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domingo, 29 de septiembre de 2013

Como los buenos y los santos pueden con verdad tenerse en menos que todos

Como los buenos y los santos pueden con verdad tenerse en menos que todos, y decir que son los mayores pecadores del mundo.
Es de mucho provecho declarar como los buenos y los santos pueden con verdad tenerse en menos que todos y decir que son los mayores pecadores del mundo, pues decimos que hemos de procurar llegar aquí. Algunos santos no quieren contestar a esta pregunta, sino se contentan con sentirlo ellos en su corazón.
A la pregunta ¿Cómo los santos se tienen por pecadores y saben que guardan los mandamientos de Dios? Responde San Agustín: es que poniendo uno los ojos en los defectos que él conoce en sí, y considerando en su prójimo los dones ocultos que tiene o puede tener de Dios, puede cada uno con verdad decir de sí que es más vil y mayor pecador que todos, porque mis defectos los sé yo y no se los dones ocultos que el otro tiene de Dios.
El que es humilde de verdad y de corazón, considera en los otros las virtudes y lo bueno que tienen, y en si sus defectos, y anda tan ocupado en el conocimiento y remedio de ellos que no levanta los ojos a mirar las faltas ajenas, y así tiene a todos por buenos y a él por malo. Mientras más santo es uno, más fácil le es esto, porque así como va creciendo en las demás virtudes, va también creciendo en humildad y conocimiento propio, y mayor desprecio de sí mismo. Y mientras más luz y conocimiento tiene de la bondad y majestad de Dios, más profundo es el conocimiento que tiene de su miseria y de su nada.
Y si nosotros nos tenemos en algo, es porque tenemos poco conocimiento de Dios y poca luz del Cielo. Ama Dios tanto la humildad, y le agrada tanto que se tenga uno en poco a sí mismo, y se conserve en eso, que muchas veces disfraza sus dones y los comunica tan secretamente que el mismo que los recibe no lo entiende, y piensa que no tiene nada. Dice San Bernardo: Para conservar la humildad, suele la divina Bondad disponer las cosas de tal manera, que cuanto uno va aprovechando más, tanto menos piensa que aprovecha, y cuando ha llegado al último grado de la virtud, permite que tenga alguna imperfección en lo primero, para que piense que aún no ha alcanzado aquel. Dice San Gregorio: Siendo a todos manifiestas estas virtudes ellos solos no las ven. De Moisés cuenta la Sagrada Escritura (Exod 34,29) que cuando salió de hablar con Dios traía un gran resplandor en su rostro y lo veían los hijos de Israel, y el no; así el humilde no ve en él ninguna virtud, todo lo que ve le parece que son faltas e imperfecciones, y cree que la menor parte de sus males es la que él conoce y que son muchas más las que ignora. Por eso le es fácil tenerse en menos que todos y por el mayor pecador de cuantos hay en el mundo.
Los caminos de Dios son muchos y diversos, a unos los lleva por el camino de encubrir sus dones, que ellos mismos no los vean ni piensen que los tienen, a otros se los manifiesta y hace que los conozcan para que los estimen y agradezcan. San Pablo (1Cor 2,12) Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios para que conozcamos los dones que de Dios recibimos. Y nuestra Madre bien conocía y reconocía las mercedes y dones que tenia (Lc 1,46) Magnifica y engrandece mi alma al Señor porque ha obrado en Mi grandes cosas el que es todopoderoso. Hay sin embargo un gran peligro y engaño que nos advierte los Santos y es que algunos piensan de sí que tienen más dones de Dios de los que tienen. (Apocalipsis 3, 17) Porque dice: Yo soy rico, me he enriquecido y no tengo necesidad de nada; y no sabes que tu eres desgraciado, digno de lastima, pobre, ciego y desnudo. En el mismo engaño estaba aquel fariseo del Evangelio el cual daba gracias a Dios porque no era él como los otros hombres. Algunas veces nos entra esta soberbia tan oculta y secretamente, que casi sin sentirlo ni entenderlo estamos muy llenos de nosotros mismos y de nuestra propia estimación. Por eso es gran remedio tener siempre los ojos abiertos para ver las virtudes ajenas y cerrados para ver las suyas propias, y así vivir siempre con un santo temor de Dios, con el cual están más seguros y guardados los dones de Dios.
Se pregunta uno ¿Cómo estos Santos varones espirituales, que conocen y ven en si grandes dones, que han recibido de Dios, pueden con verdad tenerse en menos que todos, y decir de sí que son los mayores pecadores del mundo?
San francisco de Asís nos dice: Entiendo y creo que si Dios levantase su mano de mí, y no me tuviese, cometería los mayores males que todos los hombres, y sería el peor de todos ellos. Por eso dice que es el mayor pecador y más ingrato de todos los hombres.
Este conocimiento y consideración es la que hacía a los Santos, hundirse debajo de la tierra, y ponerse a los pies de todos, y tenerse con verdad por los mayores pecadores del mundo, porque tienen plantada y arraigada en su corazón la raíz de la humildad, que es el conocimiento de su propia flaqueza y miseria, y sabían penetrar y ponderar muy bien los que ellos eran y tenían de si, y eso los hacía creer que si Dios los dejara de su mano y no los estuviera siempre teniendo, fueran los mayores pecadores del mundo y así se tenían por tales. Y los dones y beneficios que habían recibido de Dios, los miraban ellos, no como cosa suya sino como cosa ajena y prestada.

domingo, 22 de septiembre de 2013

En que consiste el tercer grado de humildad


En qué consiste el tercer grado de humildad
Este grado de humildad, dicen los santos que consiste en saber distinguir entre el oro que nos viene de Dios, de sus dones y beneficios y entre el lodo y miseria que somos nosotros, y  dar a cada uno lo que le pertenece: atribuir a Dios lo que es de Dios y a nosotros lo que es nuestro, y que todo esto está el punto de este negocio. De manera que no consiste la humildad en conocer reflexivamente que de nosotros no podemos ni valemos nada, y que todo el bien nos ha de venir de Dios, y que El es el que obra en nosotros el querer y el comenzar y el acabar por su libre y buena voluntad (Filip 2, 13) (1 Cor 2,12) Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que hemos recibido.
Sentir y reconocer uno los dones que ha recibido de Dios como ajenos y como recibidos y dados de la liberalidad y misericordia de Dios es particular don y merced suya. (1Cor 4,7) A ver ¿Quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿A que tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Todo cuanto bien tenemos es recibido y ajeno  nosotros no tenemos bien ninguno.
Esta es la humildad de los santos, que con estar enriquecidos de dones y gracias de Dios, y haberles El levantado a la cumbre de la perfección, a gran honra y estimación del mundo, con todo eso se tenían ellos por tan viles en sus ojos, y se quedaba su alma tan entera en su bajeza y humildad como si no tuvieran nada de aquellos dones. No se les pegaba ninguna vanidad en su corazón, ni cosa alguna de aquella honra y estima en que el mundo los tenia, porque sabían bien distinguir entre lo que era ajeno, y lo que era suyo propio, y así todos los dones, honra y estimación lo miraban cosa ajena y recibida de Dios, y a Él le daban y atribuían toda gloria y alabanza de ello, quedándose ellos enteros en su bajeza, mirando que de si no tenían nada, ni podían bien alguno.
Dice San Bernardo: No es mucho humillarse uno en la pobreza y abatimiento, porque eso de suyo ayuda a conocerse y tenerse en lo que es, pero que sea uno lanzado y estimado de todos, y tenido por Santo varón admirable, y se quede el tan entero en la verdad de su bajeza y de su nada como si no hubiera nada de aquello en él, esa es rara y excelente virtud y cosa de gran perfección.
En estos dice San Bernardo conforme al mandamiento del Señor (Mt 5,16) Su luz luce y resplandece delante de los hombres para glorificar no a si mismo sino a su Padre que está los cielos. Estos son los verdaderos imitadores del Apóstol Pablo y de los predicadores evangélicos que no se predican a sí mismos, sino a Jesucristo. Estos son buenos y fieles siervos, que no buscan sus comodidades, ni se alzan con cosa alguna, ni se atribuyen nada así, sino todo lo atribuyen fielmente a Dios y a El dan la gloria de todo.
Hemos de considerar que no obremos y tengamos parte en las buenas obras que hacemos, que eso sería ignorancia y error. Claro está que nosotros y nuestro libre albedrio concurre y obra juntamente con Dios en las buenas obras, porque libremente da el consentimiento en ellas, y por eso obra el hombre, y en su mano está no obrar. Es lo que hace tan dificultoso este grado de humildad, porque por una parte tenemos que poner todos los medios que podamos para alcanzar la virtud, y para resistir la tentación, y para que el negocio suceda bien, como si ellos solos bastasen para ello; y por otra parte después de hecho eso, hemos de desconfiar de todo ello, como si no hubiéramos hecho nada, y tenernos por siervos inútiles y sin provecho, y poner toda nuestra confianza en Dios, como nos enseña El en (Lc 17,10) Cuando hayáis hecho todo lo que os he mandado decid: somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer. San Pablo (1Cor 4, 7) ¿Qué tienes que no hayas recibido?
San Agustín dice que nosotros sin la gracia de Dios no somos otra cosa sino lo que es un cuerpo sin alma. Así como un cuerpo muerto no se puede mover ni menear, así nosotros sin la gracia de Dios no podemos obrar obras de vida y valor delante de Dios. Y en otra parte dice que así como los ojos corporales, aunque estén muy sanos, si no son ayudados por la luz no podemos ver, así el hombre aunque sea muy justificado, si no es ayudado de la luz y gracia divina, no pueden vivir bien.
En esto consiste el tercer grado de humildad, que no llegan nuestras cortas palabras a acabar de declarar la profundidad y perfección que hay en él, porque no solo la practica sino también la teórica de él es dificultosa. Esta es la aniquilación de sí mismos, tan encomendada por los maestros de la vida espiritual, es tenerse y confiarse por indigno e inútil para todas las cosas, este tercer grado está en aquella desconfianza de sí mismos, y aquel estar colgados y pendientes de Dios. Este es el verdadero tenerse en nada, que a cada paso oímos y decimos, y que todo bien que tenemos y obramos no es nuestro sino de Dios, suya es la honra y gloria de todo.