domingo, 31 de marzo de 2013

El propio conocimiento es la raizy el medio único y necesario para alcanzar la humildad

 

El propio conocimiento, es la  raíz y el medio único y necesario para alcanzar la humildad

Comencemos a escudriñar lo que somos, en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, para descubrir este riquísimo tesoro. Dice San Jerónimo: Entre el estiércol de nuestra bajeza y de nuestros pecados y miserias, hallamos esta margarita de la humildad.
Comencemos por el ser corporal. Dice San Bernardo: Estas tres cosas ten siempre delante de los ojos: que fuiste, que eres y que serás. Ten siempre presente lo que fuiste, una materia hedionda y sucia, somos un vaso de estiércol, y seré de aquí a poco un manjar de gusanos.
El Papa Inocencio dice: ¡Oh condición baja y vil de la naturaleza humana! Mira los  árboles y las yerbas del campo, producen y echan flores, hojas y frutos, el hombre produce y cría de si mil sabandijas.  Las plantas y los árboles producen aceite, vino, bálsamo y echan  de sí un olor muy suave. El hombre echa de si mil inmundicias y un hedor abominable.
Con mucha razón y con mucha propiedad comparan los santos al cuerpo humano a un muladar cubierto de nieve, que por fuera parece blanco y hermoso, y por dentro está lleno de inmundicia y suciedad.
Santo Job (17,14) ¿Qué es el hombre sino un poco de podre (pus) y un manantial de gusanos? Eso es el hombre un manantial de podre y un costal de gusanos ¿Pues de qué nos ensoberbecemos? (Eclesiástico 10,9) ¿De qué te ensoberbeces, polvo y ceniza?
San Gregorio: La guarda de la humildad es acordarnos de nuestra propia fealdad,. Debajo de esta ceniza se conserva muy bien.
Demos un paso adelante y escudriñemos un poco más. Mirad quien eras antes que Dios te crease, y hallaremos que éramos nada, no podíamos salir de aquellas tinieblas del no ser, sino que Dios, por su bondad y misericordia, nos sacó de aquel abismo profundo y os puso en el número de sus criaturas. De manera, que cuanto es de nuestra parte somos nada; y así nos hemos de tener por iguales de nuestra parte a las cosas que no son, y atribuir a Dios la ventaja que las llevamos.
Dice San Pablo (Gálatas 6,3) Si alguno piensa que es algo, se engaña, que nada es.
Y aún hay más en esto, que aún después que fuimos creados y recibimos el ser, no nos tenemos en nosotros mismos, es decir que después de creados tenemos tanta necesidad de Dios en cada momento de nuestra vida para no perder el ser que tenemos, como la tuvimos para, siendo nada, alanzar el ser. El nos está siempre sustentando y teniendo con su mano poderosa, para que no caigamos en el pozo profundo de la nada, del cual primero nos saco.
Estamos siempre tan colgados y pendientes de esta mantenencia de Dios, que si esta nos faltase, y nos soltase de su mano un solo instante, en el mismo punto faltaríamos, y dejaríamos de ser, y nos volveríamos en nuestra nada.
Dice Isaías (40,17) Todas las gentes son delante de Dios como si no lo fuesen, y como nada y vanidad son reputados delante de Él.
Todos los que andamos diciendo que somos nada, no sé si entendemos lo que decimos. Verdaderamente, nada soy cuanto es de mi parte, porque nada era, y el ser que tengo no es de mi, sino que Vos Señor me lo disteis, y a Vos lo tengo que atribuir, y yo no tengo de que gloriarme ni  envanecerme en eso, porque no tengo parte ninguna en ello; y Vos estáis siempre conservando ese ser y teniéndole en pie, y me estáis dando las fuerzas para obrar, todo el ser, todo poder, toda la fuerza para obrar nos ha de venir de vuestra mano, que nosotros de nuestra parte no podemos nada ni valemos nada, porque somos nada.
Pues ¿qué tenemos, de que nos podemos ensoberbecer? ¿Por ventura de la nada? Decíamos ¿De qué te ensoberbeces polvo y ceniza? Ahora podemos decir: ¿De qué te ensoberbeces, siendo nada, que es menos que polvo y ceniza? ¿Qué razón, o a que ocasión tiene la nada para engreírse y ensoberbecerse y tenerse por algo? Ninguna

jueves, 28 de marzo de 2013

del primer grado de humildad es tenerse en poco y sentir bajamente de si mismo

Del primer grado de humildad que es tenerse uno en poco y sentir bajamente de sí mismo.
San Laurencio Justiniano dice que ninguno conoce bien que es humildad, sino el que ha recibido de Dios ser humilde. En ninguna cosa se engaña tanto el hombre como en conocer la verdadera humildad. ¿Pensáis que consiste en decir que soy un miserable, y que soy un soberbio? Si en esto consistiera, bien fácil seria, todos seriamos humildes porque todos andamos diciendo de nosotros que somos unos tales o cuales.
¿Pensáis que consiste la humildad en llevar vestidos viles y despreciados, o andar en oficios bajos? No consiste en eso porque ahí también puede haber mucha soberbia, y desean ser tenido y estimado por eso, y tenerse por mejor y más humilde que otros, que es la fina soberbia.  Verdad, es que ayudan mucho estas cosas exteriores, a la verdadera humildad, si se toman como se debe, pero no consiste en eso la humildad.
Dice San Jerónimo: Muchos siguen la sombra y apariencia de la humildad, fácil cosa es llevar la cabeza inclinada, los ojos bajos, hablar con voz humilde, suspirar muchas veces y llamarse a cada palabra miserable pecador, pero si a esos le tocáis con una palabra, aunque sea muy liviana, luego veréis cuán lejos están de la verdadera humildad. El verdadero humilde se ha de ver en la paciencia y en el sufrimiento, dice San Jerónimo, es la piedra de toque, donde se conoce la verdadera humildad.
San Bernardo define la humildad como la virtud con la cual el hombre, considerando y viendo sus defectos y miserias se tiene en poco a sí mismo.
No está la humildad en palabras ni cosas exteriores, si no en lo íntimo del corazón, en tenerse en poco y desear ser tenido de los otros en baja reputación, que nazca de un profundo conocimiento propio.
Dice San Buenaventura que para que se tenga uno a sí mismo en poco, y sienta bajamente de si, el medio único y necesario para esto es el propio conocimiento. El conocimiento propio es el principio y fundamento para alcanzar la humildad y tenernos en lo que somos. ¿Cómo hemos de tener a uno en lo que es, si no le conocéis? No puede ser, es menester primero conozcáis quien es y así le tendréis y le honrareis como tal. Así, es menester que primero os conozcáis quien sois y después teneos en lo que sois, así seréis bien humilde, porque os tendréis en muy poco, pero si os queréis tener más de los que sois, eso es soberbia. Y esta es una de las razones que dan algunos de amar Dios tanto la humildad, porque es muy amigo de la verdad, y la humildad es verdad, y la soberbia y presunción es mentira y engaño, porque no sois lo que pensáis, ni queréis que los otros piensen que sois. Pues si queréis andar en verdad, y humildad teneos en lo que sois.

viernes, 22 de marzo de 2013

La necesidad de humildad los que profesan ayudar a la salvacion de los projimos

De la necesidad de humildad los que profesan ayudar a la salvación de los prójimos


Por el bautismo todo cristiano participa de la triple misión de Jesús: real, sacerdotal y profética.
La primera, lo compromete a la transformación del mundo según el proyecto de Dios.
La segunda, se ofrece y ofrece toda la creación al Padre con Cristo y guiado por el Espíritu Santo.
Como profeta anuncia el plan de Dios sobre la humanidad y denuncia todo lo que se opone a Él.
Todos los cristianos bautizados, estamos llamados a ayudar a la salvación del prójimo, por eso tenemos más necesidad de la virtud de la humildad. ¡Oh cuantos se han desvanecido y caído, por faltarles este fundamento de humildad! ¡Cuantos que parecía que como águilas iban levantados en el ejercicio de las virtudes, por soberbia quedaron hechos murciélagos!
Tenemos particular necesidad de estar muy fundados en esta virtud de la humildad, porque si no, estamos en peligro de desvanecernos y caer en pecado de soberbia, y en la mayor que hay, que es la soberbia espiritual.
San Buenaventura dice que hay dos maneras de soberbia: una de las cosas temporales y se llama soberbia carnal; la otra de las cosas espirituales y se llama soberbia espiritual, y esta dice que es mayor soberbia y mayor pecado que la primera, la razón es clara porque el soberbio dice san Buenaventura, es ladrón, comete hurto, porque se alza con lo ajeno, contra la voluntad de su dueño: Se alza con la gloria y honra que es propia de Dios, y que no la quiere dar a otro, sino reservarla para sí. “Mi gloria no la daré a otro” dice Él por Isaías (42,8)
El soberbio quiere hurtar la gloria, y alzarse con  ella, y atribuírsela. Pues cuando uno se ensoberbece de un bien natural, de la nobleza, de una buena disposición del cuerpo, del buen entendimiento, de las letras, u otras habilidades semejantes, ladrón es, pero no es tan grande el hurto, porque aunque es verdad que todos esos bienes son de Dios, pero son los salvados de su casa; sin embargo el que se ensoberbece de los dones espirituales de gracia, de la santidad, del fruto que hace en las almas, ese es gran ladrón, robador de la honra de Dios, ladrón famoso que hurta las joyas más ricas y de mayor precio y valor delante de Dios, que las estimó Él en tanto, que por ellas dio por bien empleada su sangre y vida.
San Francisco de Asís andaba con gran temor de caer en esta soberbia y decía a Dios, si algo me das, guardadlo vos, que yo no me atrevo, porque soy un gran ladrón, que me alzo con vuestra hacienda. No se nos pegue nada, ni nos atribuyamos a nosotros cosa alguna; volvámoselo todo a Dios.
Cristo, cuando se apareció a sus discípulos el día de la Ascensión, primero les reprendió de su incredulidad y dureza de corazón, (Mc 16,14) y después les mando ir a predicar el evangelio por todo el mundo, y les dio poder para hacer muchos y grandes milagros, dándonos a entender, que quien ha de ser levantado a grandes cosas, primero es menester que sea humillado y se abata a sí mismo y tenga conocimiento de sus propias flaquezas y miserias, para que aunque después vuele sobre los cielos y haga milagros, quede entero en su propio conocimiento, y asido a su propia bajeza, sin atribuirse así mismo otra cosa sino su indignidad.
La segunda razón por la cual tenemos necesidad de humildad es que no solo nos es necesaria  la humildad para nosotros,  para nuestro aprovechamiento, para que no nos desvanezcamos y ensoberbezcamos, y nos perdamos sino también para ganar a nuestros prójimos y hacer fruto en sus almas. Uno de los principales y más eficaces medios para esto es la humildad, que desconfiemos de nosotros mismos y no confiemos en nuestras fuerzas, industria y prudencia, sino que pongamos toda nuestra confianza en Dios y a Él lo refiramos y atribuyamos todo, conforme aquello del sabio (prov 3,5) “ten confianza en Dios de todo corazón y no estribes en tu prudencia.” La razón de todo esto es porque cuando desconfiamos de nosotros ponemos toda nuestra confianza en Dios, se lo atribuimos todo a Él, y le hacemos cargo de todo, le obligamos a que Él tome la mano en ello, Señor haced vuestro negocio, la conversión de las almas es vuestro negocio y no nuestro. Pero cuando vamos confiados en nuestros medios y en nuestras razones hacemos parte en el negocio, atribuyendo mucho a nosotros mismos, y todo eso se los quitamos a Dios. Son como las dos balanzas, que cuanto sube la una, baja la otra, cuanto atribuimos a nosotros, quitamos a Dios, y nos queremos alzar con la gloria y honra que es suya, y así permite Él que no se haga nada.
De San Ignacio leemos en su vida, que con unas platicas de doctrina cristiana que hacía en Roma, llanas y con palabras toscas e impropias, porque no sabía bien la lengua italiana, hacia tan grandes frutos en las almas, que acabando la plática venían los oyentes, heridos los corazones de dolor, gimiendo y sollozando a los pies del confesor. Porque no ponía su fuerza en las palabras, sino en el espíritu, como dice San Pablo (1 Cor 2,4) “No en retorica de humana sabiduría, sino en la manifestación del espíritu y virtud de Dios.” Iba desconfiado de si, y ponía su confianza en Dios, y así Él daba tanta fuerza y espíritu a aquellas palabras toscas e impropias, que parecía que arrojaba unas como llamas encendidas en los corazones de los oyentes.
Además de preparar bien lo que se ha de decir a las almas, es menester que vaya también muy bien llorado y muy encomendado a Dios, y después digamos (Lc 17,10) “siervos somos sin provecho, lo que estábamos obligados hacer, hicimos.” ¿Qué puedo hacer? Cuando mucho, un poco de ruido con mis palabras, pero el golpe en el corazón, vos Señor, sois el que le habéis de dar. Vos Señor sois el que habéis de herir y mover los corazones. ¿Qué parte somos nosotros para eso? ¿De cuantos medios humanos podemos nosotros poner, para un fin tan alto y sobrenatural como convertir almas? Ninguna. Pues ¿Por qué quedamos tan ufanos y tan contentos de nosotros mismos, cuando nos parece que se saca fruto, y que nos suceden bien los negocios, como si nosotros los hubiéramos acabado? Dice Dios por Isaías (10,15) “ha de gloriarse el hacha o la sierra, contra el que obra con ella diciendo: ¿yo soy el que ha cortado yo soy la que ha aserrado el madero?, eso es como si el báculo se alzase y engriese, porque le levantan siendo un leño que no puede menear si no le menean.” Pues de esa manera somos nosotros respecto del fin espiritual y sobrenatural de la conversión de las almas. Somos como unos leños que no nos podemos mover ni menear si Dios no nos menea. Y así, todo se lo debemos atribuir a Él, y no tenemos que gloriarnos.
Estima Dios tanto que no nos estribemos en nuestras fuerzas y medios humanos, y que no nos atribuyamos nada a nosotros, sino que todo se lo atribuyamos a Él, y a él demos la gloria de todo, por eso dice San Pablo (1 Cor1, 27-31) que Cristo para la predicación de su Evangelio y convertir al mundo, no quiso escoger letrados, ni hombres elocuentes, sino unos pobres pescadores, idiotas y sin letras. “escogió Dios ignorantes e idiotas para confundir a los sabios del mundo; escogió pobres y flacos, para confundir a los fuertes y poderosos, escogió a los bajos y abatidos en el mundo y que parecen no eran nada en él, para derribar reyes y emperadores y todos los grandes de la tierra.” ¿Sabéis por qué? Dice San Pablo: “Para que no se gloríe el hombre delante de Dios ni tenga ocasión de atribuirse nada a si, sino que el que se gloría, gloríese en el Señor” Todo lo atribuya a Dios y a Él de gloria de todo.
Dice San Pablo (1 Cor 1,17): “No quiso Dios que fuese con sabiduría y elocuencia de palabras, para que no se menoscabe la estima de la virtud y eficacia de la cruz y pasión de Cristo.”
Llena esta la Sagrada Escritura de ejemplos en que escogió Dios, instrumentos y medios flacos para hacer grandes cosas,  para enseñarnos esta verdad, y que quedase muy fijo en nuestros corazones que no tenemos de qué gloriarnos, ni que atribuir nada a nosotros, sino todo a Dios.
Eso nos quiso decir aquella insigne victoria de Judith, una mujer flaca contra un ejército de más de ciento cuarenta mil hombres.
Eso nos dice lo de un pastorcito David, que muchacho y sin armas, con una honda, derribo al gigante Goliat.
Este fue también el misterio de Gedeón, el cual había juntado treinta y dos mil hombres contra los madianitas, que eran más de ciento treinta mil, le dice Dios: “Gedeón mucha gente tienes, con tanta gente no podrás vencer.” Mirad qué razón da Dios “No podrás vencer porque sois muchos” si dijera “No podréis vencer porque ellos son muchos y vosotros pocos” parece que llevaría camino. Os engañáis, no lo entendéis eso sería razón de los hombres, pero otra es la razón de Dios: “No podréis  vencer porque sois muchos” ¿por qué?  Para que no se gloríe contra Mi Israel y diga: Con mis fuerzas y mi brazo me he librado, y se alce la victoria y quede muy ufano, pensando que con sus fuerzas ha vencido. Le dice Dios a Gedeón que solo se quede con trescientos, y con esos lo manda que presente batalla al enemigo, y con ellos le dio la victoria. Y aún no fue menester que se pusiesen en armas, ni que echasen mano a las  espadas, sino solo con el sonido de las trompetas que llevaban en la mano y con el ruido de quebrar los cántaros y el resplandor de las hachas encendidas, que llevaban en la otra mano, causó Dios tanto terror y espanto en los enemigos, que unos a otros se atropellaban y se mataban, huyendo, pensando que venía todo el mundo sobre ellos. Ahora no diréis que por vuestras fuerzas habéis vencido. Eso es lo que pretende Dios.
Pues si en las cosas temporales y humanas, en las cuales nuestros medios tienen alguna proporción con el fin, y nuestras fuerzas con la victoria, no quiere Dios que nos atribuyamos a nosotros cosa alguna, sino que la victoria de la batalla y el buen suceso de los negocios, todo se le atribuya a Él, si aún en las cosas naturales ni el que planta, ni el que riega es algo; no es el hortelano el que hace crecer las plantas y dar fruto a los árboles, sino Dios; ¿Qué será en las cosas espirituales y sobrenaturales de la conversión de las almas, y de su aprovechamiento y crecimiento en virtud, donde nuestros medios, fuerzas quedan tan cortas y tan atrás, que ninguna proporción tienen con tan alto fin?
Dice San Pablo (1Cor 3,7) “Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios solo es el que puede dar crecimiento y fruto espiritual.” Dios solo puede hacer que los hombres aborrezcan los pecados y dejen la mala vida, nosotros solamente podemos hacer un poco de ruido con la trompeta de su evangelio, y si quebrantamos los cántaros de nuestros cuerpos con la mortificación para que nuestra luz resplandezca delante de los hombres con la vida muy ejemplar, no hacemos poco, con eso Dios dará la victoria.

Saquemos de aquí dos cosas que nos ayudaran: la primera que desconfiemos de nosotros, y pongamos toda nuestra confianza en Dios, y todo el fruto y buen suceso de los negocios se lo atribuyamos a Él, dice San Pedro  (1 Pedro 4,11) “El que habla tenga en cuenta que Dios puso aquellas palabras en su boca; el que obra, tenga en cuenta que Dios es el que obra por él, y dele a él la gloria y honra de todo.”
La segunda cosa que hemos de sacar es no desanimarnos ni desconfiar viendo nuestra poquedad y miseria. No podía creer Moisés que él había de hacer una obra tan grande como era sacar al pueblo de Israel del cautiverio de Egipto, y se excusaba con Dios que le enviaba a eso: (Ex 3, 11) “¿Quién soy yo para ir a tratar con el faraón, y hacer que deje salir al pueblo de Israel de Egipto?” (Ex 4, 13) “Enviad Señor a quien habéis de enviar” que yo no soy para eso, que soy tartamudo. Eso es lo que yo he menester, dice Dios: que no lo has de hacer tú; yo seré contigo, y te enseñaré lo que has de hablar.”

Lo mismo le aconteció a Jeremías, le enviaba Dios a predicar a las gentes y comienza a excusarse (Jeremías 1,6) “¿No veis Señor que no acierto hablar, que soy niño?” ¿Como me queréis enviar a una empresa tan grande? Dios escoge gente humilde, gente que no se atribuye nada a sí, y por ellos quiere hacer cosas grandes.
Cuentan los sagrados evangelistas (Lc10, 21; Mt11, 25) que viniendo de predicar lo apóstoles, viendo los frutos y maravillas que habían hecho, se regocijo el Señor en el Espíritu Santo y comenzó a glorificar y dar gracias al Padre Eterno “Gracias te doy Padre Eterno, Señor del Cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas a los sabios y prudentes del mundo, y se las revelaste y comunicaste a los pequeñuelos, bendito y alabado seáis, Señor, para siempre, porque os ha gustado hacerlo así.” Oh dichosos los pequeñuelos, dichosos los humildes, los que no se atribuyen nada a sí, porque esos son los que levanta Dios, esos son por quien hace maravillas, a esos toma él por instrumento para hacer grandes cosas, grandes conversiones y grande fruto en las almas.
Por eso nadie desconfíe, nadie se desanime (Lc 2,31) “No quieras temer, manada pequeña porque se compadeció mi Padre de daros el reino” no desmayéis ni te desanimes.

sábado, 9 de marzo de 2013

como la humildad es fundamento de todas las virtudes, discurriendo por las más principales

Como la humildad es fundamento de todas las virtudes, discurriendo por las más principales.

 Comenzando por las teologales, para la fe es menester humildad, la fe pide un entendimiento humilde y rendido. “Cautivando nuestro entendimiento en servicio de Cristo” ( 2 Cor 10,5);el entendimiento soberbio es impedimento y estorbo para recibir la fe, y así dijo Cristo a los fariseos (Jn5,44) “¿Cómo podéis vosotros creer en Mi, pues buscáis ser honrados unos de otros, y no buscáis la honra que de solo Dios viene?”
No solo para recibir la fe es menester humildad, sino también para conservarla. Según los doctores y santos, la soberbia es principio de todas las herejías. El soberbio estima tanto su parecer y juicio, que le antepone al sentir común de los Santos, y de la Iglesia, y de ahí bien a dar en herejías.
Dice el Apóstol (2 Tim 3.1): “Os hago saber que en los días postreros habrá unos tiempos muy peligrosos, porque los hombres serán muy amadores de sí mismos, codiciosos, altivos, soberbios.”

La Esperanza con la humildad se sustenta; porque el humilde siente su necesidad, y entiende que o puede de si cosa alguna y así con más afecto se vale de Dios, y pone toda su esperanza  en El.

La Caridad y amor de Dios, con la humildad se aviva y enciende, porque el humilde conoce  que todo lo que tiene le viene de la mano de Dios y que él está muy lejos de merecerlo, y con esto se enciende e inflama mucho en amor de Dios. Decía El Santo Job (7,17) “¿Quién es el hombre Señor, para que os acordéis de él, y pongáis vuestro corazón en él, y le hagáis tantos favores y mercedes?” ¿Yo tan malo para vos y vos tan bueno para conmigo? ¿Yo porfiar a ofenderos cada día y vos a hacerme mercedes cada hora? Este es uno de los motivos que se ayudaban los Santos para encenderse en amor de Dios. Mientras más consideraban su indignidad y miseria, más obligados se hallaban a amar a Dios, que puso sus ojos en tan gran bajeza.
Dice María  Lc (1, 46,48) “Magnifica y engrandece mi alama al Señor, porque puso los ojos en la bajeza de su sierva.”

Para la caridad con los prójimos, bien se ve cuan necesaria es la humildad; porque una de las cosas que suele entibiar y disminuir el amor a nuestros hermanos es juzgar sus faltas y tenerlos por imperfectos y defectuosos; y el humilde está muy lejos de eso, porque tiene puesto sus ojos en sus propias faltas y en los otros mira sus virtudes; y así a todos los tiene por buenos, y a si solo por malo e imperfecto y por indigno de estar entre sus hermanos; de aquí nace en él una estima y respeto y un amor grande a todos.
No hay envidia entre los humildes, porque la envidia nace de la soberbia; y si hay humildad, ni habrá envidia ni encuentros ni cosa que entibie el amor de los hermanos.

De la humildad nace también la paciencia, tan necesaria en esta vida; porque el humilde conoce sus culpas y pecados, se ve digno de cualquier pena, y ningún trabajo le viene que no lo juzgue por menor de lo que había de ser conforme a sus culpas, y así calla y no se sabe quejar, antes dice con el profeta Miqueas (7,9) “Sufriré de buena gana el castigo que Dios me envía, porque he pecado contra El.”
El soberbio de todo se queja y le parece que le hacen sin razón, y que no le tratan como merece.
El humilde, aunque le hagan sin razón no lo juzga por tal, en ninguna cosa le hacen agravio, y de cualquier manera que le traten está muy satisfecho, que le tratan mejor de lo que él merece.
Tened humildad y así tendréis paciencia.

De la humildad nace también la paz, tan deseada de todos y tan necesaria; así lo dice Cristo (Mt 11,29)”Aprended de Mi, que soy manso, y humilde de corazón y hallareis descanso para nuestras almas.” Sed humildes y tendréis gran paz con vos, y también con vuestros hermanos.

La pobreza tiene tanta conexión y parentesco con la humildad, que parecen hermanas. Por la pobreza de espíritu que Cristo nuestro Señor, puso en la primera bienaventuranza, unos Santos entienden la humildad, otros la pobreza voluntaria. Es menester que la pobreza ande siempre muy acompañada de la humildad, porque la una  sin la otra es cosa peligrosa; fácilmente se puede crear un espíritu de vanagloria y soberbia del vestido pobre y vil, y de allí suele nacer un menosprecio de los otros; también es menester la humildad para que no queramos andar muy acomodados y que no nos falte de nada, sino que nos contentemos con lo que nos dieren, y con lo peor, pues somos pobres y queremos imitar a Cristo pobre.

Para la guarda de la castidad es necesaria la humildad. Es la humildad tan grande adorno de la castidad y pureza virginal que dice San Bernardo: “Me atrevo a decir que sin humildad, aún en la virginidad de nuestra Señora no agradaría a Dios”

Para alcanzar la virtud de la obediencia se necesita ser humilde. Al humilde cualquier cosa se le puede mandar, el humilde no tiene juicio contrario, en todo se conforma con el superior, así con la obra como con la voluntad y entendimiento, no hay en él contradicción ni resistencia alguna.

La oración sin humildad no tiene valor.
La oración con humildad penetra los cielos.
La oración del que se humilla dice el sabio penetra los cielos y no descansará hasta que alcance de Dios lo que desea.
Judith (9,16) “Siempre os agrado, Señor, la oración de los humildes y de los mansos de corazón.”
(Salmo 101,18) “Miró Dios la oración de los humildes y no menospreció sus ruegos.”
Mirad cuánto agrado a Dios aquella oración humilde del publicano del Evangelio, que no osaba alzar los ojos al cielo, ni acercarse al altar, sino allá lejos en un rincón del templo, con humilde conocimiento decía (Lc 18,13) “Señor tened misericordia de mi que soy gran pecador, de verdad os digo dice Cristo, que salió este justificado del templo y el otro fariseo soberbio que se tenía por bueno salió condenado”
Por tanto si tenemos que ser perfectos como nuestro Padre es perfecto: sed humildes.

domingo, 3 de marzo de 2013

la humildad es fundamento de todas las virtudes

La humildad es fundamento de todas las virtudes

San Cipriano dice: La humildad es fundamento de la santidad.
San Jerónimo dice: La primera virtud de los cristianos es la humildad.
San Bernardo dice: La humildad es fundamento y guarda de las virtudes.
San Gregorio dice: La humildad es maestra y madre de todas las virtudes, además es raíz y origen de todas las virtudes.
Esta metáfora y comparación de la raíz, declara mucho las propiedades y condiciones de la humildad, porque dice San Gregorio, así como la flor se sustenta de la raíz, y cortada se seca, así la virtud, cualquiera que sea, sino persevera en la raíz de la humildad, se seca y luego se pierde. Más, así como la raíz está debajo de la tierra y se pisa y no tiene en si hermosura ni olor, pero de allí recibe el árbol vida: así el humilde está soterrado es hollado (pisado)  y tenido en poco, no parece que tiene lustre ni resplandor, sino que está echado al rincón y olvidado; sin embargo eso es lo que le conserva y hace crecer. Más: así como para que el árbol crezca y dure, y lleve mucho fruto, es menester arraigarse la raíz, y cuanto esta, estuviere más honda y más dentro de la tierra, tanto el árbol echara más fruto y durara más. Así el fructificar todas las virtudes  el conservarse en ellas está en echar hondas raíces de humildad. Cuanto más humilde seas, tanto más crecerás en virtud y perfección. Así como la soberbia es raíz y principio de todo pecado; dicen los santos que la humildad es raíz y fundamento de toda virtud.

Pero dirá alguno ¿Cómo decís que la humildad es fundamento de todas las virtudes y del edificio espiritual, pues comúnmente dicen los Santos que la fe es el fundamento, conforme aquello de San Pablo (1Cor 3,11) “Ninguno puede poner otro fundamento más del que esta puesto, que es Cristo Jesús”?
A esto responde Santo Tomas de Aquino: Dos cosas se requieren para hacer bien una casa: lo primero, es necesario abrir bien los cimientos y echar fuera lo movedizo hasta llegar a lo firme, para edificar sobre ello, después se comienza a sentar la primera piedra, la cual con las demás se van asentando, es el principal fundamento del edificio. De esta manera, dice Santo Tomás, la humildad y la fe están en este edificio espiritual y fabrica de virtudes: la humildad es la que abre las zanjas, su oficio es ahondar el cimiento y echar fuera todo lo movedizo, que es la flaqueza de las fuerzas humanas. No tenemos que edificar sobre nuestras fuerzas humanas, que todo eso es arena, desconfiando de nosotros mismos y ahondando hasta llegar a la peña viva que es Cristo.
Ese es el fundamento, para asentarse ese fundamento es menester este otro, lo cual se hace con la humildad, por eso se llama la humildad fundamento, y así el que con humildad abriere y ahondare en su propio conocimiento, y echare fuera toda estima y confianza de si mismo hasta llegar el verdadero fundamento que es Cristo, este edificara buen edificio porque está edificando sobre piedra firme. Pero si edifica sin humildad, se caerá su edificio, porque está fundado sobre arena.
No son virtudes verdaderas, sino aparentes y falsas, las que no se fundan en la humildad.
San Agustín dice, que los romanos y los filósofos antiguos no tenían virtudes verdaderas no solo por faltarles la caridad, que es la forma y la que da vida y ser a todas las virtudes, sino además porque les faltaba también el fundamento de la humildad, en su fortaleza, en su justicia, en su templanza pretendían ser estimados y dejar memoria de si, eran unas virtudes huecas sin sustancia y una sombra de virtudes. Como no eran perfectas ni verdaderas, sino aparentes, se las premió y remuneró Dios a los romanos con los bienes de esta vida, que son también bienes aparentes. Si queréis edificar verdaderas virtudes en vuestra alma, procurad echar primero buen fundamento de humildad.
Santo Tomas de Aquino decía de la humildad: Quien anda con deseos de honra, quien huye de ser tenido en poco y le pesa si lo es, aunque haga maravillas, lejos está de la perfección, porque todo es virtud sin cimiento.