martes, 26 de febrero de 2013

La excelencia de la virtud de la humildad y necesidad que tenemos de ella



LA HUMILDAD

De la excelencia de la virtud de la humildad y de la necesidad que tenemos de ella

“Aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29)

San Agustín dice: Toda la vida de Cristo en la tierra fue una enseñanza nuestra, y Él fue de todas las virtudes maestro, pero especialmente de la humildad: esta quiso particularmente que aprendiésemos de Él. Lo cual basta para entender la excelencia de esta virtud y gran necesidad que tenemos de ella, pues el Hijo de Dios bajó del Cielo a la tierra para enseñárnosla, no solo de palabra, sino principalmente con las obras, porque toda su vida fue un ejemplo vivo de humildad.

San Basilio va discurriendo por toda la vida de Cristo, desde su nacimiento, hasta su muerte nos enseña particularmente esta virtud. Quiso,  dice, nacer de una madre pobre, en un portal pobre y en un pesebre, y ser envuelto en unos pobres pañales, quiso ser circundado como pecador, huir de Egipto como flaco, y bautizado entre pecadores y publicanos como uno de ellos; después en el transcurso de su vida le quieren honrar y levantar por rey, y se esconde; y cuando le quieren afrentar y deshonrar, entonces se ofrece; le ensalzan los hombres, aún los endemoniados, les manda que callen; y cuando lo escarnecen diciendo injurias, no habla palabra; y al fin de su vida nos deja como testamento y última voluntad lo confirmó con aquel ejemplo de lavar los pies a sus discípulos y con aquella muerte tan afrentosa de la Cruz.

San Bernardo dice: Se abajó y se apocó el Hijo de Dios, tomando nuestra naturaleza humana; y toda su vida quiso que fuese un dechado (modelo) de humildad para enseñarnos por obra lo que nos había de enseñar por palabra. ¡Maravillosa manera de enseñar! ¿Para qué, señor, tan grande majestad tan humillada? Para que ya, de aquí en adelante, no haya hombre que se atreva a ensoberbecer y engrandecer sobre la tierra (Salmo 10,18) Siempre fue locura y atrevimiento ensoberbecerse el hombre, sin embargo después que la Majestad de Dios se abatió y humillo, dice el santo, es intolerable desvergüenza, que el gusanillo del hombre quiera se tenido y estimado. El Hijo de Dios, igual al Padre toma forma de siervo y quiere ser humillado y deshonrado; ¡y yo polvo y ceniza quiero ser tenido y estimado!
Con mucha razón dice el Redentor que El es maestro de esta virtud, y que de Él hemos de aprender, porque esta virtud de humildad no la enseña Platón, ni Sócrates, ni Aristóteles. Tratando de otras virtudes los filósofos gentiles, de la fortaleza, de la templanza, de la justicia tan lejos estaban de ser humildes, que en aquellas, mismas obras y en todas sus virtudes pretendían ser estimados y dejar memoria de sí. No alcanzaron los filósofos el verdadero menosprecio de sí mismos, en qué consiste la humildad cristiana, ni aún por el nombre conocieron esta virtud de la humildad: es esta nuestra propia virtud enseñada por Cristo.

San Agustín pondera que por aquí comienza el soberano sermón de la montaña  (Mt 5,3) Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos. Por los pobres de espíritu dice San Agustín se entienden los humildes. Esto quiere Cristo que aprendamos de Él. Dice San Agustín: No dijo aprended de Mí a hacer maravillas y milagros, a sanar enfermos, echar demonios y resucitar muertos, sino aprended de mí a ser mansos y humildes de corazón. Mejor es el humilde que sirve a Dios que el que hace milagros. Este es el camino llano y seguro, ese otro está lleno de tropiezos y peligros.
La necesidad que tenemos de esta virtud de la humildad es tan grande, que sin ella no se puede dar paso en la vida espiritual.
Es menester que todas las obras vayan acompañadas de humildad, al principio al medio y al fin; porque si dejamos entrar la complacencia vana, todo se lo llevara el viento de la soberbia. Y poco nos aprovechara que la obra sea muy buena, hemos de temer el vicio de la soberbia y vanagloria, porque los demás vicios son cerca de pecados y cosas malas, la envidia, la ira, la lujuria, y así consigo traen su sobrescrito, para que nos guardásemos de ellos, pero la soberbia anda tras las buenas obras para destruirlas.

Dice San Bernardo, el que quiera tener virtudes sin humildad es como el que lleva un poco de polvo o ceniza en contra del viento, que todo se derrama, todo se lo lleva el viento.

domingo, 17 de febrero de 2013

la humildad regla de san Benito

Capítulo VII
LA HUMILDAD
1 Clama, hermanos, la divina Escritura diciéndonos: "Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado". 2 Al decir esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia. 3 El Profeta indica que se guarda de ella diciendo: "Señor, ni mi corazón fue ambicioso ni mis ojos altaneros; no anduve buscando grandezas ni maravillas superiores a mí." 4 Pero ¿qué sucederá? "Si no he tenido sentimientos humildes, y si mi alma se ha envanecido, Tú tratarás mi alma como a un niño que es apartado del pecho de su madre".
5 Por eso, hermanos, si queremos alcanzar la cumbre de la más alta humildad, si queremos llegar rápidamente a aquella exaltación celestial a la que se sube por la humildad de la vida presente, 6 tenemos que levantar con nuestros actos ascendentes la escala que se le apareció en sueños a Jacob, en la cual veía ángeles que subían y bajaban. 7 Sin duda alguna, aquel bajar y subir no significa otra cosa sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube. 8 Ahora bien, la escala misma así levantada es nuestra vida en el mundo, a la que el Señor levanta hasta el cielo cuando el corazón se humilla. 9 Decimos, en efecto, que los dos lados de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, y en esos dos lados la vocación divina ha puesto los diversos escalones de humildad y de disciplina por los que debemos subir.
10 Así, pues, el primer grado de humildad consiste en que uno tenga siempre delante de los ojos el temor de Dios, y nunca lo olvide. 11 Recuerde, pues, continuamente todo lo que Dios ha mandado, y medite sin cesar en su alma cómo el infierno abrasa, a causa de sus pecados, a aquellos que desprecian a Dios, y cómo la vida eterna está preparada para los que temen a Dios. 12 Guárdese a toda hora de pecados y vicios, esto es, los de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los pies y de la voluntad propia, y apresúrese a cortar los deseos de la carne. 13 Piense el hombre que Dios lo mira siempre desde el cielo, y que en todo lugar, la mirada de la divinidad ve sus obras, y que a toda hora los ángeles se las anuncian.
14 Esto es lo que nos muestra el Profeta cuando declara que Dios está siempre presente a nuestros pensamientos diciendo: "Dios escudriña los corazones y los riñones". 15 Y también: "El Señor conoce los pensamientos de los hombres",16 y dice de nuevo: "Conociste de lejos mis pensamientos". 17 Y: "El pensamiento del hombre te será manifiesto". 18 Y para que el hermano virtuoso esté en guardia contra sus pensamientos perversos, diga siempre en su corazón: "Solamente seré puro en tu presencia si me mantuviere alerta contra mi iniquidad".
19 En cuanto a la voluntad propia, la Escritura nos prohíbe hacerla cuando dice: "Apártate de tus voluntades". 20 Además pedimos a Dios en la Oración que se haga en nosotros su voluntad. 21 Justamente, pues, se nos enseña a no hacer nuestra voluntad cuidándonos de lo que la Escritura nos advierte: "Hay caminos que parecen rectos a los hombres, pero su término se hunde en lo profundo del infierno", 22 y temiendo también, lo que se dice de los negligentes: "Se han corrompido y se han hecho abominables en sus deseos".
23 En cuanto a los deseos de la carne, creamos que Dios está siempre presente, pues el Profeta dice al Señor: "Ante ti están todos mis deseos".
24 Debemos, pues, cuidarnos del mal deseo, porque la muerte está apostada a la entrada del deleite. 25 Por eso la Escritura nos da este precepto: "No vayas en pos de tus concupiscencias".
26 Luego, si "los ojos del Señor vigilan a buenos y malos", 27 y "el Señor mira siempre desde el cielo a los hijos de los hombres, para ver si hay alguno inteligente y que busque a Dios", 28 y si los ángeles que nos están asignados, anuncian día y noche nuestras obras al Señor, 29 hay que estar atentos, hermanos, en todo tiempo, como dice el Profeta en el salmo, no sea que Dios nos mire en algún momento y vea que nos hemos inclinado al mal y nos hemos hecho inútiles, 30 y perdonándonos en esta vida, porque es piadoso y espera que nos convirtamos, nos diga en la vida futura: "Esto hiciste y callé".
31 El segundo grado de humildad consiste en que uno no ame su propia voluntad, ni se complazca en hacer sus gustos, 32 sino que imite con hechos al Señor que dice: "No vine a hacer mi voluntad sino la de Aquel que me envió". 33 Dice también la Escritura: "La voluntad tiene su pena, y la necesidad engendra la corona." 34 El tercer grado de humildad consiste en que uno, por amor de Dios, se someta al superior en cualquier obediencia, imitando al Señor de quien dice el Apóstol: "Se hizo obediente hasta la muerte".
35 El cuarto grado de humildad consiste en que, en la misma obediencia, así se impongan cosas duras y molestas o se reciba cualquier injuria, uno se abrace con la paciencia y calle en su interior, 36 y soportándolo todo, no se canse ni desista, pues dice la Escritura: "El que perseverare hasta el fin se salvará", 37 y también: "Confórtese tu corazón y soporta al Señor". 38 Y para mostrar que el fiel debe sufrir por el Señor todas las cosas, aun las más adversas, dice en la persona de los que sufren: "Por ti soportamos la muerte cada día; nos consideran como ovejas de matadero". 39 Pero seguros de la recompensa divina que esperan, prosiguen gozosos diciendo: "Pero en todo esto triunfamos por Aquel que nos amó". 40 La Escritura dice también en otro lugar: "Nos probaste, ¡oh Dios! nos purificaste con el fuego como se purifica la plata; nos hiciste caer en el lazo; acumulaste tribulaciones sobre nuestra espalda". 41 Y para mostrar que debemos estar bajo un superior prosigue diciendo: "Pusiste hombres sobre nuestras cabezas". 42 En las adversidades e injurias cumplen con paciencia el precepto del Señor, y a quien les golpea una mejilla, le ofrecen la otra; a quien les quita la túnica le dejan el manto, y si los obligan a andar una milla, van dos; 43 con el apóstol Pablo soportan a los falsos hermanos, y bendicen a los que los maldicen.
44 El quinto grado de humildad consiste en que uno no le oculte a su abad todos los malos pensamientos que llegan a su corazón y las malas acciones cometidas en secreto, sino que los confiese humildemente. 45 La Escritura nos exhorta a hacer esto diciendo: "Revela al Señor tu camino y espera en Él". 46 Y también dice: "Confiesen al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia". 47 Y otra vez el Profeta: "Te manifesté mi delito y no oculté mi injusticia. 48 Dije: confesaré mis culpas al Señor contra mí mismo, y Tú perdonaste la impiedad de mi corazón".
49 El sexto grado de humildad consiste en que el monje esté contento con todo lo que es vil y despreciable, y que juzgándose obrero malo e indigno para todo lo que se le mande, 50 se diga a sí mismo con el Profeta: "Fui reducido a la nada y nada supe; yo era como un jumento en tu presencia, pero siempre estaré contigo".
51 El séptimo grado de humildad consiste en que uno no sólo diga con la lengua que es el inferior y el más vil de todos, sino que también lo crea con el más profundo sentimiento del corazón, 52 humillándose y diciendo con el Profeta: "Soy un gusano y no un hombre, oprobio de los hombres y desecho de la plebe. 53 He sido ensalzado y luego humillado y confundido". 54 Y también: "Es bueno para mí que me hayas humillado, para que aprenda tus mandamientos".
55 El octavo grado de humildad consiste en que el monje no haga nada sino lo que la Regla del monasterio o el ejemplo de los mayores le indica que debe hacer.
56 El noveno grado de humildad consiste en que el monje no permita a su lengua que hable. Guarde, pues, silencio y no hable hasta ser preguntado, 57 porque la Escritura enseña que "en el mucho hablar no se evita el pecado". 58 y que "el hombre que mucho habla no anda rectamente en la tierra".
59 El décimo grado de humildad consiste en que uno no se ría fácil y prontamente, porque está escrito: "El necio en la risa levanta su voz".
60 El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, cuando hable, lo haga con dulzura y sin reír, con humildad y con gravedad, diciendo pocas y juiciosas palabras, y sin levantar la voz, 61 pues está escrito: "Se reconoce al sabio por sus pocas palabras".
62 El duodécimo grado de humildad consiste en que el monje no sólo tenga humildad en su corazón, sino que la demuestre siempre a cuantos lo vean aun con su propio cuerpo, 63 es decir, que en la Obra de Dios, en el oratorio, en el monasterio, en el huerto, en el camino, en el campo, o en cualquier lugar, ya esté sentado o andando o parado, esté siempre con la cabeza inclinada y la mirada fija en tierra, 64 y creyéndose en todo momento reo por sus pecados, se vea ya en el tremendo juicio. 65 Y diga siempre en su corazón lo que decía aquel publicano del Evangelio con los ojos fijos en la tierra: "Señor, no soy digno yo, pecador, de levantar mis ojos al cielo". 66 Y también con el Profeta: "He sido profundamente encorvado y humillado".
67 Cuando el monje haya subido estos grados de humildad, llegará pronto a aquel amor de Dios que "siendo perfecto excluye todo temor", 68 en virtud del cual lo que antes observaba no sin temor, empezará a cumplirlo como naturalmente, como por costumbre, 69 y no ya por temor del infierno sino por amor a Cristo, por el mismo hábito bueno y por el atractivo de las virtudes. 70 Todo lo cual el Señor se dignará manifestar por el Espíritu Santo en su obrero, cuando ya esté limpio de vicios y pecados.
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Notas
1. Lc 14,11; 18,14; Mt 23,12
3-4. Sal 130, 1-2
6-9. Cf. Gen 28,12
10. Sal 35,2
13. Sal 13,2
14. Sal 7,10
15. Sal 93,11
16. Sal 138,3
17. Sal 75,11
18. Sal 17,24
19. Eclo 18,30
20. Cf. Mt 6,10
21. Prov 14,12; 16,25
22. Sal 13,1
23. Sal 37,10
25. Eclo 18,30
26.
Prov 15,3
27. Sal 13,2
29. Cf. Sal 13,3
30. Sal 49,21
34. Flp 2,8
36. Mt 10,22; 24,13
37. Sal 26,14
38. Sal 43,22; Rom 8,36
39. Rom 8,37
40. Sal 65,10-11
41. Sal 65,12a
42. Cf. Mt 5,39-41; Lc 6,29
43. Cf. 2 Cor 11,26; cf. 1 Cor 4,12; Lc 6,28
45.
Sal 36,5
46. Sal 105,1; 117,1
47-48. Sal 31,5
49. Cf. Lc 17,10
50. Sal 72,22-23
52. Sal 21,7
53. Sal 87,16
54. Sal 118,71.73
57. Prov 10,19
58. Sal 139, 12
59. Eclo 21,23
65. Cf. Lc 18,13; Mt 8,8
66. Sal 37,7-9; 118,107
67. 1 Jn 4,18



sábado, 16 de febrero de 2013

los doce grados de humildad con ejemplos de la Sagrada Escritura

San Benito, en su Regla, dice que estos pasos y grados de la humildad son doce.

El primero enseñar humildad con los ojos bajos, y mucho más con el corazón.
El segundo, hablar pocas palabras, y éstas según razón y sin voces.
El tercero, no ser fácil para la risa.
El cuarto, tener silencio hasta ser preguntado.
El quinto, seguir la vida común sin extremarse, conforme a su estado y regla.
El sexto, creer de sí, y confesarlo, que es el más vil de todos.
El séptimo, juzgarse indigno para cualquier bien.
El octavo, confesarse que es pecador.
El noveno, tener paciencia en todo lo que es trabajoso.
El décimo, sujetarse en todo a su perlado y superior.
El undécimo, nunca tomar contento en hacer su voluntad.
El duodécimo, temer a Dios y acordarse de sus Mandamientos y Ley Santa.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Humilde se mostró Abraham cuando, hablando con Dios, dijo:
-Hablaré a mi Señor, aunque soy tierra y ceniza.
No dijo ceniza a solas, porque es buena para lejía, ni tierra a solas, porque aprovecha para tapias, sino tierra y ceniza, porque mezclado y todo junto para nada es bueno. Y así, quiso decir: «Aunque soy nada, me atreveré a hablar a mi Señor, confiado en su misericordia, y en que lo que pido es bien y limosna para mis vecinos, que no sean destruidos, habiendo entre ellos diez justos». Y, vista su humildad, se lo concedió Dios, mas por no hallarse este número de hombres de bien en Sodoma, fue destruida. Es del Génesis, capítulo diez y ocho V 27.
[2] Jacob, cuando volvía a su tierra y le salió a recibir su hermano con grande cólera y enojo, por mostrársele humilde le aplacó, y se le mostró afable y benigno. Como parece en el Génesis, capítulo treinta y tres.
[3] Por cinco veces resistió Moisés de recibir el cargo de duque y capitán del pueblo hebreo, que era negocio muy honroso, y no se allanó a aceptarle hasta que vio que se airaba Dios, Nuestro Señor, contra él. Y era todo por humildad, y lo fue en subido grado, como pareció en diversos rencuentros que tuvo, así con sus hermanos Aarón y María, como con muchos particulares del pueblo, que, con ser siempre él el agraviado, perdonaba con facilidad y rogaba por los que le perseguían. Es del Éxodo, capítulo tercero y siguientes.
[4] A Gedeón dijo un ángel que tomase a cargo el Pueblo de Dios, y que le libraría de sus enemigos, y respondió:
-No es para mí ese negocio, que soy de la tribu de Manasse y de familia baja, y yo el menor en casa de mi padre.
Con todo esto, fue y venció a los enemigos, y puso al pueblo en libertad. Y, diciéndole que fuese señor de todos ellos él, y sus hijos después de su muerte, respondió con mucha humildad:
-Ni yo seré señor vuestro, ni lo será mi hijo, sino Dios. A Él reconoced por | Señor.
Es del Libro de los Jueces, capítulo sexto y séptimo.
[5] David humildísimo fue, como dio de ello testimonio en diversos trances. Ya estaba ungido de Samuel por rey, y no rehusó que le envió su padre a que llevase de comer a sus hermanos, que estaban en el campo del rey por soldados. Y ya estaba en gran posesión de valiente, habiendo muerto al filisteo Goliat, cuando, diciéndole el rey Saúl que le quería dar por mujer a su hija, él dijo que no merecía tanto favor y merced de su parte. Y ya era rey de corona cuando iba delante de la arca bailando y danzando, lo cual hacía por mostrarse humilde delante del Señor. Es del Primero de los Reyes, capítulo diez y siete, y diez y nueve, y del Segundo, capítulo sexto.
[6] Acab, rey de Israel malísimo, un tiempo se mostró humilde, cuando le envió Dios a amenazar por la muerte de Nabot. Y el humillarse le fue provechoso para que se dilatase y aun disminuyese algo la pena. Es del Tercero de los Reyes, capítulo veinte y uno.
[7] Vinieron a prender al profeta Elías de parte del rey Ocozías por dos veces dos capitanías, con cada cincuenta soldados, y por su soberbia fueron castigados con fuego que bajó del Cielo y los abrasó. Vino otro tercero, y porque se humilló fue libre de semejante pena, yéndose con el profeta mano a mano a verse con el rey. Como se dice en el segundo de los Reyes, capítulo primero.
[8] Humilde fue el profeta Jeremías, cuando, mandándole Dios que fuese a predicar, decía:
-Señor mío, no sé hablar.
Excusándose por humilde de tan alto ministerio. Y es de su Libro, capítulo primo.
[9] Altamente se mostró humilde el gran Bautista en diversos trances. Vinieron a preguntarle si era el Mesías, y si dijera que sí le recibieran por Él, y respondió:
-No soy el que decís, ni aun merecedor de desatarle la correa de su calzado.
Y apretándole sobre que dijese quién era, respondió:
-Soy voz del que clama en /(183v)/ desierto.
Fue decir: «Si lo dexáis a mí, soy voz, soy un poco de aire, soy nada». Y de esta nada en que él se tenía, le levantó Dios tanto, que dijo de él delante de muchos testigos que era tan bueno como el más bueno, y ninguno de todos los nacidos de mujeres mejor que él. En el vestido y traje también se mostró humilde, en la comida, humilde. Toda su vida fue un espejo de humildad, por lo cual mereció que no solamente le engrandeciese Dios de palabra, sino también de obra. Y al que se tenía por indigno de llegar al pie desatándole la correa del calzado, le llegase a la cabeza, bautizándole. Es de San Mateo, capítulo tercero, y de San Juan, capítulo primero.
[10] También entra en la cuenta de los humildes San José, esposo de la Virgen, pues el decir San Mateo, capítulo primero, que quiso dejar a la Virgen y apartarse de ella cuando entendió que estaba preñada, sin tener él parte en la preñez, San Jerónimo y San Bernardo dicen que lo hacia de humilde, por tenerse por indigno de estar en una casa con la que era Madre de Dios. Y que fue lo mismo que dijo San Pedro a Cristo, viendo un milagro que fue para él, que era pescador, muy grande. Y refiérelo San Mateo, en el capítulo octavo: Había andado pescando toda una noche sin sacar escama de peces, y diciéndole el Salvador que tendiese la red al otro lado del navío, sacó tanta pesca que no cabía en él. Dijo, viendo esto:
-Apartaos, Señor, de mí, que soy un gran pecador, indigno de parecer en vuestra presencia.
Así San José, de humilde le parece que es indigno de la compañía de la Madre de Dios.
[11] Palma en negocio de humildad pudo bien darse a la Sagrada Virgen y Benditísima Madre de Dios, María, la cual, oyendo al arcángel San Gabriel que la llamaba Madre del Altísimo, ella se puso nombre de esclava, como lo refiere San Lucas, capítulo primero. Y el ir a visitar a Santa Isabel fue así mismo género de humildad. |
[12] Aunque de ningún santo pueden sacarse tantos ni tan maravillosos ejemplos de humildad, como del Santo de los Santos, Jesucristo, Nuestro Señor. Y fue modo de humillarse el querer ser concebido en Nazaret, que era en Galilea, tierra despreciada de los hebreos. Y así, dijo Natanael, viendo los milagros de Cristo y oyendo decir que era de Nazaret:
-¿De ese pueblo puede salir cosa buena?
Y otros letrados dijeron, y lo refiere San Juan, capítulo siete:
-Mirad bien las Escrituras y hallaréis que ningún profeta salió de Galilea.
También hace por la humildad de Cristo que nació de madre pobre; no quiso emperatrices ni reinas, escogió a María de Nazaret, pobre, aunque santísima doncella. Su nacimiento todo está bañado en humildad, siendo el lugar que escogió aposento de bestias, y tomó por cama un pesebre. Por casi treinta años estuvo como escondido, sin que se diga de él otra cosa que, cuando a los doce se quedó en Jerusalén y fue hallado entre doctores en el Templo, y que se sujetaba al Santo José y a la Soberana Virgen, su Madre. Cerca de los treinta años fue a ser bautizado del Baptista. Escogió discípulos humildes y conversó con ellos humildemente. Y entre otros documentos les dio uno, diciendo:
-Aprended de Mí, que soy manso y de corazón humilde.
Y se llamó diversas veces Hijo del Hombre, pudiéndose llamar Hijo de Dios y de la Virgen. Hallóse en unas bodas de gente pobre y humilde, pues faltó el vino en Caná de Galilea. Hizo un solemne milagro, de hartar con cinco panes y dos peces muchos millares de hombres, y entendiendo que trataban de hacerle rey, huyó de allí. Para entrar triunfando en Jerusalén después de haber resucitado a Lázaro, muerto de cuatro días, escogió no carro triunfal, sino un humilde jumento. Al tiempo que quiso pasar de este mundo al Padre dio un especial ejemplo de humildad lavando los pies a sus doce Apóstoles, estando Judas entre ellos, que le trataba la muerte. En su /(184r)/ Pasión se humilló, haciéndose obediente al Padre hasta muerte de Cruz, que era cosa de mucha afrenta. Lo dicho se colige de los cuatro evangelistas.
[13] El centurión que dijo a Cristo: «Señor, no soy digno que valláis a mi casa, me contento con una palabra vuestra, y con ella sanará mi criado», de humilde dio bastante prueba. Como lo refiere San Mateo, capítulo octavo.
[14] La cananea, llamándola Cristo perra, no se indignó, sino se humilló, diciendo:
-Sí, Señor, perra soy, y como a tal os pido una migaja de vuestra mesa, y sea que sanéis a mi hija.
Lo hizo Cristo, y refiérelo también San Mateo, capítulo quince.
[15] San Pedro, no sólo se mostró humilde en lo que se ha dicho de quererse apartar de Cristo, sino en no dejarse lavar de él los pies. Y después de la venida del Espíritu Santo, sanando un cojo a la entrada del templo, no se atribuyó a sí esta obra, sino a la virtud divina y al nombre de Jesucristo que invocó. Es de los Hechos Apostólicos, capítulo tercero.
[16] San Pablo y San Bernabé, Apóstoles, oyendo a los vecinos de la ciudad de Listris que los llamaban Dioses por haberles visto sanar a un cojo, y les querían ofrecer sacrificios, rompiendo sus vestidos salieron en presencia del pueblo, diciendo: |
-Varones, ¿qué hacéis? Que nosotros mortales somos como lo sois vosotros.
Fue todo esto prueba de humildad. Refiérase en el Libro de los Hechos Apostólicos, capítulo catorce. Y en el diez y ocho se dice que San Pablo trabajaba de manos para sustentarse a sí y a los que andaban con él, y por esto se aposentaba en casa de Aquila y Priscila, estando en Corinto, que eran del arte escenofactoria, que también él hacía, y era negocio en que se gastaban cueros de animales, por donde muchos expositores de este lugar andan varios, ya quieren que hiciese guadameciles, ya frenos de caballos, ya aderezos de altares y de ornamentos o cajas encoradas donde se guardasen; a todos puede responderse que ninguno de estos tratos parece que cuadran con la vida que traía San Pablo, que era para poco en un lugar, y todos estos oficios son de asiento y en muchas partes, sin provecho ni uso de ellos, y así no falta quien diga que, pues del Texto Sagrado se sabe que era negocio donde entraba cuero y pellejos de animales (que esto denota el nombre de escenofactoría), que hacia calzado, oficio honesto y que dondequiera que estuviese podía usarle. Y si esto es verdad, también de aquí se puede colegir su humildad ser grande, pues no se despreciaba de oficio tan humilde.
Lo dicho se dedujo de la Divina Escritura. |