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domingo, 22 de septiembre de 2013

En que consiste el tercer grado de humildad


En qué consiste el tercer grado de humildad
Este grado de humildad, dicen los santos que consiste en saber distinguir entre el oro que nos viene de Dios, de sus dones y beneficios y entre el lodo y miseria que somos nosotros, y  dar a cada uno lo que le pertenece: atribuir a Dios lo que es de Dios y a nosotros lo que es nuestro, y que todo esto está el punto de este negocio. De manera que no consiste la humildad en conocer reflexivamente que de nosotros no podemos ni valemos nada, y que todo el bien nos ha de venir de Dios, y que El es el que obra en nosotros el querer y el comenzar y el acabar por su libre y buena voluntad (Filip 2, 13) (1 Cor 2,12) Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que hemos recibido.
Sentir y reconocer uno los dones que ha recibido de Dios como ajenos y como recibidos y dados de la liberalidad y misericordia de Dios es particular don y merced suya. (1Cor 4,7) A ver ¿Quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿A que tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Todo cuanto bien tenemos es recibido y ajeno  nosotros no tenemos bien ninguno.
Esta es la humildad de los santos, que con estar enriquecidos de dones y gracias de Dios, y haberles El levantado a la cumbre de la perfección, a gran honra y estimación del mundo, con todo eso se tenían ellos por tan viles en sus ojos, y se quedaba su alma tan entera en su bajeza y humildad como si no tuvieran nada de aquellos dones. No se les pegaba ninguna vanidad en su corazón, ni cosa alguna de aquella honra y estima en que el mundo los tenia, porque sabían bien distinguir entre lo que era ajeno, y lo que era suyo propio, y así todos los dones, honra y estimación lo miraban cosa ajena y recibida de Dios, y a Él le daban y atribuían toda gloria y alabanza de ello, quedándose ellos enteros en su bajeza, mirando que de si no tenían nada, ni podían bien alguno.
Dice San Bernardo: No es mucho humillarse uno en la pobreza y abatimiento, porque eso de suyo ayuda a conocerse y tenerse en lo que es, pero que sea uno lanzado y estimado de todos, y tenido por Santo varón admirable, y se quede el tan entero en la verdad de su bajeza y de su nada como si no hubiera nada de aquello en él, esa es rara y excelente virtud y cosa de gran perfección.
En estos dice San Bernardo conforme al mandamiento del Señor (Mt 5,16) Su luz luce y resplandece delante de los hombres para glorificar no a si mismo sino a su Padre que está los cielos. Estos son los verdaderos imitadores del Apóstol Pablo y de los predicadores evangélicos que no se predican a sí mismos, sino a Jesucristo. Estos son buenos y fieles siervos, que no buscan sus comodidades, ni se alzan con cosa alguna, ni se atribuyen nada así, sino todo lo atribuyen fielmente a Dios y a El dan la gloria de todo.
Hemos de considerar que no obremos y tengamos parte en las buenas obras que hacemos, que eso sería ignorancia y error. Claro está que nosotros y nuestro libre albedrio concurre y obra juntamente con Dios en las buenas obras, porque libremente da el consentimiento en ellas, y por eso obra el hombre, y en su mano está no obrar. Es lo que hace tan dificultoso este grado de humildad, porque por una parte tenemos que poner todos los medios que podamos para alcanzar la virtud, y para resistir la tentación, y para que el negocio suceda bien, como si ellos solos bastasen para ello; y por otra parte después de hecho eso, hemos de desconfiar de todo ello, como si no hubiéramos hecho nada, y tenernos por siervos inútiles y sin provecho, y poner toda nuestra confianza en Dios, como nos enseña El en (Lc 17,10) Cuando hayáis hecho todo lo que os he mandado decid: somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer. San Pablo (1Cor 4, 7) ¿Qué tienes que no hayas recibido?
San Agustín dice que nosotros sin la gracia de Dios no somos otra cosa sino lo que es un cuerpo sin alma. Así como un cuerpo muerto no se puede mover ni menear, así nosotros sin la gracia de Dios no podemos obrar obras de vida y valor delante de Dios. Y en otra parte dice que así como los ojos corporales, aunque estén muy sanos, si no son ayudados por la luz no podemos ver, así el hombre aunque sea muy justificado, si no es ayudado de la luz y gracia divina, no pueden vivir bien.
En esto consiste el tercer grado de humildad, que no llegan nuestras cortas palabras a acabar de declarar la profundidad y perfección que hay en él, porque no solo la practica sino también la teórica de él es dificultosa. Esta es la aniquilación de sí mismos, tan encomendada por los maestros de la vida espiritual, es tenerse y confiarse por indigno e inútil para todas las cosas, este tercer grado está en aquella desconfianza de sí mismos, y aquel estar colgados y pendientes de Dios. Este es el verdadero tenerse en nada, que a cada paso oímos y decimos, y que todo bien que tenemos y obramos no es nuestro sino de Dios, suya es la honra y gloria de todo.