sabandijas.  Las plantas y los árboles producen aceite, vino, bálsamo y echan  de sí un olor muy suave. El hombre echa de si mil inmundicias y un hedor abominable.
Con mucha razón y con mucha propiedad comparan los santos al cuerpo humano a un muladar cubierto de nieve, que por fuera parece blanco y hermoso, y por dentro está lleno de inmundicia y suciedad.
Santo Job (17,14) ¿Qué es el hombre sino un poco de podre (pus) y un manantial de gusanos? Eso es el hombre un manantial de podre y un costal de gusanos ¿Pues de qué nos ensoberbecemos? (Eclesiástico 10,9) ¿De qué te ensoberbeces, polvo y ceniza?
San Gregorio: La guarda de la humildad es acordarnos de nuestra propia fealdad,. Debajo de esta ceniza se conserva muy bien.
Demos un paso adelante y escudriñemos un poco más. Mirad quien eras antes que Dios te crease, y hallaremos que éramos nada, no podíamos salir de aquellas tinieblas del no ser, sino que Dios, por su bondad y misericordia, nos sacó de aquel abismo profundo y os puso en el número de sus criaturas. De manera, que cuanto es de nuestra parte somos nada; y así nos hemos de tener por iguales de nuestra parte a las cosas que no son, y atribuir a Dios la ventaja que las llevamos.
Dice San Pablo (Gálatas 6,3) Si alguno piensa que es algo, se engaña, que nada es.
Y aún hay más en esto, que aún después que fuimos creados y recibimos el ser, no nos tenemos en nosotros mismos, es decir que después de creados tenemos tanta necesidad de Dios en cada momento de nuestra vida para no perder el ser que tenemos, como la tuvimos para, siendo nada, alanzar el ser. El nos está siempre sustentando y teniendo con su mano poderosa, para que no caigamos en el pozo profundo de la nada, del cual primero nos saco.
Estamos siempre tan colgados y pendientes de esta mantenencia de Dios, que si esta nos faltase, y nos soltase de su mano un solo instante, en el mismo punto faltaríamos, y dejaríamos de ser, y nos volveríamos en nuestra nada.
Dice Isaías (40,17) Todas las gentes son delante de Dios como si no lo fuesen, y como nada y vanidad son reputados delante de Él.
Todos los que andamos diciendo que somos nada, no sé si entendemos lo que decimos. Verdaderamente, nada soy cuanto es de mi parte, porque nada era, y el ser que tengo no es de mi, sino que Vos Señor me lo disteis, y a Vos lo tengo que atribuir, y yo no tengo de que gloriarme ni  envanecerme en eso, porque no tengo parte ninguna en ello; y Vos estáis siempre conservando ese ser y teniéndole en pie, y me estáis dando las fuerzas para obrar, todo el ser, todo poder, toda la fuerza para obrar nos ha de venir de vuestra mano, que nosotros de nuestra parte no podemos nada ni valemos nada, porque somos nada.
Pues ¿qué tenemos, de que nos podemos ensoberbecer? ¿Por ventura de la nada? Decíamos ¿De qué te ensoberbeces polvo y ceniza? Ahora podemos decir: ¿De qué te ensoberbeces, siendo nada, que es menos que polvo y ceniza? ¿Qué razón, o a que ocasión tiene la nada para engreírse y ensoberbecerse y tenerse por algo? Ninguna