El Padre Jorge Loring nos esplica lo que es el pecado y las cosecuencias que tiene en nuestras vidas. Nos esplica que el pecado es la gran bajeza, es la gran locura, es la gran primada y es la gran canallada.
lo más importante en la vida es conocerse uno mismo y para ello es imprescindible la humildad
viernes, 20 de diciembre de 2013
El pecado y sus consecuencias
El Padre Jorge Loring nos esplica lo que es el pecado y las cosecuencias que tiene en nuestras vidas. Nos esplica que el pecado es la gran bajeza, es la gran locura, es la gran primada y es la gran canallada.
domingo, 1 de diciembre de 2013
Cuanto nos importa acogernos a la humildad para suplir con ella la falta de virtud y perfección
Cuanto nos importa acogernos a la humildad, para suplir con ella lo que nos falta de virtud y perfección, y para que no nos humille y castigue Dios
Consideremos lo poco que nos pide el Señor, y con que poco se contenta: nos pide conforme a nuestra bajeza, que nos conozcamos y nos humillemos. Si nos pidiera, grandes ayunos, grandes penitencias, grandes contemplaciones, podrian algunos excusarse diciendo que para lo uno no tenían fuerzas, y para lo otro no tenían talento o habilidad, sin embargo para no ser humildes no hay razón ni excusa ninguna. No podemos decir que no tenemos salud ni fuerzas para ser humildes, o que no tenemos talento o habilidad para ello. Ya que somos pobres, seamos humildes y con eso contentaremos a Dios, pero ser pobre y soberbio, le ofende mucho a Dios.
De las tres cosas que que aborrece Dios, la primera: pone el Eclesiástico (25,2) es ser pobre y soberbio. Eso también al hombre le ofende. Más humillémonos para que no nos humille Dios, (Lc18, 14) Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Dios bien ha podido humillar al pueblo del faraón enviándole osos, leones y serpientes, pero él quiso domar su soberbia con moscas, mosquitos y ranas para humillarle más. Si nos paramos a considerar lo que nos suele inquietar y desasosegar algunas veces, hallaremos que son cosas que no tienen tomo ni sustancia ninguna, no sé qué palabrilla que me dijeron o porque me la dijeron de tal modo, o porque me parece que no me hicieron caso. Aborrece Dios tanto la soberbia y presunción y ama tanto la humildad, que dicen los Santos que suele permitir, por justo y secretismo juicio suyo, que uno caiga en pecado mortal, a cambio de que se humille, y aun no en cualesquiera, sino en pecados carnales, que son más afrentosos y feos, para que más se humille. Castiga dicen los Santos la secreta soberbia con manifiesta lujuria. Y trae para esto lo que dice San Pablo de aquellos soberbios filósofos (Rom 1,24) Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus cuerpos. Vinieron a caer en pecados deshonestos, feísimos y nefandos (torpes), permitiéndolo así Dios por su soberbia, para que quedasen confundidos y humillados.
Dicen los santos que Dios usa con nosotros de dos maneras de misericordia, grande y pequeña: misericordia pequeña es cuando socorres en las miserias pequeñas, como son las temporales, que tocan al cuerpo; misericordia grande, cuando socorre en las miserias grandes, que son las espirituales que llegan al alma. Así cuando David se vio con esta miseria grande, desamparado y desposeído de Dios por el adulterio y el crimen cometido clama (salmo 50,3) Misericordia Dios mío por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa.
También dicen los Santos que hay en Dios ira grande e ira pequeña: la pequeña es cuando castiga en lo temporal, con adversidades de pérdidas de hacienda, honra, salud y otras cosas semejantes que tocan solamente al cuerpo; la ira grande es cuando llega el castigo al interior del alma, conforme a aquello de (Jeremías 4,10) El cuchillo llego hasta el corazón (Zacarías 1,15) Estoy profundamente irritado contra los pueblos arrogantes, pues yo me enojé un poco, y ellos echaron leña al fuego. Cuando Dios desampara a uno y le deja caer en pecados mortales, en pena y castigo de otros pecados, esa es la ira grande de Dios; esas son las heridas del furor divino, heridas no de padre sino de justo y riguroso juez.
Dice San Agustín: Me atrevo decir que les es útil y provechoso a los soberbios que les deje Dios caer en algún pecado exterior y manifiesto, para que se conozcan y comiencen a humillarse y desconfiar de si los que por estar muy contentos y pagados de si, ya interiormente habían caído por soberbia, aunque no lo habían sentido (Prov 16-18) La soberbia precede (va delante) a la ruina, el orgullo a la caída.
El Señor es tan benigno y misericordioso, usa medios fáciles y suaves; primero nos envía otras ocasiones y otras mediciones para que nos humillemos, unas veces la enfermedad, otras la contradicción y murmuración, otras la deshonra, y que caiga uno de su punto. Y cuando estas cosas temporales no bastan para humillarnos, pasa a las espirituales. Primero a cosas pequeñas y después permitiendo tentaciones recias y graves que nos llegan hasta ponernos en un hilo, y hasta persuadirnos a hacernos dudar si consentimos, para que así vea y experimente uno bien que por si no las puede vencer, y conozca y entienda por experiencia su flaqueza y la necesidad que tiene del favor divino, y desconfíe de sus fuerzas y se humille. Y cuando todo esto no basta entonces viene esta otra tan fuerte y costosa cura, de dejar caer al hombre en pecado mortal y que sea vencido de la tentación. Entonces viene ese botón de fuego del infierno, para que siquiera después de haberse quebrado los ojos, caiga el hombre en la cuenta de lo que es y se acabe de humillar, ya que por bien no quiso.
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