sábado, 7 de septiembre de 2013

como nos hemos de ejercitar en la oracion en este segundo grado de humildad

Como nos hemos de ejercitar en la oración en este segundo grado de humildad
San Ignacio pone la siguiente regla: que así como los mundanos aman y desean con tanta diligencia honras, fama y estimación de mucho nombre en la tierra; así los que van en espíritu y siguen de veras a Cristo, aman y desean intensamente todo lo contrario, deseando pasar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser tenidos por locos, no dando ellos ocasión alguna de ello, por desear parecer e imitar en alguna manera a Cristo.
Dios quiere hombres verdaderamente deshechos de sí y que estén muertos del todo al mundo. Como es dificultoso llegar a este punto, es importante que el cristiano aspire tener deseos de llegar a este estado, y esté dispuesto a llevarlo con paciencia cuando se le ofrezca semejantes ocasiones. Es bueno que el cristiano tenga disposición para aprender y aprovechar. La Iglesia es escuela de virtud y perfección, entremos con ese deseo, y con la gracia del Señor lo conseguiremos.
Si no sentimos deseos de ser despreciados y tenidos en poco, pero deseamos tenerlos: comencemos a ejercitarnos en la oración en esta virtud de la humildad, digamos con el profeta (sal 118,20) Mi alma se consume, deseando continuamente tus mandamientos. Mucho querría, Señor, llegar siquiera a tener esos deseos, deseo desearlo. Insistamos y perseveremos en la oración y pidamos al Señor que nos ablande el corazón, porque agrada mucho al Señor esos deseos y los oye Él de muy buena gana, pues dice el profeta El deseo de los pobres oyó el Señor, la preocupación de su corazón oyó, Señor, tu oído. Enseguida nos dará el Señor un deseo de padecer algo por su amor y de hacer alguna penitencia por nuestros pecados, cuando nos lo dé ¿en qué podemos emplear mejor ese deseo de padecer? ¿Y en qué podemos hacer mayor penitencia que en ser despreciado y tenido en poco por su amor en recompensa de nuestros pecados?
Y cuando el Señor nos haga esa merced, que sintamos en nosotros esos deseos de ser despreciado y tenido en poco, por parecer e imitar a Cristo, no hemos de pensar que hemos alcanzado ya la virtud de la humildad sino que hemos de comenzar de nuevo a plantear y asentar en nuestra alma la virtud. Y detenernos en esos deseos muy despacio y ejercitarnos mucho tiempo en ellos, en la oración, hasta que lleguen a ser tales y tan eficaces que se extiendan en obras.
Cuando lleguemos a esto, que nos parece que llevamos bien las ocasiones que se nos ofrecen, en la misma obra hay muchos grados y escalones que subir para llegar a la perfección de la humildad. Porque lo primero es que nos ejercitemos en llevar con paciencia todas las ocasiones que se nos ofrecen, que tocan a nuestro desprecio y desestima. Después hemos de pasar adelante, y no parar ni descansar hasta que nos alegremos en el desprecio y afrenta y sintamos en eso tanto contento y gusto como los mundanos en cuantas honras, riquezas y placeres hay en el mundo conforme a aquello del profeta (Sal 118,14) Mi alegría, es el camino de tus precepto, más que todas las riquezas. Tomemos esto por señal para ver si deseamos de veras ser tenido en poco y si vamos creciendo en la virtud de la humildad. Y lo mismo en las demás virtudes.
Para que no aprovechemos más en este medio de la oración, y con él se nos vaya imprimiendo más en el corazón la virtud, hemos de ir en ella descendiendo en casos particulares y dificultosos que se nos puede ofrecer, hasta que ninguna cosa se nos ponga  delante, sino que todo quede allanado, para que de esa manera se va desarraigando el vicio, y la virtud embebiendo y entrañando en el corazón y perfeccionándose más.

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