domingo, 29 de septiembre de 2013

Como los buenos y los santos pueden con verdad tenerse en menos que todos

Como los buenos y los santos pueden con verdad tenerse en menos que todos, y decir que son los mayores pecadores del mundo.
Es de mucho provecho declarar como los buenos y los santos pueden con verdad tenerse en menos que todos y decir que son los mayores pecadores del mundo, pues decimos que hemos de procurar llegar aquí. Algunos santos no quieren contestar a esta pregunta, sino se contentan con sentirlo ellos en su corazón.
A la pregunta ¿Cómo los santos se tienen por pecadores y saben que guardan los mandamientos de Dios? Responde San Agustín: es que poniendo uno los ojos en los defectos que él conoce en sí, y considerando en su prójimo los dones ocultos que tiene o puede tener de Dios, puede cada uno con verdad decir de sí que es más vil y mayor pecador que todos, porque mis defectos los sé yo y no se los dones ocultos que el otro tiene de Dios.
El que es humilde de verdad y de corazón, considera en los otros las virtudes y lo bueno que tienen, y en si sus defectos, y anda tan ocupado en el conocimiento y remedio de ellos que no levanta los ojos a mirar las faltas ajenas, y así tiene a todos por buenos y a él por malo. Mientras más santo es uno, más fácil le es esto, porque así como va creciendo en las demás virtudes, va también creciendo en humildad y conocimiento propio, y mayor desprecio de sí mismo. Y mientras más luz y conocimiento tiene de la bondad y majestad de Dios, más profundo es el conocimiento que tiene de su miseria y de su nada.
Y si nosotros nos tenemos en algo, es porque tenemos poco conocimiento de Dios y poca luz del Cielo. Ama Dios tanto la humildad, y le agrada tanto que se tenga uno en poco a sí mismo, y se conserve en eso, que muchas veces disfraza sus dones y los comunica tan secretamente que el mismo que los recibe no lo entiende, y piensa que no tiene nada. Dice San Bernardo: Para conservar la humildad, suele la divina Bondad disponer las cosas de tal manera, que cuanto uno va aprovechando más, tanto menos piensa que aprovecha, y cuando ha llegado al último grado de la virtud, permite que tenga alguna imperfección en lo primero, para que piense que aún no ha alcanzado aquel. Dice San Gregorio: Siendo a todos manifiestas estas virtudes ellos solos no las ven. De Moisés cuenta la Sagrada Escritura (Exod 34,29) que cuando salió de hablar con Dios traía un gran resplandor en su rostro y lo veían los hijos de Israel, y el no; así el humilde no ve en él ninguna virtud, todo lo que ve le parece que son faltas e imperfecciones, y cree que la menor parte de sus males es la que él conoce y que son muchas más las que ignora. Por eso le es fácil tenerse en menos que todos y por el mayor pecador de cuantos hay en el mundo.
Los caminos de Dios son muchos y diversos, a unos los lleva por el camino de encubrir sus dones, que ellos mismos no los vean ni piensen que los tienen, a otros se los manifiesta y hace que los conozcan para que los estimen y agradezcan. San Pablo (1Cor 2,12) Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios para que conozcamos los dones que de Dios recibimos. Y nuestra Madre bien conocía y reconocía las mercedes y dones que tenia (Lc 1,46) Magnifica y engrandece mi alma al Señor porque ha obrado en Mi grandes cosas el que es todopoderoso. Hay sin embargo un gran peligro y engaño que nos advierte los Santos y es que algunos piensan de sí que tienen más dones de Dios de los que tienen. (Apocalipsis 3, 17) Porque dice: Yo soy rico, me he enriquecido y no tengo necesidad de nada; y no sabes que tu eres desgraciado, digno de lastima, pobre, ciego y desnudo. En el mismo engaño estaba aquel fariseo del Evangelio el cual daba gracias a Dios porque no era él como los otros hombres. Algunas veces nos entra esta soberbia tan oculta y secretamente, que casi sin sentirlo ni entenderlo estamos muy llenos de nosotros mismos y de nuestra propia estimación. Por eso es gran remedio tener siempre los ojos abiertos para ver las virtudes ajenas y cerrados para ver las suyas propias, y así vivir siempre con un santo temor de Dios, con el cual están más seguros y guardados los dones de Dios.
Se pregunta uno ¿Cómo estos Santos varones espirituales, que conocen y ven en si grandes dones, que han recibido de Dios, pueden con verdad tenerse en menos que todos, y decir de sí que son los mayores pecadores del mundo?
San francisco de Asís nos dice: Entiendo y creo que si Dios levantase su mano de mí, y no me tuviese, cometería los mayores males que todos los hombres, y sería el peor de todos ellos. Por eso dice que es el mayor pecador y más ingrato de todos los hombres.
Este conocimiento y consideración es la que hacía a los Santos, hundirse debajo de la tierra, y ponerse a los pies de todos, y tenerse con verdad por los mayores pecadores del mundo, porque tienen plantada y arraigada en su corazón la raíz de la humildad, que es el conocimiento de su propia flaqueza y miseria, y sabían penetrar y ponderar muy bien los que ellos eran y tenían de si, y eso los hacía creer que si Dios los dejara de su mano y no los estuviera siempre teniendo, fueran los mayores pecadores del mundo y así se tenían por tales. Y los dones y beneficios que habían recibido de Dios, los miraban ellos, no como cosa suya sino como cosa ajena y prestada.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El verdadero humilde se tiene en menos que todos


El verdadero humilde se tiene en menos que todos
Todas las operaciones naturales que tenemos las tenemos de Dios, porque nosotros éramos nada, no tenemos fuerza para movernos, ni para ver, ni oír, ni gustar, ni entender, ni querer, Dios nos da el ser natural nos dio estas potencias y fuerzas, y así a Él le hemos de atribuir el ser como estas operaciones naturales; de la misma manera hemos de decir en el ser sobrenatural y obras de gracia. El ser sobrenatural que tenemos, Dios nos lo ha dado, es añadido al ser de naturaleza graciosamente. Nosotros nacimos en pecado (Efes 2,3) hijos de ira enemigos de Dios (1 Pedro 2,9) Nos saco de aquellas tinieblas a su admirable luz.
Nos hizo Dios de enemigos, amigos: de esclavos, hijos; de no valer nada, a ser agradable a sus ojos. Y la causa por que Dios hizo esto no fueron nuestros merecimientos pasados, ni el respeto de los servicios que le habíamos de hacer, sino por su sola bondad y misericordia (Rom 3,24) Y son justificados gratamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús y por los merecimientos de Jesucristo, único medianero nuestro.
Tampoco podemos salir nosotros de la tiniebla del pecado en que estábamos, y en que fuimos concebidos y nacidos, si Dios por su infinita bondad y misericordia no nos hubiese sacado, ni podríamos obrar, obras de vida si Él no nos da su gracia para ello, porque el valor y merecimiento de las obras que hacemos no son por nuestros meritos, sino por la gracia del Señor.
Así no debemos atribuirnos gloria alguna, sino toda a Dios, así lo natural como lo sobrenatural, teniendo siempre en la boca y en el corazón lo que dice San Pablo (1 Cor 15,10) Por la gracia de Dios soy eso que soy
Dios no solo nos saco de la nada, y nos dio el ser que tenemos, además Dios nos está sustentando, teniendo y conservando con su mano poderosa, para que no caigamos en el pozo profundo de la nada. De la misma manera en el ser sobrenatural, no solo nos hizo Dios merced de sacarnos de las tinieblas de los pecados en que estábamos a la luz admirable de la gracia, sino siempre nos está conservando y teniendo de su mano para que no volvamos a caer; de tal manera que si un instante apartase y alzase Dios su mano y guarda de nosotros y diese licencia al demonio para que nos tentase cuanto quisiese, nos tornaríamos a los pecados pasados y a otros peores.
San Alberto Magno dice que el que quiera alcanzar la humildad ha de plantar en su corazón la raíz de la humildad, esto es que conozca su propia flaqueza y miseria, y entienda y pondere muy bien, no solo cuan vil y miserable soy ahora, sino cuan vil y miserable puedo ser y seria si Dios con su mano poderosa no me apartase de los pecados, y me quitase las ocasiones, y me ayudase en las tentaciones. Salmo 93. 17) Si el Señor no me hubiera auxiliado ya estaría yo en el infierno. Cuando pensaba que iba a tropezar, tu misericordia Señor me sostenía.
Los Santos no se contentaban con tenerse en poco y por malos y pecadores, sino que se tenían en menos que todos y por los más viles y pecadores de cuantos había en el mundo (1 timo 1,15) Es palabra digna de crédito y merecedora de toda aceptación, que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y así nos amonesta que procuremos llegar a esta humildad, que nos tengamos por inferiores y por menos que todos, y que a todos los reconozcamos por superiores y mejores.
Los santos no decían con mentira, ni con fingida humildad que eran los mayores pecadores del mundo, sino con verdad, porque así lo sentían en su corazón. (Lc 14,10) Cuando te conviden siéntate en el último puesto. No dijo que escogieses un lugar mediano, o que te sentases entre los últimos, o en el penúltimo lugar, sino solo quiere que estemos en el último lugar. No nos tengamos por mejor que otra persona, ni presumamos de compararnos ni igualarnos con otra persona. Solo tenemos que quedarnos en el último lugar, sin igualar nuestra bajeza, teniéndonos por el más miserable y pecador de todos. A ningún peligro nos exponemos en humillarnos mucho y ponernos debajo de los pies de todos, pero anteponernos a solo uno nos puede hacer mucho daño.
¿Qué sabes si ese que piensas ha de ser mejor o peor que tu y si lo es ya delante de Dios? ¿Quién sabe si cruzara Dios las manos, y se trocaran las suertes y serás tú el desechado y el otro el escogido? ¿Qué sabemos lo que ha obrado Dios en su corazón de ayer a hoy y en un momento? En un instante puede Dios hacer de un publicano y de un perseguidor de la Iglesia apóstoles suyos como hizo a San Mateo a San Pablo. (Mt 3,9) Y no os hagáis ilusiones pensando tenemos por padre a Abraham, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras (Lc 7,39) Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando pues es una pecadora que engañado se hallo aquel fariseo que juzgo a la Magdalena por mala y como reprendió Cristo,  y le dio a entender que era mejor que él, la que él tenía por pecadora publica.
No basta decirlo con la boca que eres el peor de todos, es necesario que lo sintamos en nuestro corazón. No pensemos haber aprovechado algo, si no te tienes por el peor de todos, dice el Kempis.

En que consiste el tercer grado de humildad


En qué consiste el tercer grado de humildad
Este grado de humildad, dicen los santos que consiste en saber distinguir entre el oro que nos viene de Dios, de sus dones y beneficios y entre el lodo y miseria que somos nosotros, y  dar a cada uno lo que le pertenece: atribuir a Dios lo que es de Dios y a nosotros lo que es nuestro, y que todo esto está el punto de este negocio. De manera que no consiste la humildad en conocer reflexivamente que de nosotros no podemos ni valemos nada, y que todo el bien nos ha de venir de Dios, y que El es el que obra en nosotros el querer y el comenzar y el acabar por su libre y buena voluntad (Filip 2, 13) (1 Cor 2,12) Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que hemos recibido.
Sentir y reconocer uno los dones que ha recibido de Dios como ajenos y como recibidos y dados de la liberalidad y misericordia de Dios es particular don y merced suya. (1Cor 4,7) A ver ¿Quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿A que tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Todo cuanto bien tenemos es recibido y ajeno  nosotros no tenemos bien ninguno.
Esta es la humildad de los santos, que con estar enriquecidos de dones y gracias de Dios, y haberles El levantado a la cumbre de la perfección, a gran honra y estimación del mundo, con todo eso se tenían ellos por tan viles en sus ojos, y se quedaba su alma tan entera en su bajeza y humildad como si no tuvieran nada de aquellos dones. No se les pegaba ninguna vanidad en su corazón, ni cosa alguna de aquella honra y estima en que el mundo los tenia, porque sabían bien distinguir entre lo que era ajeno, y lo que era suyo propio, y así todos los dones, honra y estimación lo miraban cosa ajena y recibida de Dios, y a Él le daban y atribuían toda gloria y alabanza de ello, quedándose ellos enteros en su bajeza, mirando que de si no tenían nada, ni podían bien alguno.
Dice San Bernardo: No es mucho humillarse uno en la pobreza y abatimiento, porque eso de suyo ayuda a conocerse y tenerse en lo que es, pero que sea uno lanzado y estimado de todos, y tenido por Santo varón admirable, y se quede el tan entero en la verdad de su bajeza y de su nada como si no hubiera nada de aquello en él, esa es rara y excelente virtud y cosa de gran perfección.
En estos dice San Bernardo conforme al mandamiento del Señor (Mt 5,16) Su luz luce y resplandece delante de los hombres para glorificar no a si mismo sino a su Padre que está los cielos. Estos son los verdaderos imitadores del Apóstol Pablo y de los predicadores evangélicos que no se predican a sí mismos, sino a Jesucristo. Estos son buenos y fieles siervos, que no buscan sus comodidades, ni se alzan con cosa alguna, ni se atribuyen nada así, sino todo lo atribuyen fielmente a Dios y a El dan la gloria de todo.
Hemos de considerar que no obremos y tengamos parte en las buenas obras que hacemos, que eso sería ignorancia y error. Claro está que nosotros y nuestro libre albedrio concurre y obra juntamente con Dios en las buenas obras, porque libremente da el consentimiento en ellas, y por eso obra el hombre, y en su mano está no obrar. Es lo que hace tan dificultoso este grado de humildad, porque por una parte tenemos que poner todos los medios que podamos para alcanzar la virtud, y para resistir la tentación, y para que el negocio suceda bien, como si ellos solos bastasen para ello; y por otra parte después de hecho eso, hemos de desconfiar de todo ello, como si no hubiéramos hecho nada, y tenernos por siervos inútiles y sin provecho, y poner toda nuestra confianza en Dios, como nos enseña El en (Lc 17,10) Cuando hayáis hecho todo lo que os he mandado decid: somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer. San Pablo (1Cor 4, 7) ¿Qué tienes que no hayas recibido?
San Agustín dice que nosotros sin la gracia de Dios no somos otra cosa sino lo que es un cuerpo sin alma. Así como un cuerpo muerto no se puede mover ni menear, así nosotros sin la gracia de Dios no podemos obrar obras de vida y valor delante de Dios. Y en otra parte dice que así como los ojos corporales, aunque estén muy sanos, si no son ayudados por la luz no podemos ver, así el hombre aunque sea muy justificado, si no es ayudado de la luz y gracia divina, no pueden vivir bien.
En esto consiste el tercer grado de humildad, que no llegan nuestras cortas palabras a acabar de declarar la profundidad y perfección que hay en él, porque no solo la practica sino también la teórica de él es dificultosa. Esta es la aniquilación de sí mismos, tan encomendada por los maestros de la vida espiritual, es tenerse y confiarse por indigno e inútil para todas las cosas, este tercer grado está en aquella desconfianza de sí mismos, y aquel estar colgados y pendientes de Dios. Este es el verdadero tenerse en nada, que a cada paso oímos y decimos, y que todo bien que tenemos y obramos no es nuestro sino de Dios, suya es la honra y gloria de todo.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Como con humildad se puede compaginar el querer ser tenidos y estimados de los hombres


Como con humildad se puede compaginar el querer ser tenidos y estimados de los hombres

Se suele ofrecer muchas veces una duda acerca de la humildad. Decimos comúnmente, y es doctrina de los santos, que hemos de desear ser despreciados, abatidos y tenidos en poco y que no hagan caso de nosotros. Luego por otra parte ¿Cómo haremos fruto en los prójimos si nos desprecian y tienen en poco, porque para eso es menester tener autoridad con ellos y que tengan buena opinión y estima de nosotros? Y así parece que no será malo sino bueno, desear ser estimados y considerados por los hombres.
San Gregorio dice que algunas veces los varones santos se alegran de tener buena opinión y estima acerca de los hombres, pero eso es cuando ven que es medio necesario para que los prójimos se aprovechen y ayuden más en sus almas. Y por eso dice San Gregorio, no es alegrarse de su estima y opinión, sino del fruto y aprovechamiento de los prójimos, que es cosa muy diferente. Una cosa es amar uno la honra y estima humana por sí misma, y parando en ella por su propio respeto y contento, por ser grande y señalado en la opinión de los hombres y esto es malo, otra cosa es cuando esto se ama por algún fin bueno, como es el provecho de los prójimos y para hacer fruto en sus almas, y esto no es malo sino bueno.
Y de esta manera podemos nosotros desear la honra y estimación del mundo y que tengan buena opinión de nosotros, por la mayor gloria de Dios, y por ser así necesario para la edificación de los prójimos y para hacer fruto de ellos, porque esto no es alegrarse uno de la honra y estimación, sino del provecho y bien de los prójimos y de la mayor gloria de Dios. La honra y estimación la hemos de desear y alegrarnos con ella solamente cuanto es necesaria para la edificación de los prójimos, para hacer fruto en ellos y para mayor honra y gloria de Dios.
De manera que la honra y estimación de los hombres es verdad que no es mala, sino buena, si usamos bien de ella, y así, licita y santamente se puede desear.  Y aún alabarse uno mismo puede ser bueno y santo si se hace como se debe, como vemos en San Pablo  (2 Cor 4,11) Comienza a alabarse y a contar grandezas de si, refiriendo grandes mercedes que nuestro Señor le había hecho, y diciendo que había trabajado más que los Apóstoles; y comienza a contar las revelaciones y arrobamientos que había tenido hasta el tercer cielo. Mas lo hacía porque entonces convenía y era menester para la honra de Dios y para el provecho de los prójimos a quien escribía, para que así le tuviesen y estimasen como apóstol de Cristo, y recibiesen su doctrina y se aprovechasen de ella. Y decía estas cosas de si con un corazón, no solo despreciador de la honra, sino amador del desprecio y deshonra por Jesucristo,, porque cuando no era necesario para el bien de los prójimos muy bien se sabia el apocar y abatir diciendo de si (1Cor 15,9) que no era digno de llamarse Apóstol, porque persiguió la Iglesia de Dios. Y llamándose blasfemo y abortivo (1Tim 1,13) y el mayor de los pecadores y cuando se le ofrecían deshonras y menosprecios ese era su contento y regocijo.
De estos corazones bien se puede uno fiar que reciban honra y que digan ellos algunas veces cosas que aprovechen para tenerla, porque nunca harán estas cosas sino cuando fuese necesario por la mayor gloria de Dios, porque no aman su propia honra sino la honra de Dios y el bien de las almas.
Es muy dificultoso recibir la honra y no ensoberbecerse, ni tomar en ella algún vano contentamiento o complacencia, por eso los santos, temiendo el peligro grande que hay en la honra y estimación y en la dignidades y puestos altos, huían cuando podían de todo eso y se iban donde no fuesen conocidos y estimados, y procuraban ocuparse en oficios bajos y despreciados, porque veían que aquello les ayudaba más en su aprovechamiento y a conservarse en humildad, y que era camino más seguro para ellos.
(San Juan 8, 50) Yo no busco mi gloria, mi Padre cuenta con eso pues si nuestro padre celestial busca y procura nuestra gloria y nuestra honra no es menester que nosotros tengamos cuidado de eso, cuanto más nos humillemos y abajemos, por ahí Dios nos levantara. La Iglesia ganara más cuando vean a sus hijos humildes, callados, y sufridos, mortificados y estén deshechos de todo lo que tiene sabor y olor a mundo.

domingo, 8 de septiembre de 2013

como hemos de traer a examen particular la virtud de la humildad


Como hemos de traer a examen particular la virtud de la humildad
El examen particular siempre se ha de hacer de una cosa sola, porque de esa manera es más eficaz y de mayor efecto que si lo hacemos de muchas cosas juntas. Es de tanta importancia esto, que si queremos hacer examen de un vicio o una virtud, tenemos que hacerlo por partes y poco a poco, para poder alcanzar lo que se desea. Si queremos hacer examen para desarraigar la soberbia de nuestro corazón y alcanzar la virtud de la humildad, no lo hemos de tomar en general, porque la soberbia o la humildad comprende muchos aspectos, iremos dividiendo y desmenuzando, para que así podamos hacer mejor y con más provecho el examen particular de esta virtud tan necesaria. Veamos los pasos que hay que dar para hacer el examen particular de la virtud de la humildad.
Lo primero no hablar palabras que puedan redundar en nuestra alabanza y estima (Mt 12,34) porque de la abundancia habla la boca. Ofreciéndose alguna cosa honrosa, luego queremos hacernos parte de ella.
Lo segundo no oigamos de buena gana que otros nos alaben y digan bien de nosotros porque en esto hay también grave peligro. Dice San  Ambrosio que cuando el demonio no nos puede derribar con pusilanimidad (cobardía) y desmayo, procura derribarnos con presunción y soberbia, y cuando no nos puede derribar con deshonra, trata que nos honren y alaben para derrocarnos por allí.
San Juan Clímaco dice que cuando nos alaben, pongamos delante nuestros pecados, y veremos que somos indignos de las alabanzas que nos dan, y así sacaremos de ellas más humildad.
La tercera cosa es no hacer cosa alguna para ser vistos y estimados de los hombres, que es lo que nos avisa Cristo en (Mt.6,1) Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre Celestial. Este es un examen muy provechoso y se puede dividir en muchas partes, primero se puede no hacer las cosas por respetos humanos, hacerlas puramente por Dios, hacerlas muy bien hechas, como quien las hace delante de Dios, y como quien sirve a Dios y no a los hombres, Hasta llegar a hacer las obras de tal manera que más parezca que estamos más en ellas amando que obrando.
La cuarta cosa que podemos traer a examen es no excusarnos, porque también nace de soberbia que haciendo las faltas o diciéndonoslas, luego las queremos excusar, y sin sentir echamos una excusa tras otra. (Génesis 3, 12) Señor la mujer que tú me diste por compañera me hizo comer y la mujer se excusa con la serpiente la serpiente me engaño, y comí. Todo esto nace de la mucha soberbia que tenemos, que no queremos que se sepan nuestras faltas, ni ser tenidos por defectuosos, y más nos pesa de que se sepan y de la estima que por ello perdemos, que de haberlas hecho, y así las procurásemos encubrir y excusar cuanto podemos. Y hay algunos tan inmortificados en esto, que aun antes que les digan nada, ellos previenen y se excusan, y quieren dar razón de los que les pueden oponer: Si hice aquello fue por esto y si hice lo otro fue por lo otro. ¿Quién os pica ahora, que así saltáis? El estimulo y aguijón de la soberbia que tenemos allá dentro en las entrañas, ese nos pica y nos hace saltar con eso, aun antes de tiempo.
Lo quinto es también buen examen el de cortar y disminuir pensamientos de soberbia. Todo esto nace de la gran soberbia que tenemos que está brotando y reventando en esos pensamientos y así es muy bueno traer a examen disminuir y cortar luego estos pensamientos altivos y vanos como lo es también atajar y cortar los pensamientos deshonestos y de juicios y de otro en cualquier vicio que uno sea molestado.
El sexto, será también buen examen tenerlos a todos por superiores. Que nos animemos a la humildad, procurando y deseando dar ventaja a los otros, estimulándolos en nuestra alma a todos, como si fuesen superiores, y exteriormente teniéndolos el respeto y reverencia que sufre el estado de cada uno (filip 2,3) No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. (Rom12, 10) Amaos cordialmente unos a otros, que cada cual estime a los otros más que a sí mismos.
La séptima cosa es llevar bien todas las ocasiones que se os ofreciese de humildad. Nos sentimos mal cuando el otro nos dice una palabra, o cuando nos mandan con resolución o con imperio, o cuando nos parece que no nos hacen tanto caso como a los otros. Este es un examen de lo más propio y provechoso que podemos traer para alcanzar la virtud de la humildad, podemos ir creciendo en este examen y subiendo por los tres grados primero llevar todas las cosas con paciencia, después llevarlas con prontitud y facilidad hasta que no reparemos ni hagamos caso de nada de eso, después llevarlo con alegría y alegrarnos en nuestro desprecio, en esto consiste la perfección de la humildad.
Lo octavo es hacer algunos actos y ejercicios de humildad, u otra virtud a si interiores como exteriores, hasta que vaya ganando hábito y costumbre de aquella virtud. De esta manera divididos los enemigos, y tomando a cada uno por si, se vence mejor y se alcanza más brevemente lo que se desea.

sábado, 7 de septiembre de 2013

como nos hemos de ejercitar en la oracion en este segundo grado de humildad

Como nos hemos de ejercitar en la oración en este segundo grado de humildad
San Ignacio pone la siguiente regla: que así como los mundanos aman y desean con tanta diligencia honras, fama y estimación de mucho nombre en la tierra; así los que van en espíritu y siguen de veras a Cristo, aman y desean intensamente todo lo contrario, deseando pasar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser tenidos por locos, no dando ellos ocasión alguna de ello, por desear parecer e imitar en alguna manera a Cristo.
Dios quiere hombres verdaderamente deshechos de sí y que estén muertos del todo al mundo. Como es dificultoso llegar a este punto, es importante que el cristiano aspire tener deseos de llegar a este estado, y esté dispuesto a llevarlo con paciencia cuando se le ofrezca semejantes ocasiones. Es bueno que el cristiano tenga disposición para aprender y aprovechar. La Iglesia es escuela de virtud y perfección, entremos con ese deseo, y con la gracia del Señor lo conseguiremos.
Si no sentimos deseos de ser despreciados y tenidos en poco, pero deseamos tenerlos: comencemos a ejercitarnos en la oración en esta virtud de la humildad, digamos con el profeta (sal 118,20) Mi alma se consume, deseando continuamente tus mandamientos. Mucho querría, Señor, llegar siquiera a tener esos deseos, deseo desearlo. Insistamos y perseveremos en la oración y pidamos al Señor que nos ablande el corazón, porque agrada mucho al Señor esos deseos y los oye Él de muy buena gana, pues dice el profeta El deseo de los pobres oyó el Señor, la preocupación de su corazón oyó, Señor, tu oído. Enseguida nos dará el Señor un deseo de padecer algo por su amor y de hacer alguna penitencia por nuestros pecados, cuando nos lo dé ¿en qué podemos emplear mejor ese deseo de padecer? ¿Y en qué podemos hacer mayor penitencia que en ser despreciado y tenido en poco por su amor en recompensa de nuestros pecados?
Y cuando el Señor nos haga esa merced, que sintamos en nosotros esos deseos de ser despreciado y tenido en poco, por parecer e imitar a Cristo, no hemos de pensar que hemos alcanzado ya la virtud de la humildad sino que hemos de comenzar de nuevo a plantear y asentar en nuestra alma la virtud. Y detenernos en esos deseos muy despacio y ejercitarnos mucho tiempo en ellos, en la oración, hasta que lleguen a ser tales y tan eficaces que se extiendan en obras.
Cuando lleguemos a esto, que nos parece que llevamos bien las ocasiones que se nos ofrecen, en la misma obra hay muchos grados y escalones que subir para llegar a la perfección de la humildad. Porque lo primero es que nos ejercitemos en llevar con paciencia todas las ocasiones que se nos ofrecen, que tocan a nuestro desprecio y desestima. Después hemos de pasar adelante, y no parar ni descansar hasta que nos alegremos en el desprecio y afrenta y sintamos en eso tanto contento y gusto como los mundanos en cuantas honras, riquezas y placeres hay en el mundo conforme a aquello del profeta (Sal 118,14) Mi alegría, es el camino de tus precepto, más que todas las riquezas. Tomemos esto por señal para ver si deseamos de veras ser tenido en poco y si vamos creciendo en la virtud de la humildad. Y lo mismo en las demás virtudes.
Para que no aprovechemos más en este medio de la oración, y con él se nos vaya imprimiendo más en el corazón la virtud, hemos de ir en ella descendiendo en casos particulares y dificultosos que se nos puede ofrecer, hasta que ninguna cosa se nos ponga  delante, sino que todo quede allanado, para que de esa manera se va desarraigando el vicio, y la virtud embebiendo y entrañando en el corazón y perfeccionándose más.