domingo, 14 de julio de 2013

De alguno medios para alcanzar este segundo grado de humildad y particularmente del ejemplo de Cristo

De algunos medios para alcanzar este segundo grado de humildad y particularmente del ejemplo de Cristo
Dos maneras de medios se suelen dar para alcanzar las virtudes morales: uno es de razones y consideraciones que nos convenzan y animen a ello; el otro es el ejercicio y uso de los actos de aquella virtud; con las cuales se alcanzan los hábitos.
Comenzando por el primer género de medios es el ejemplo de Cristo nuestro Redentor y Maestro. Toda la vida de Cristo fue un perfecto modelo de humildad desde que nació hasta que murió en la cruz. San Agustín se fijo particularmente en el ejemplo que nos dio lavando los pies a sus discípulos el jueves de la Cena. No se contento Cristo con los ejemplos de toda su vida pasada, ni con los que luego había de dar en su Pasión, que tan cercana estaba, donde había de padecer, como dice el Isaías (53,3) el postrero de los hombres y como dice el profeta David (sal 21,7) oprobio de los hombres y desecho del mundo (Jn 13,1) Sabiendo Jesús que había llegado la hora en que había de partir de este mundo los amo hasta el extremo y acabada la cena, se levanto de la mesa, se quita sus vestiduras, se ciño una toalla, echa agua en una palangana, y se postra a los pies de sus discípulos y a los de Judas, y comienza a lavárselos. ¿Qué es esto, Señor, que hacéis? Dice el apóstol Pedro  ¿Vos, Señor me laváis a mi lo pies? Respondió el Señor: Ahora no entiendes lo que hago, sin embargo, después lo entenderás. Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís bien porque lo soy. Pues si yo siendo Maestro y Señor, me he humillado y os he lavado los pies, vosotros habéis de hacer lo mismo unos a otros. Os he dado ejemplo para que aprendáis de Mí y hagáis como Yo.
Este es el misterio que aprendamos a humillarnos como Yo (Cristo) me he humillado. Es tan grande por una parte la importancia de la virtud de la humildad, y por otra la dificultad que hay en ella, que no se contenta con tantos ejemplos como no había dado, sino como quien conocía bien nuestra flaqueza, y tenía bien entendida la malicia del humor de que pecaba nuestra dolencia.
Sobre las palabras de Cristo (Mt 11, 29) Aprended de Mí que soy manso y humilde de Corazón exclama San Agustín ¡Oh doctrina saludable!¡Oh Maestro y Señor de los hombres, a los cuales por la soberbia les entro la muerte! ¿Qué es lo que tenemos que aprender de Vos? que soy manso y humilde de Corazón. Eso es lo que hemos de aprender de Cristo. Para el hombre, el humillarse y hacerse pequeño, tiene tanta dificultad, que si el mismo Dios no se hubiera humillado y hecho pequeño, los hombres no acabarían de humillarse, porque no hay cosa que tengan tan metida en las entrañas, como este apetito de ser honrados y estimados; y así todo eso fue menester para que seamos humildes.
Si esta medicina de haberse hecho Dios hombre y humillándose tanto por nosotros, no cura nuestra soberbia, no se, Dice San Agustín con que se podría cura. Si ves al Señor tan abatido y humillado, no basta para que nosotros nos avergoncemos desear ser honrados y estimados, y queramos ser despreciados y abatidos con El y por El.
Nos cuenta San Bernardo que vio al Hijo de Dios que dos criaturas nobles, generosa y capaces de la bienaventuranza que Dios había creado, se perdían por querer ser semejantes a Él. Creo Dios los ángeles, y luego Lucifer quiso ser semejante a Dios, y llevo tras de sí a otros, los echo Dios al infierno, y de ángeles quedaron echo demonios. Crea Dios al hombre y luego el demonio le pega su lepra y ponzoña  (Gen 3,5) seréis como dioses, que sabréis del bien y del mal se engolosinaron de que les dijo que serian como Dios y quebrantaron su mandamiento y quedaron semejantes al demonio.
¿Qué hará el Hijo de Dios viendo a su Eterno Padre celar y volver a si por su honra? Veo dice que por mi ocasión pierde mi Padre sus criaturas, los ángeles quisieron ser como Yo y se perdieron, el hombre quiso ser como Yo y se perdió, todos tienen envidia de Mi y quieren ser como Yo. Pues advertid: Yo iré en tal forma, dice el Hijo de Dios que de aquí en adelante el que quiera ser como Yo no se pierda sino que gane. Para esto bajo el Hijo de Dios del Cielo y se hizo hombre. ¡Oh bendita, ensalzada y glorificada sea tal bondad y misericordia, que condescendió Dios con el apetito tan grande que teníamos de ser semejantes a Él, y ya no con mentira y falsedad, como el demonio dijo, sino con verdad, ya no con soberbia y malicia, sino con mucha humildad y santidad, podemos ser como Dios.

martes, 2 de julio de 2013

Declarese más la perfeccion a que hemos de procurar subir en este segundo grado


Declárese más la perfección a que hemos de procurar subir en este segundo grado de humildad
San Juan Climaco dice que así como los soberbios aman tanto la honra y estimación, que para ser más honrados y estimados de los hombres, muchas veces fingen y dan a entender lo que no tienen, como mas nobleza, mas riqueza y mas habilidades y parte de las que tienen, así es altísima humildad que llegue uno a tener tanto deseo de ser despreciado y tenido en poco, que para alcanzar esto procure en casos fingir y dar a entender algunas faltas que no tenga , para que así sea tenido en menos. Los Santos miran como el mundo despreció al Hijo de Dios, que es sumo e infinito Bien, y viendo que el mundo es tan mentiroso y falso, y que fue engañado en no conocer una tan clarísima Luz, como era el Hijo de Dios, y honrar al que era verdaderamente honra, los santos toman tanto odio y aborrecimiento con el mundo y su estimación que reprueba aquello que el mundo aprueba, y aquello aprecian y aman lo que el mundo aborrece y desprecia, y así huyen con mucho cuidado de ser preciados y estimados de quien despreció a su Dios y Señor, y tienen por gran señal de ser amados por Cristo, el ser despreciado del mundo con El y por El. Esta es la causa por qué gustaban tanto los santos de los oprobios y deshonras del mundo, y hacían tantos ensayos para alcanzar este desprecio.
Dice San Juan Climaco que aunque no lleguemos hacer con efecto aquellas locuras santas que hacia los santos, hemos de procurar imitarlos en el amor y deseo grande que tenían de ser despreciados y tenidos en poco.
San Diadoco dice que hay dos maneras de humildad: la primera es de los medianos que van aprovechando, pero todavía están en pelea y son combatidos de pensamiento de soberbia y de malos movimientos, aunque procuran con la gracia de Dios resistirlos y desecharlos humillándose y confundiéndose. Hay otra humildad de perfectos, y es cuando el Señor comunica a uno tanta luz y conocimiento de sí mismo, que le parece que ya no se puede ensoberbecer ni parece que le pueden venir movimientos de soberbia y elación (altivez, presunción): entonces tiene el alma una humildad como natural, que aunque obra grandes cosas, no se levanta nada por eso, ni se tiene en más, sino antes se tiene por menos de todos.
La diferencia entre la una y la otra es que la primera comúnmente está con dolor y con alguna tristeza y pena, al fin como en gente que no han alcanzado perfecta victoria de sí mismos, sino que todavía siente en si alguna contradicción, que es la que causa la pena y tristeza, cuando se ofrece la ocasión de la humillación y desestima, y lo que hace que aunque la lleve con paciencia, no la lleve con alegría, porque todavía no tiene acabadas de vencer las pasiones.
Pero la segunda humildad no está con pena ni dolor alguno, antes con mucha alegría se está uno en aquella confusión y vergüenza delante del Señor, y en aquella desestima y desprecio de sí mismo, como quien no tiene ya quien le haga resistencia, por haber vencido y sujetado las pasiones y vicios contrarios, y alcanzado por perfecta victoria de si mismo.
Los de la primera humildad, se turban y mudan con las adversidades y prosperidades y diversos sucesos de esta vida, pero los que tienen la segunda humildad, ni las cosas adversas les turban ni las propicias les desvanecen ni engríen, ni causan en ellos vano contentamientos, sino que permanecen en un ser, y gozan de gran paz y tranquilidad, como gente que ha alcanzado la perfección y es superior a todos esos sucesos. Esta es la perfección de humildad hemos de procurar llegar. Y no se nos haga imposible, porque con la gracia de Dios, dice San Agustín no solamente lo Santos, sino al Señor de los Santos podemos imitar, si queremos, porque el mismo Señor dice que aprendamos de Él (Mat 1,29) Aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón.