lunes, 29 de abril de 2013

Que el propio conocimiento no causa desmayo, sino animo y fortaleza



Que el propio conocimiento no causa desmayo, sino ánimo y fortaleza

El conocimiento de sí mismo no causa desmayo ni cobardía, antes da gran ánimo y fortaleza para todo lo bueno. La razón de todo esto es, porque cuando uno se conoce a si mismo ve que no tiene en que apoyarse,  y desconfiando de sí mismo, pone toda su confianza en Dios, en el cual se halla fuerte y poderoso para todo.  Estos son los que pueden emprender y acometer cosas grandes, porque como lo atribuyen todo a Dios y nada a sí, toma Dios la mano y hace suyo el negocio, y se encarga de él, y entonces quiere El hacer maravillas y cosas grandes por instrumentos y medios flacos para descubrir las riquezas de su gloria, en los vasos de su misericordia que son los escogidos. (Romanos 9,23)
Esto es lo que dijo el mismo Dios a San Pablo, cuando fatigado de sus tentaciones daba voces pidiendo le liberase de ellas, respondió Dios (2 Cor 12,9) Te basta mi gracia, por muchas tentaciones y flaquezas que sientas, porque entonces la virtud de Dios se muestra más perfecta y más fuerte, cuando es mayor la enfermedad y flaqueza.
San Agustín y San Ambrosio declaran: Cuando uno se conoce y desconfía de sí mismo, y pone toda su confianza en Dios, entonces acude y ayuda su Majestad, y por el contrario cuando uno va confiando de sí y de sus medios y diligencias es desamparado.
San Basilio dice que muchas veces, cuando nosotros deseamos y pensamos tener mejor oración y más devoción, tenemos menos, porque íbamos confiados en nuestros medios, y en nuestras diligencias y preparaciones, y otras veces cuando menos pensamos, somos prevenidos con grandes bendiciones de dulzura, para que entendamos que esa es gracia y misericordia del Señor, y no diligencia ni merecimiento nuestro.
De manera que el conocer uno su flaqueza y miseria no desmaya ni acobarda, antes anima y esfuerza más porque hace desconfiar de sí y poner toda la confianza en Dios. Así dice el Apóstol (2Cor 12,10) Cuando estoy enfermo entonces soy más poderoso, cuando me humillo entonces soy más ensalzado.
De aquí se entiende que no es humildad ni nacen de ella, unos desmayos y descaecimientos que nos suelen venir, unas veces cerca de nuestro aprovechamiento, pareciéndonos que nunca hemos de poder alcanzar la virtud, ni vencer la mala condición e inclinación que tenemos, otras, cerca de los oficios que nos pone o puede poner la obediencia. Parece esto humildad, pero muchas veces no  lo es; antes nace de soberbia, porque pone uno, los ojos en sí, como si por sus fuerzas, o diligencias hubiera podido aquello, habiéndolos de poner en Dios, en el cual hemos de quedar muy esforzados y animados.

sábado, 20 de abril de 2013

De los bienes y grandes provechos que hay en el ejercicio del propio conocimiento




De los bienes y grandes provechos que hay en el ejercicio del propio conocimiento

Uno de los bienes principales que nos da el ejercicio del propio conocimiento es la humildad y es medio necesario para alcanzarla y conservarla.
Preguntado a uno de aquellos Padres antiguos como podría uno alcanzar la verdadera humildad, respondió: El que apartase los ojos de las faltas ajenas y los pusiese en las suyas propias, y ahondando en su propio conocimiento, ese alcanzara la verdadera humildad.
Los Santos dicen que el humilde conocimiento de sí mismo es el mejor camino para conocer a Dios, más que el profundo ejercicio de todas las ciencias.
San Buenaventura nos da a entender aquel misterio del Evangelio, que Cristo obró en aquel ciego de nacimiento, poniéndole lodo en los ojos, le dio vista corporal para que se viese a sí, y vista espiritual para que conociese a Dios y le adorase. Así nos dice a nosotros, que nacemos ciegos con ignorancia de Dios y de nosotros mismos, nos da Dios vista, poniendo sobre nuestros ojos el lodo de que fuimos formados para que, considerando que fuimos un poco de lodo, recibamos vista para que nos veamos y conozcamos primero a nosotros mismos y de ahí podamos conocer a Dios.
Esto mismo pretende la Iglesia con la ceremonia del miércoles de ceniza, al principio de cuaresma al imponernos la ceniza y recordarnos “Acuérdate, hombre que eres polvo, y en eso te has de volver”. Para que conociéndose a sí, venga a conocer a Dios y pesarle de haberle ofendido y hacer penitencia de sus pecados. Pues el hombre es la suma bajeza y Dios la suma alteza, son dos extremos contrarios, de ahí es que mientras más se conoce uno a sí mismo, viéndose que no tiene bien ninguno, sino nada y pecados, más echa de ver la bondad y misericordia de Dios que se inclina a amar y tratar con tan grande bajeza como la nuestra.
Así se viene el alma a encenderse e inflamarse en el amor de Dios, porque nunca se acaba de maravillar y de dar gracias a Dios, viendo que siendo el hombre tan miserable y malo, le sostiene Dios y le hace tantas mercedes, que muchas veces no nos podemos soportar a nosotros mismos, y que sea tanta la bondad de Dios y misericordia para con nosotros, como dice el (Prov 8,31) Mis deleites son estar con los hijos de los hombres. ¿Qué hallasteis, Señor en los hijos de los hombres, para que digáis vuestros deleites son estar y conversar con ellos?
Por esto usaban tanto los Santos este ejercicio del propio conocimiento, para tener mayor conocimiento de Dios y amor de su divina Majestad.
Este era el ejercicio y oración de San Agustín: Dios mío, que siempre estás en su ser y nunca te mudas, me conozca a mí y te conozca a Tí. Y san Francisco oraba a sí ¿Quién Vos, y quien yo? Este camino es muy seguro y cierto para eso, y mientras más bajamos y ahondamos en nuestro propio conocimiento más subiremos y creceremos en el conocimiento de Dios y de su bondad y misericordia infinita; y también mientras más subes y crezcamos en el conocimiento de Dios, más bajaremos y aumentaremos en el conocimiento nuestro.
Porque la Luz celestial descubre rincones, y hace avergonzar al alma de lo que aun a los ojos del mundo parece muy bueno.
Dice San buenaventura: El alma ilustrada con el conocimiento de Dios, ve en si aun las cosas mínimas, y así viene a tener por malo y defectuoso lo que, el que no tiene tanta luz, tiene por bueno.
Esta es la causa porque los Santos son tan humildes y se tienen tan en poco, y mientras mayores Santos son más humildes y se tienen en menos. Porque como tienen más luz y mayor conocimiento de Dios, se conocen más, y ven que de su cosecha no tienen nada y lo único que tienen son pecados, y por mucho que se conozcan, y por muchas faltas que vean en sí, siempre creen que hay otras muchas que ellos no ven, y creen que la menor parte de sus males es la que ellos conocen, y por tales se tienen.
Porque así como creen que Dios es más bueno de lo que ellos conocen, así también creen que ellos son más malos de lo que alcanzan. Así como por mucho que conozcamos y entendamos de Dios, no le podemos comprender, sino siempre hay en El más y más que entender y conocer, así que por mucho que nos despreciemos y humillemos, no podremos llegar a lo profundo de nuestra miseria. Porque como el hombre no tiene nada de su cosecha, sino que tiene muchos pecados.
De una Santa se lee que pidió a Dios luz para conocerse, y vio en si tanta fealdad y miseria que no lo pudo sufrir, y suplicó a Dios: Señor, no tanto que desmayaré.
De aquí nace también en los siervos de Dios aquel odio y aborrecimiento santo de sí mismo, porque cuanto más conocen la bondad infinita de Dios, y más la aman, tanto más se aborrecen a sí mismo. Ven que en si mismo tienen la raíz de todos los males, que es la mala y perversa inclinación de nuestra carne, de la cual proceden todos los pecados, y con este conocimiento se levantan contra sí mismo y se aborrecen.
¿No os parece que es razón aborrecer a quien os hizo dejar y cambiar un bien tan grande como es Dios, por tomar un poco de gusto y contentamiento?
¿No os parece que es razón tener odio a quien os hizo perder la gloria eterna, y merecer el infierno para siempre? A quien os causo tanto mal y aún todavía lo procura ¿no os parece que es razón aborrecerle? Pues este sois vos contrario y enemigo de Dios, y contrario y enemigo de vuestro propio bien y de vuestra salvación.

domingo, 14 de abril de 2013

Como hemos de ejecutar el propio conocimiento para no desmayar ni desconfiar


Como hemos de ejecutar el propio conocimiento para no desmayar ni desconfiar.

Los Santos y maestros de la vida espiritual nos enseñan que de tal manera hemos de escudriñar y ahondar en el conocimiento propio de nuestras miserias y flaquezas, que no nos paremos ahí, para que no caiga el alma en desconfianza y desesperación, viendo en si tanta miseria y tanta inconstancia en lo buenos propósitos, sino que pasemos al conocimiento de la bondad de Dios y pongamos en Él toda nuestra confianza.
Dice San Pablo que la tristeza por haber pecado no ha de ser tanta que cause decaimiento y desesperación (2Cor 2,7) de modo que más vale que lo perdonéis y animéis, no sea que se hunda en una tristeza excesiva. Sino ha de ser una tristeza templada y mezclada con la esperanza del perdón, poniendo los ojos en la misericordia de Dios, y no parando en la sola consideración del pecado y de su fealdad y gravedad, así dicen que no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, para que no desmayemos y desconfiemos, sino que hemos de escudriñar y ahondar en nuestro propio conocimiento para con eso desconfiar de nosotros, viendo que de parte nuestra no podemos nada, y poner luego los ojos en Dios y confiar en Él; y de esa manera, no quedaremos desmayados, sino más animados y esforzados. Y mientras más conozcamos nuestra flaqueza, y más desconfiemos de nosotros mismos, mirando a Dios y poniendo en Él nuestra confianza, quedaremos más fuertes y más esforzados en todo.
Sin embargo advierten los Santos, así como no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas para que no caigamos en desconfianza y desesperación, y poner en Él toda nuestra confianza; así tampoco hemos de parar ahí, sino tornar luego a poner los ojos en nosotros mismos y en nuestra flaqueza y miseria. Porque si paramos en el conocimiento de la bondad, misericordia y liberalidad de Dios, y nos olvidamos de lo que somos nosotros, hay un peligro muy grande de caer en presunción y soberbia, porque vendríamos a asegurarnos demasiado de nosotros mismos, y andar muy confiados, y no tan recatados y temerosos como es menester, que es un gran despeñadero, raíz y principio de grandes y temerosas caídas.
San Basilio dice que la causa de aquella miserable caída del rey David en el adulterio y homicidio fue una presunción que tuvo una vez que fue visitado de la mano de Dios con abundancia de mucha consolación, y se atrevió a decir (Sal 29,7) No seré ya mudado de este estado para siempre. Alzara Dios un tanto la mano, cesarán esos favores y regalos extraordinarios y veréis lo que pasa. Apartasteis Señor un poco vuestro rostro de mí y luego quede turbado. Os dejará Dios en vuestra pobreza, y haréis de las vuestras, y conoceréis por vuestro mal, después de caído, lo que no quisisteis conocer cuando eras favorecido y visitado de Dios.
La causa de la caída y negación del Apóstol San Pedro dice San Basilio fué el haber presumido y confiado vanamente en si (Mt 26,33-35) Aunque sea menester morir contigo, no te negare; y aunque todos se escandalicen por tu causa, yo jamás me escandalizare. Porque dijo con arrogancia y presunción que aunque todos se escandalizasen, el no se escandalizaría, sino que antes moriría, por eso permitió Dios que cayese para  que se humillase y se conociese. Nunca hemos de apartar los ojos de nosotros mismos, ni tenernos por seguro en esta vida, sino mirando lo que somos, andar siempre con gran temor de nosotros mismos y con gran recato y cuidado no nos haga alguna traición este enemigo que traemos con nosotros.
De manera que así como no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, sino pasar luego al conocimiento de la bondad de Dios, así tampoco hemos de parar en el conocimiento de Dios y de sus misericordias y favores, sino tornar luego a bajar los ojos a nosotros mismos. Esta es la escalera de Jacob que por una parte esta fija en la tierra de nuestro propio conocimiento, y por la otra llega a la cumbre del cielo. Por aquí hemos de subir y bajar, como bajaban y subían los ángeles del cielo por aquella. Subir al conocimiento de la bondad de Dios y no pararnos ahí para no caer en presunción, sino bajemos al conocimiento de uno mismo, y no paremos ahí, para no desmayar y desconfiar, sino subir al conocimiento de Dios para tener confianza en Él, todo ha de ser subir y bajar por esta escalera.
De esta manera usaba este ejercicio Santa Catalina de Sena para librarse de diversas tentaciones que el demonio le traía, cuando el demonio la tentaba por confusión, queriéndola hacer entender que toda su vida había sido un engaño, entonces ella se alzaba y levantaba en la misericordia de Dios con humildad, diciendo: Yo confieso a mi Creador que mi vida toda ha sido tinieblas, más yo me esconderé en las llagas de Jesucristo crucificado y me bañare en su sangre, y así habrá consumido mis maldades, y me gozaré en mi Creador y Señor.
Salmo (50,9) Me lavaras y seré emblanquecido más que la nieve. Y cuando el demonio la quería levantar por soberbia con la contraria tentación, diciendo: Tú eres perfecta y agradable a Dios, y no es menester que más te aflijas, ni que llores más tus defectos, entonces ella se humillaba diciendo: ¡Miserable de mi! San Juan Bautista no hizo jamás pecado y fue santificado en el vientre de su madre, y no por eso dejó de hacer penitencia, y yo he cometido tantos defectos,  y nunca los he llorado ni conocido como debiera. Con esto el demonio, no pudiendo sufrir tanta humildad por una parte, ni tanta confianza en Dios por otra, la dijo: Maldita seas tú y quien te lo enseño, que no se por donde entrarte, que si yo te abato por confusión, tú te levantas en alto a la misericordia de Dios, y si yo te levanto, te abajas hasta el infierno por humildad, y dentro del mismo infierno me persigues.
Estas son las dos lecciones que el Santo (Kempis) dice da Dios cada día a sus escogidos, una de ver sus defectos y otra de ver la bondad de Dios que con tanto amor se los quita.

sábado, 6 de abril de 2013

Un medio para conocerse el hombre a si mismo y alcanzar humildad es la consideracion de sus pecados

Un medio para conocerse el hombre a si mismo y alcanzar humildad es la consideracion de sus pecados
Escudriñemos más en nuestro propio conocimiento ¿Hay más hondo que la nada? Sí, mucho más. ¿Qué? El pecado personal. Mucho más hondo es eso que la nada, porque peor es el pecado que él no ser, y mejor es no ser que haber pecado, dijo Cristo de Judas (Mt 26,24) Más le valdría no haber nacido.
No hay lugar tan bajo, ni tan apartado y despreciado en los ojos de Dios, entre todo lo que es y lo que no es; como el hombre que está en pecado mortal, desheredado del Cielo, enemigo de Dios, sentenciado al infierno para siempre. Y aunque ahora por la bondad del Señor, no tenemos conciencia de pecado mortal, pero así como para conocer nuestra nada nos acordamos del tiempo que no teníamos ser, así para conocer nuestra bajeza y miseria nos hemos de acordar del tiempo en que estábamos en pecado. Mirad en que miserable estado estamos cuando delante de los ojos de Dios, estamos feos, desagradables y enemigo suyo, hijo de la ira, obligado a los fuegos externos, y despreciados en el más profundo lugar que podamos imaginar, por mucho que nos despreciemos y humillemos, no podemos llegar al abismo del desprecio que merece el que ofendió al infinito bien que es Dios. No tiene fondo es un abismo infinito, porque hasta que veamos en el Cielo, cuan bueno es Dios, no podemos del todo conocer lo malo que es el pecado, y cuanto mal merece quien le comete.
Si anduviésemos en esta consideración y escudriñásemos en nuestros pecados y miserias, más humildes seriamos, nos tendríamos en poco y recibiríamos bien el ser despreciados y desestimados. Quien ha sido traidor a Dios, ¿Qué desprecios no abrazará por amor a Él? Quien se opone a Dios por un antojo y apetito suyo y por un deleite de un momento, quien ofendió a su Creador y Señor, merecía estar en los infiernos para siempre. ¿Qué deshonra, que injurias, que afrentas no recibirá de buena voluntad en recompensa y satisfacción de las ofensas que ha cometido contra la majestad de Dios?
¿No os paree que la voluntad que se atrevió a ofender a su Creador, merece de ahí en adelante jamás se haga cosa que ella pretenda y quiera en pena de su gran atrevimiento?
Dice San Pablo (1 Cor 4,4) No me remuerde la conciencia de pecado, más no por eso estoy justificado. ¡Y hay de mi  si no lo estoy que aunque convierta a otros poco me aprovechara. Dice el Apóstol 1Cir(13,1) Aunque hable con lenguas de Ángeles, aunque tenga el don de profecía y sepa todas las ciencias, y aunque convierta todo el mundo, si no tengo caridad nada soy y nada me aprovechará. ¡Ay de vos si no tenéis caridad y gracia de Dios, nada sois, y menos que nada! Gran medio es para andar uno humillado, y tenerse en poco, no saber si está en gracia o si está en pecado. Sé que ofendí a Dios, y no sé de cierto si estoy perdonado. ¿Quién se atreverá a levantar la cabeza? ¿Quien con esto no andará confundido y humillado debajo de la tierra?
Dice San Gregorio que nos escondió Dios la gracia, para que tengamos asegurada la gracia de la humildad. Aunque parece penoso este temor e incertidumbre en que Dios nos dejó, que no sepamos de cierto si estamos en su amistad o no, sin embargo merced y misericordia suya, porque es muy provechoso para alcanzar la humildad, para conservarla, para no despreciar a nadie por muchos pecados que haya hecho. Sirve de espuelas para bien obrar y no descuidarnos, sino andas siempre con temor y humildad delante de Dios, pidiéndole perdón y misericordia como aconseja en (Proverbios 28,14)  Bienaventurado el varón que siempre anda con temor. (Eclesiastés 5,5) No te asegures y vivas sin temor del pecado perdonado. Muy eficaz es esta consideración de los pecados para tenernos en poco y andar siempre humildes.
Si consideramos los efectos y daños que causó en nosotros el pecado original ¡hallaríamos abundante materia para humillarnos y tenernos en poco! Así por la corrupción del pecado original tenemos una vivísima inclinación a las cosas de nuestra carne, honra y provecho, estamos vivísimos a las cosas terrenales que nos tocan, y muertos para el gusto de las cosas espirituales y divinas, estamos tan miserables que debajo del cuerpo humano traemos escondidos apetitos de bestias y corazones encorvados hacia la tierra.Pues si nos ponemos a pensar en nuestras culpas presentes ¡Cuan fáciles somos en la lengua, descuidos en la guarda del corazón, inconstantes en los buenos propósito, amigos de nuestros propios intereses y regalos, cuan deseosos de cumplir nuestros apetitos, cuan llenos de amor propio, de propia voluntad y juicio, cuan vivas tenemos todavía nuestras pasiones, cuan enteras nuestras malas inclinaciones y cuan fácilmente nos dejamos llevar de ellas!
El hombre se vuelve y muda con el viento de las pasiones y tentaciones; unas veces le turba de la ira, otras la vana alegría, otras le lleva tras si el apetito de la avaricia y de la ambición, otras el de la lujuria unas veces se levanta la soberbia, otras le acobarda y abate el temor desordenado. Y así dijo también (Isaías 64,6) Caímos todos como hojas de árbol, y nuestras maldades nos arrebataron con vientos impetuosos. Como las hojas de los árboles son combatidas y caen con los vientos, así somos nosotros combatidos y derribados con las tentaciones, no tenemos estabilidad ni firmeza en la virtud ni en los buenos propósitos.
Bien tenemos de qué confundirnos y humillarnos, y no solamente mirando nuestros males y pecados, sino mirando a las obras que a nosotros nos parecen muy buenas, si bien las consideramos y examinamos, hallaremos ocasión y materia para humillarnos.