domingo, 30 de junio de 2013

Que la perfeccion de la humildad y de las mas virtudes esta en hacer actos con deleite y gusto


Que la perfección de la humildad y de las más virtudes, está en hacer sus actos con deleite y gusto, y cuanto importa esto para perseverar en la virtud

Según los filósofos la perfección de la virtud consiste en hacer los actos de ella con deleite y gusto, para conocer si uno ha alcanzado el hábito de la virtud, tiene uno que practicar los actos de dicha virtud con prontitud, facilidad y deleite.
Si queremos ver si hemos adquirido la virtud de la humildad, mirad primero si obramos las obras de ella con prontitud y facilidad, porque si sentimos repugnancia y dificultad en las ocasiones que se nos ofrecen, es señal que no hemos alcanzado perfectamente la virtud. Y si para llevarlas bien hemos de menester prevenciones y consideraciones, buen camino es para alcanzar la perfección de esta virtud, pero al fin es señal que aún no la hemos alcanzado.
San Agustín nos enseña que algunos siervos de Dios tienen tanto amor y afición a la virtud y a la guarda de los Mandamientos de Dios y tanto aborrecimiento al vicio, y están tan hechos y acostumbrados a resistir en vela a las tentaciones que aún en sueños también las resisten.
San Pablo (1 Tesal 5,10) Ora velemos, ora durmamos, vivamos junto a Él quiere decir no solo que viviendo y muriendo siempre vivamos con Cristo, sino que los siervos de Dios siempre han de vivir con Cristo, no solamente velando, sino también durmiendo y soñando.
Si queremos ver si hemos alcanzado la perfección de la virtud de la humildad, mirad si nos alegramos tanto con la humillación y deshonra, como se alegran los mundanos con la honra y la estimación.
Para llegar a la perfección de cualquier virtud tenemos que hacer las obras virtuosas con gusto y alegría, si no es así será muy dificultoso el perseverar en la virtud.
Solían decir los padres antiguos que lo que no se hace con gozo y alegría, no puede durar mucho tiempo. Bien podrá ser que por alguna temporada guardéis el silencio y andéis con modestia y recogimiento, pero hasta que eso salga del interior del corazón y con la buena costumbre se os haga connatural, sí no lo  hacéis con suavidad y gusto, no perseverareis mucho en ello, porque será como cosa postiza y violenta, y nada violento es duradero.
Por esto importa mucho ejercitarnos en los actos de las virtudes, hasta que la virtud nos vaya embebiendo y arraigando en el corazón de tal manera que parezca que ella se cae de suyo, y que aquel es nuestro natural, y así vengamos a obrar las obras de virtud con gusto y alegría porque de esa manera podremos tener alguna seguridad de que duraremos y perseveraremos en ella.

domingo, 16 de junio de 2013

Del cuarto escalon de la humildad que es desearse despreciados y tenidos en poco y alegrarnos con ello




Del cuarto escalón, que es desear ser despreciados y tenidos en poco y alegrarnos con ello

El cuarto escalón para llegar a la perfección de la humildad es que desee uno ser despreciado y tenido en poco de los hombres, y que se alegre con las deshonras, injurias y menosprecios.
Dice San Bernardo: el verdadero humilde desea ser tenido de los otros en poco, no por humilde, sino por vil, y se goza en eso.
Nota San Bernardo que hay dos maneras de humildad: una que está en el entendimiento, que es cuando uno mirándose a sí mismo y viendo su miseria y vileza, convencido de la verdad, se tiene en poco y se juzga por digno de todo desprecio y deshonra; otra está en la voluntad, y es cuando uno quiere ser tenido de otros en poco, y desea ser despreciado y deshonrado de todos.
En Cristo, no hubo la primera humildad de entendimiento, porque no podía Cristo tenerse a sí mismo en poco ni por digno de desprecio y deshonra, porque se conocía Él muy bien a sí mismo, y sabía que era verdadero Dios e igual al Padre (Filip 2 6-9) El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario se despojo de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así reconocido como hombre por su presencia, se humillo a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.
Hubo en Él la segunda humildad de corazón y voluntad, porque por el gran amor que nos tuvo, quiso abatirse y desautorizarse, y parecer vil y despreciado delante de los hombres (Mt 11,29) Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y de voluntad.
Sin embargo en nosotros ha de haber ambas humildades, porque la primera sin la segunda es falsa y engañosa. Querer parecer y ser tenido por otro de lo que verdaderamente sois, es falsedad y engaño. El que verdaderamente es humilde, y de veras siente bajamente de si, y se desprecia él a sí mismo y se tiene en poco, se ha de alegrar también que los otros le desprecien y tengan en poco.
Esto es lo que hemos de aprender de Cristo. Mirad el corazón y con que deseo y voluntad abrazó Él los desprecios y las deshonras por nuestro amor, que no se contento con abatirse y apocarse, haciéndose hombre y tomando forma y habito de siervo el que es Señor de Cielos y de la tierra, sino que quiso tomar forma y habito de pecador. Dice el apóstol (Rom8, 3) Envió Dios a su Hijo en traje y semejanza de hombre pecador. No tomó  pecado, porque no pudo caber en Él; pero tomó el cauterio (lo que corrige o ataja  eficazmente algún mal) y señal de pecadores, porque quiso ser circundado como pecador y bautizado entre pecadores y publicanos, como si fuera uno de ellos, y ser tenido en menos que Barrabas, y ser juzgado por peor y por más indigno de la vida que él.
Finalmente era tan grande el deseo que tenia de padecer afrentas, escarnios y vituperios por nuestro amor, en el cual, embriagado de amor, había de quedarse desnudo, como otro Noé, para ser escarnecido de los hombres. (Lc 12, 50) Con un bautismo tengo de ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta  que se cumpla! (Lc 22,15) y les dijo  Ardientemente he buscado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, En el cual no se verán sino escarnios y vituperios nunca vistos, bofetadas y pescozones, como a esclavo, escupirle su cara como a blasfemo, vestirle de blanco como a loco y de purpura como a rey fingido, y sobre todo los azotes, que es castigo de ladrones y malhechores, y el tormento de la cruz en compañía de ladrones, que en aquel tiempo era el más vergonzoso e ignominioso linaje de muerte que había en el mundo. Esto es lo que con gran deseo estaba deseando Cristo nuestro Redentor. Estaba deseando esta hora para hartarse de oprobios, escarnios y afrentas, como cosa de que Él tenía gran hambre y de que gustaba mucho, y le era muy sabrosa por nuestro amor.
Pues si el Hijo de Dios deseó con tan gran deseo los desprecios, y deshonras, y los recibió con tan gran gusto y contento por nuestro amor, no siendo digno de ellas, no será mucho que nosotros, siendo dignos de todo desprecio y deshonra, deseemos por su amor tenidos siquiera en lo que somos, y que nos alegremos con las deshonras y menosprecios que merecemos, como decía el Apóstol San Pablo (2Cor 12, 10)  Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil entonces soy fuerte. Y en (Filipenses 1, 7) tratándose de su prisión los pide que le sean compañeros en la alegría que tenia por verse preso en aquella cadena por Cristo Esto es lo que siento por vosotros, está plenamente justificado: Os llevo en el corazón, porque tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís mi gracia.
Esta es la leche que mamaron a los pechos de Cristo los sagrados Apóstoles. (hechos 5, 41)Que iban gozosos y regocijados cuando los llevaban presos delante de los presidentes y sinagogas, y tenían por gran regalo y merced de Dios ser digo de padecer afrentas e injurias por el nombre de Cristo.
Los católicos, si queremos ser verdaderos católicos tenemos que advertir y ponderar delante de nuestro Creador y Señor, en cuanto grado ayuda y aprovecha a la vida espiritual aborrecer en todo, y no en parte, cuanto el mundo ama y abraza, y admitir y desear con todas las fuerzas posibles cuanto Cristo Nuestro Señor ha amado y abrazado.
Y como los mundanos, que siguen al mundo, aman y buscan con tanta diligencia honras, fama y estimación, como el mundo les enseña; así los que van en espíritu y siguen de veras a Cristo nuestro Señor, aman y desean intensamente lo contrario, a saber vestirse de la misma vestidura y librea de su Señor, por su divino amor y reverencia, tanto, que de donde a su Divina Majestad no le fuese ofensa alguna ni al prójimo imputado a pecado, deseen pasar injurias, falsos testimonios y afrentas, y ser tenidos y estimados por locos, no dando ellos, ocasión alguna de ello, por desear parecer e imitar en alguna manera a nuestro Creador y Señor Jesucristo. En esta regla está dicho todo lo que podemos decir de la humildad. Esto es haber dejado y aborrecido de veras el mundo y lo más fino de él, que es el apetito y deseo de ser tenidos y estimados; esto es estar muertos al mundo y ser de veras religiosos, que como los del mundo desean honra y estimación, y se alegran con ella, así nosotros deseamos deshonras y menosprecios y nos alegramos con ellos. Esto es ser verdadero católico que le hagamos compañía, no solo en nombre, sino en sus deshonras y menosprecios y nos vistamos de su librea (traje), siendo afrentados y despreciados del mundo con Él y por Él y alegrándonos y regocijándonos en eso por su amor.
Vos Señor fuisteis pregonado públicamente por malo y puesto entre dos ladrones como malhechor, no permitáis que yo sea pregonado por bueno (Mt 10,24) que no es razón que el siervo sea tenido en más que el Señor, ni el discípulo en más que su Maestro.

domingo, 9 de junio de 2013

algunos grados y escalones por donde hemos de subir a la perfeccion de este segundo grado de humildad



De algunos grados y escalones por donde hemos de subir a la perfección de este segundo grado de humildad

Por ser este segundo grado de humildad de lo más práctico y dificultoso que hay en el ejercicio de esta virtud, haremos de él cuatro grados o escalones, para que así poco a poco vayamos subiendo a la perfección de la humildad que este grado nos pide.
El primer grado es no desear ser honrado y estimado por los hombres, antes huir de todo lo que dice honra y estimación. De esto nos dio ejemplo Cristo que huyo cuando entendió que querían elegirle por rey después del milagro de los panes y peces (Jn 6,15) Jesús sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiro otra vez a la montaña él solo. Por la misma razón cuando manifestó la gloria de su sacratísimo cuerpo a los tres discípulos en su admirable transfiguración, les mando que no lo dijesen a nadie hasta después de su de su muerte y resurrección (Mt17, 9) Cuando del monte, Jesús les mando: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Y dando vista a los ciegos y haciendo otros milagros, les encargaba el secreto (Mt 9,30) Y les abrieron los ojos. Jessús les ordenó severamente: ¡Cuidado con que lo sepa alguien! En la curación de un sordomudo  (Mc 7,36) El les mando que no lo dijeran a nadie, pero, cuando más se lo mandaba con más insistencia lo proclamaba. Todo para darnos ejemplo, que huyamos de la honra y estimación de los hombres, por el gran peligro que en ello hay de desvanecernos y perdernos.
El segundo escalón dice San Anselmo, es sufrir con paciencia ser despreciado de otros. Lo que decimos es que a lo menos cuando se nos ofrece la ocasión de alguna cosa que toque a vuestro desprecio, la llevéis con paciencia, si no podéis con alegría, recíbelo bien, y aunque te duela, súfrelo con humildad y paciencia, Este es un gran remedio para alcanzar la humildad y para conservarla. Porque así como la honra y la estimación de los hombres es ocasión para ensoberbecernos y desvanecernos, por eso huían tanto de ella los santos; así todo lo que es en nuestro desprecio y desestima, es un gran medio para alcanzar la humildad y conservarnos y crecer en ella. Dice el Kempis: lo que agrada a los otros, ira delante; lo que a ti te contenta, no se hará: lo que dicen los otros, será oído; lo que dices tú, será contado por nada: pedirán los otros, y recibirán; tú pedirás, y no alcanzaras: otros serán muy grandes en la boca de los hombres; de ti no se hará cuenta: a los otros se encargaran los negocios; tu serás tenido por inútil. Por esto entristecerse ha la naturaleza; más será grande si lo sufres callando.
El tercer escalón que hemos de subir es no alegrarnos ni tomar contentamiento cuando somos alabados y estimados por los hombres. Dice San Gregorio la diferencia que hay entre los soberbios y los humildes, los soberbios se alegran cuando los alaban, y aunque sea mentira, el bien que dicen de ellos, se alegran porque no tienen cuenta con lo que son verdaderamente en sí y delante de Dios, solo pretenden ser tenidos y estimados de los hombres, y así se alegran y engríen con eso como quien ha alcanzado el fin que pretendía. Sin embargo la verdadero humilde de corazón, cuando ve que le alaban y estiman y dicen bien de él, entonces se encoge y se confunde más, conforme aquello del profeta (sal 87, 16) Cuando me ensalzaban, entonces me humillaba yo más, y andaba con mayor vergüenza y temor. Y con razón porque teme no sea no sea más castigado de Dios por no tener aquello de que es alabado, o si  por ventura lo tiene, teme no ser libre su premio y galardón en aquellas alabanzas, y le digan después (Lc 16,25) Ya recibiste en tu vida el premio de tus obras. De manera, que los soberbios toman ocasión para engreírse y desvanecerse, que es de las alabanzas de los hombres, de eso toman los humildes ocasión para confundirse y humillarse. Lo que dice el Sabio (prov 27, 21) Así como la plata se prueba en el lugar donde es fundida, y el oro en el crisol, así es probado el hombre en la boca de quien le alaba.  Así el hombre cuando es alabado y estimado se ensalza y se envanece con las alabanzas que oye, ese es oro o plata no buena, sino reprobada, pues le consume el crisol de la lengua; pero el que oyendo alabanzas suyas, de allí toma ocasión  para  humillarse y confundirse más,  es plata y oro finísimo, pues no se consumió con el fuego de las alabanzas; quedo más humillado y confundido. Pues tomad esta por señal de si vais aprovechando en virtud y humildad, o no, pues por tal nos la da el Espíritu Santo. Mirad si os pesa cuando os alaban y estiman, o si os alegráis y contentáis de eso, y ahí veremos si somos oro u oropel (cosa de poco valor y mucha apariencia). Hemos de estar tan fundados en nuestro propio conocimiento, que no basten vientos de las alabanzas y estimación de los hombres a levantarnos y sacarnos de nuestra nada. Entonces nos hemos de confundir y avergonzarnos más, viendo que son falsas aquellas alabanzas, y que no hay en nosotros aquella virtud de que nos alaban, ni somos tales, cuales el mundo nos predica y hemos de ser.

domingo, 2 de junio de 2013

Del segundo grado de humildad: declarese en que consiste este grado



Del segundo grado de humildad: declárese en que consiste este grado

San Buenaventura: dice que el segundo grado de humildad es desear uno ser tenido de los otros en poco, desear que no os conozcan ni os estimen y que no hagan caso de vos.
Si estuviésemos bien fundados en el primer grado de humildad tendríamos andado mucho camino para llegar a este segundo grado; si verdaderamente nosotros mismos nos tuviésemos en poco (que es el primer grado) no se nos haría muy dificultoso que los otros también nos tuviesen en poco, antes nos alegraríamos en ello.
Dice San Buenaventura: “Todos nos alegramos que los demás se conformen con nuestro parecer y sientan lo mismo que nosotros sentimos”. Si esto es así ¿Por qué no nos alegramos que los otros nos tengan en poco? Porque no nos tenemos en poco, no somos de ese parecer.
San Gregorio sobre aquellas palabras de Job (33,27) Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Muchos con la boca dicen mal de si, y que son unos tales y cuales, y no lo creen ellos así, porque cuando otro les dice aquellas mismas cosas, y aún menores no lo pueden sufrir. Y esos tales, cuando dicen mal de si, no lo dicen con verdad, porque no lo sienten ellos así en su corazón, como lo sentía Job cuando decía Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Job decía esto con verdad y corazón, pero esos solamente se humillan con la boca y exteriormente, más en el corazón no tienen humildad, quieren parecer humildes, pero no lo quieren ser, porque si de veras lo deseasen, no se sentirían tan molestos cuando otros les reprenden y les avisa de alguna falta y no se excusarían, ni se turbarían tanto como se turban.
Muchas veces lo que parece humildad es soberbia. Porque nos humillamos para ser alabados por los hombres y para ser tenidos por buenos y humildes. Dice el Sabio: Hay algunos que se humillan fingidamente, y allá en el interior de su corazón está lleno de soberbia y engaño. Porque ¿qué mayor engaño que buscar por medio de la humildad ser honrado y estimado por los hombres? ¿Y qué mayor soberbia que pretender ser tenido por humilde? Pretender alabanzas de la humildad, dice San Bernardo no es virtud de humildad sino perversión y destrucción de ella. ¿Qué mayor perversión puede ser esa? ¿Qué cosa puede ser más fuera de razón, que querer parecer mejor de donde parecéis peor? Del mal que decís de vos queréis parecer bueno y ser tenido por tal, ¿Qué cosa más indigna y más fuera de razón? San Ambrosio reprendiendo esto dice: Muchos tienen apariencia de humildad, pero no tienen la virtud de la humildad, muchos que parece exteriormente la buscan, interiormente la contradicen.
Es tanta nuestra soberbia y la inclinación que tenemos ser tenidos y estimados, que buscamos mil modos e inventamos mil cosas para eso. Unas veces por indirectas, otras por directas, siempre procuramos llevar el agua a nuestro molino. Dice San Gregorio, que es propio de los soberbios, cuando les parece que han hablado o hecho alguna cosa bien, preguntar a los que lo vieron u oyeron que les digan las faltas, para que les digan bien de ello. Parece que se humillan exteriormente, pidiendo que les digan las faltas, pero no es humildad, sino soberbia, porque pretenden con aquello sacar alabanzas. Todo es soberbia y estimación, y eso pretendemos sacar con humildades fingidas.
Otras veces, cuando no podemos encubrir nuestra falta, la confesamos llanamente, para que ya que perdimos la honra con la falta, la ganemos con aquella confesión humilde. Otras veces dice San Bernardo exageramos nuestras faltas, y decimos aún más de lo que es, para que viendo los otros que no es posible ni creíble ser tanto aquello, piensen que no debió haber falta ninguna en ello, y así exagerando y diciendo más de lo que es, queremos encubrir lo que es.
Todo esto nos viene de no estar bien fundados en el primer grado de humildad, y así estamos tan lejos del segundo grado. Es menester que tomemos este negocio desde sus principios; primero conviene que conozcamos nuestra miseria y nuestra nada, y del profundo conocimiento propio ha de nacer en nosotros un sentir muy bajamente de nosotros mismos, y despreciarnos y tenernos en poco que es el primer grado de humildad, y de ahí hemos de subir al segundo. De manera que no basta que vos os tengáis en poco; no basta que vos digáis mal de vos, aunque lo digáis de verdad y corazón, y lo sintáis así, sino tenéis que procurar llegar a alegraros que los otros también sientan de vos eso mismo que vos sentís y decís, y os desprecien y tengan en poco.
Dice San Juan Climaco: No es humilde el que se abate y dice mal de si mismo porque ¿quién hay que no se sufra a sí mismo?  Sino aquel que es humilde, que con paz se alegra ser despreciado y maltratado de otros. Bueno es que uno diga siempre mal de sí, que es un soberbio, perezoso, impaciente, negligente y descuidado; pero mejor sería que guardase eso para cuando otro se lo dice. Si vos deseáis que los otros sientan eso mismo, y os tengan en esa posesión y figura, y os alegráis de oír esas cosas cuando se ofrece la ocasión, esa es la verdadera humildad.