Declárese más la perfección a que hemos de procurar subir en este segundo grado de humildad
San Juan Climaco dice que así como los soberbios aman tanto la honra y estimación, que para ser más honrados y estimados de los hombres, muchas veces fingen y dan a entender lo que no tienen, como mas nobleza, mas riqueza y mas habilidades y parte de las que tienen, así es altísima humildad que llegue uno a tener tanto deseo de ser despreciado y tenido en poco, que para alcanzar esto procure en casos fingir y dar a entender algunas faltas que no tenga , para que así sea tenido en menos. Los Santos miran como el mundo despreció al Hijo de Dios, que es sumo e infinito Bien, y viendo que el mundo es tan mentiroso y falso, y que fue engañado en no conocer una tan clarísima Luz, como era el Hijo de Dios, y honrar al que era verdaderamente honra, los santos toman tanto odio y aborrecimiento con el mundo y su estimación que reprueba aquello que el mundo aprueba, y aquello aprecian y aman lo que el mundo aborrece y desprecia, y así huyen con mucho cuidado de ser preciados y estimados de quien despreció a su Dios y Señor, y tienen por gran señal de ser amados por Cristo, el ser despreciado del mundo con El y por El. Esta es la causa por qué gustaban tanto los santos de los oprobios y deshonras del mundo, y hacían tantos ensayos para alcanzar este desprecio.
Dice San Juan Climaco que aunque no lleguemos hacer con efecto aquellas locuras santas que hacia los santos, hemos de procurar imitarlos en el amor y deseo grande que tenían de ser despreciados y tenidos en poco.
San Diadoco dice que hay dos maneras de humildad: la primera es de los medianos que van aprovechando, pero todavía están en pelea y son combatidos de pensamiento de soberbia y de malos movimientos, aunque procuran con la gracia de Dios resistirlos y desecharlos humillándose y confundiéndose. Hay otra humildad de perfectos, y es cuando el Señor comunica a uno tanta luz y conocimiento de sí mismo, que le parece que ya no se puede ensoberbecer ni parece que le pueden venir movimientos de soberbia y elación (altivez, presunción): entonces tiene el alma una humildad como natural, que aunque obra grandes cosas, no se levanta nada por eso, ni se tiene en más, sino antes se tiene por menos de todos.
La diferencia entre la una y la otra es que la primera comúnmente está con dolor y con alguna tristeza y pena, al fin como en gente que no han alcanzado perfecta victoria de sí mismos, sino que todavía siente en si alguna contradicción, que es la que causa la pena y tristeza, cuando se ofrece la ocasión de la humillación y desestima, y lo que hace que aunque la lleve con paciencia, no la lleve con alegría, porque todavía no tiene acabadas de vencer las pasiones.
Pero la segunda humildad no está con pena ni dolor alguno, antes con mucha alegría se está uno en aquella confusión y vergüenza delante del Señor, y en aquella desestima y desprecio de sí mismo, como quien no tiene ya quien le haga resistencia, por haber vencido y sujetado las pasiones y vicios contrarios, y alcanzado por perfecta victoria de si mismo.
Los de la primera humildad, se turban y mudan con las adversidades y prosperidades y diversos sucesos de esta vida, pero los que tienen la segunda humildad, ni las cosas adversas les turban ni las propicias les desvanecen ni engríen, ni causan en ellos vano contentamientos, sino que permanecen en un ser, y gozan de gran paz y tranquilidad, como gente que ha alcanzado la perfección y es superior a todos esos sucesos. Esta es la perfección de humildad hemos de procurar llegar. Y no se nos haga imposible, porque con la gracia de Dios, dice San Agustín no solamente lo Santos, sino al Señor de los Santos podemos imitar, si queremos, porque el mismo Señor dice que aprendamos de Él (Mat 1,29) Aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón.

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