viernes, 22 de marzo de 2013

La necesidad de humildad los que profesan ayudar a la salvacion de los projimos

De la necesidad de humildad los que profesan ayudar a la salvación de los prójimos


Por el bautismo todo cristiano participa de la triple misión de Jesús: real, sacerdotal y profética.
La primera, lo compromete a la transformación del mundo según el proyecto de Dios.
La segunda, se ofrece y ofrece toda la creación al Padre con Cristo y guiado por el Espíritu Santo.
Como profeta anuncia el plan de Dios sobre la humanidad y denuncia todo lo que se opone a Él.
Todos los cristianos bautizados, estamos llamados a ayudar a la salvación del prójimo, por eso tenemos más necesidad de la virtud de la humildad. ¡Oh cuantos se han desvanecido y caído, por faltarles este fundamento de humildad! ¡Cuantos que parecía que como águilas iban levantados en el ejercicio de las virtudes, por soberbia quedaron hechos murciélagos!
Tenemos particular necesidad de estar muy fundados en esta virtud de la humildad, porque si no, estamos en peligro de desvanecernos y caer en pecado de soberbia, y en la mayor que hay, que es la soberbia espiritual.
San Buenaventura dice que hay dos maneras de soberbia: una de las cosas temporales y se llama soberbia carnal; la otra de las cosas espirituales y se llama soberbia espiritual, y esta dice que es mayor soberbia y mayor pecado que la primera, la razón es clara porque el soberbio dice san Buenaventura, es ladrón, comete hurto, porque se alza con lo ajeno, contra la voluntad de su dueño: Se alza con la gloria y honra que es propia de Dios, y que no la quiere dar a otro, sino reservarla para sí. “Mi gloria no la daré a otro” dice Él por Isaías (42,8)
El soberbio quiere hurtar la gloria, y alzarse con  ella, y atribuírsela. Pues cuando uno se ensoberbece de un bien natural, de la nobleza, de una buena disposición del cuerpo, del buen entendimiento, de las letras, u otras habilidades semejantes, ladrón es, pero no es tan grande el hurto, porque aunque es verdad que todos esos bienes son de Dios, pero son los salvados de su casa; sin embargo el que se ensoberbece de los dones espirituales de gracia, de la santidad, del fruto que hace en las almas, ese es gran ladrón, robador de la honra de Dios, ladrón famoso que hurta las joyas más ricas y de mayor precio y valor delante de Dios, que las estimó Él en tanto, que por ellas dio por bien empleada su sangre y vida.
San Francisco de Asís andaba con gran temor de caer en esta soberbia y decía a Dios, si algo me das, guardadlo vos, que yo no me atrevo, porque soy un gran ladrón, que me alzo con vuestra hacienda. No se nos pegue nada, ni nos atribuyamos a nosotros cosa alguna; volvámoselo todo a Dios.
Cristo, cuando se apareció a sus discípulos el día de la Ascensión, primero les reprendió de su incredulidad y dureza de corazón, (Mc 16,14) y después les mando ir a predicar el evangelio por todo el mundo, y les dio poder para hacer muchos y grandes milagros, dándonos a entender, que quien ha de ser levantado a grandes cosas, primero es menester que sea humillado y se abata a sí mismo y tenga conocimiento de sus propias flaquezas y miserias, para que aunque después vuele sobre los cielos y haga milagros, quede entero en su propio conocimiento, y asido a su propia bajeza, sin atribuirse así mismo otra cosa sino su indignidad.
La segunda razón por la cual tenemos necesidad de humildad es que no solo nos es necesaria  la humildad para nosotros,  para nuestro aprovechamiento, para que no nos desvanezcamos y ensoberbezcamos, y nos perdamos sino también para ganar a nuestros prójimos y hacer fruto en sus almas. Uno de los principales y más eficaces medios para esto es la humildad, que desconfiemos de nosotros mismos y no confiemos en nuestras fuerzas, industria y prudencia, sino que pongamos toda nuestra confianza en Dios y a Él lo refiramos y atribuyamos todo, conforme aquello del sabio (prov 3,5) “ten confianza en Dios de todo corazón y no estribes en tu prudencia.” La razón de todo esto es porque cuando desconfiamos de nosotros ponemos toda nuestra confianza en Dios, se lo atribuimos todo a Él, y le hacemos cargo de todo, le obligamos a que Él tome la mano en ello, Señor haced vuestro negocio, la conversión de las almas es vuestro negocio y no nuestro. Pero cuando vamos confiados en nuestros medios y en nuestras razones hacemos parte en el negocio, atribuyendo mucho a nosotros mismos, y todo eso se los quitamos a Dios. Son como las dos balanzas, que cuanto sube la una, baja la otra, cuanto atribuimos a nosotros, quitamos a Dios, y nos queremos alzar con la gloria y honra que es suya, y así permite Él que no se haga nada.
De San Ignacio leemos en su vida, que con unas platicas de doctrina cristiana que hacía en Roma, llanas y con palabras toscas e impropias, porque no sabía bien la lengua italiana, hacia tan grandes frutos en las almas, que acabando la plática venían los oyentes, heridos los corazones de dolor, gimiendo y sollozando a los pies del confesor. Porque no ponía su fuerza en las palabras, sino en el espíritu, como dice San Pablo (1 Cor 2,4) “No en retorica de humana sabiduría, sino en la manifestación del espíritu y virtud de Dios.” Iba desconfiado de si, y ponía su confianza en Dios, y así Él daba tanta fuerza y espíritu a aquellas palabras toscas e impropias, que parecía que arrojaba unas como llamas encendidas en los corazones de los oyentes.
Además de preparar bien lo que se ha de decir a las almas, es menester que vaya también muy bien llorado y muy encomendado a Dios, y después digamos (Lc 17,10) “siervos somos sin provecho, lo que estábamos obligados hacer, hicimos.” ¿Qué puedo hacer? Cuando mucho, un poco de ruido con mis palabras, pero el golpe en el corazón, vos Señor, sois el que le habéis de dar. Vos Señor sois el que habéis de herir y mover los corazones. ¿Qué parte somos nosotros para eso? ¿De cuantos medios humanos podemos nosotros poner, para un fin tan alto y sobrenatural como convertir almas? Ninguna. Pues ¿Por qué quedamos tan ufanos y tan contentos de nosotros mismos, cuando nos parece que se saca fruto, y que nos suceden bien los negocios, como si nosotros los hubiéramos acabado? Dice Dios por Isaías (10,15) “ha de gloriarse el hacha o la sierra, contra el que obra con ella diciendo: ¿yo soy el que ha cortado yo soy la que ha aserrado el madero?, eso es como si el báculo se alzase y engriese, porque le levantan siendo un leño que no puede menear si no le menean.” Pues de esa manera somos nosotros respecto del fin espiritual y sobrenatural de la conversión de las almas. Somos como unos leños que no nos podemos mover ni menear si Dios no nos menea. Y así, todo se lo debemos atribuir a Él, y no tenemos que gloriarnos.
Estima Dios tanto que no nos estribemos en nuestras fuerzas y medios humanos, y que no nos atribuyamos nada a nosotros, sino que todo se lo atribuyamos a Él, y a él demos la gloria de todo, por eso dice San Pablo (1 Cor1, 27-31) que Cristo para la predicación de su Evangelio y convertir al mundo, no quiso escoger letrados, ni hombres elocuentes, sino unos pobres pescadores, idiotas y sin letras. “escogió Dios ignorantes e idiotas para confundir a los sabios del mundo; escogió pobres y flacos, para confundir a los fuertes y poderosos, escogió a los bajos y abatidos en el mundo y que parecen no eran nada en él, para derribar reyes y emperadores y todos los grandes de la tierra.” ¿Sabéis por qué? Dice San Pablo: “Para que no se gloríe el hombre delante de Dios ni tenga ocasión de atribuirse nada a si, sino que el que se gloría, gloríese en el Señor” Todo lo atribuya a Dios y a Él de gloria de todo.
Dice San Pablo (1 Cor 1,17): “No quiso Dios que fuese con sabiduría y elocuencia de palabras, para que no se menoscabe la estima de la virtud y eficacia de la cruz y pasión de Cristo.”
Llena esta la Sagrada Escritura de ejemplos en que escogió Dios, instrumentos y medios flacos para hacer grandes cosas,  para enseñarnos esta verdad, y que quedase muy fijo en nuestros corazones que no tenemos de qué gloriarnos, ni que atribuir nada a nosotros, sino todo a Dios.
Eso nos quiso decir aquella insigne victoria de Judith, una mujer flaca contra un ejército de más de ciento cuarenta mil hombres.
Eso nos dice lo de un pastorcito David, que muchacho y sin armas, con una honda, derribo al gigante Goliat.
Este fue también el misterio de Gedeón, el cual había juntado treinta y dos mil hombres contra los madianitas, que eran más de ciento treinta mil, le dice Dios: “Gedeón mucha gente tienes, con tanta gente no podrás vencer.” Mirad qué razón da Dios “No podrás vencer porque sois muchos” si dijera “No podréis vencer porque ellos son muchos y vosotros pocos” parece que llevaría camino. Os engañáis, no lo entendéis eso sería razón de los hombres, pero otra es la razón de Dios: “No podréis  vencer porque sois muchos” ¿por qué?  Para que no se gloríe contra Mi Israel y diga: Con mis fuerzas y mi brazo me he librado, y se alce la victoria y quede muy ufano, pensando que con sus fuerzas ha vencido. Le dice Dios a Gedeón que solo se quede con trescientos, y con esos lo manda que presente batalla al enemigo, y con ellos le dio la victoria. Y aún no fue menester que se pusiesen en armas, ni que echasen mano a las  espadas, sino solo con el sonido de las trompetas que llevaban en la mano y con el ruido de quebrar los cántaros y el resplandor de las hachas encendidas, que llevaban en la otra mano, causó Dios tanto terror y espanto en los enemigos, que unos a otros se atropellaban y se mataban, huyendo, pensando que venía todo el mundo sobre ellos. Ahora no diréis que por vuestras fuerzas habéis vencido. Eso es lo que pretende Dios.
Pues si en las cosas temporales y humanas, en las cuales nuestros medios tienen alguna proporción con el fin, y nuestras fuerzas con la victoria, no quiere Dios que nos atribuyamos a nosotros cosa alguna, sino que la victoria de la batalla y el buen suceso de los negocios, todo se le atribuya a Él, si aún en las cosas naturales ni el que planta, ni el que riega es algo; no es el hortelano el que hace crecer las plantas y dar fruto a los árboles, sino Dios; ¿Qué será en las cosas espirituales y sobrenaturales de la conversión de las almas, y de su aprovechamiento y crecimiento en virtud, donde nuestros medios, fuerzas quedan tan cortas y tan atrás, que ninguna proporción tienen con tan alto fin?
Dice San Pablo (1Cor 3,7) “Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios solo es el que puede dar crecimiento y fruto espiritual.” Dios solo puede hacer que los hombres aborrezcan los pecados y dejen la mala vida, nosotros solamente podemos hacer un poco de ruido con la trompeta de su evangelio, y si quebrantamos los cántaros de nuestros cuerpos con la mortificación para que nuestra luz resplandezca delante de los hombres con la vida muy ejemplar, no hacemos poco, con eso Dios dará la victoria.

Saquemos de aquí dos cosas que nos ayudaran: la primera que desconfiemos de nosotros, y pongamos toda nuestra confianza en Dios, y todo el fruto y buen suceso de los negocios se lo atribuyamos a Él, dice San Pedro  (1 Pedro 4,11) “El que habla tenga en cuenta que Dios puso aquellas palabras en su boca; el que obra, tenga en cuenta que Dios es el que obra por él, y dele a él la gloria y honra de todo.”
La segunda cosa que hemos de sacar es no desanimarnos ni desconfiar viendo nuestra poquedad y miseria. No podía creer Moisés que él había de hacer una obra tan grande como era sacar al pueblo de Israel del cautiverio de Egipto, y se excusaba con Dios que le enviaba a eso: (Ex 3, 11) “¿Quién soy yo para ir a tratar con el faraón, y hacer que deje salir al pueblo de Israel de Egipto?” (Ex 4, 13) “Enviad Señor a quien habéis de enviar” que yo no soy para eso, que soy tartamudo. Eso es lo que yo he menester, dice Dios: que no lo has de hacer tú; yo seré contigo, y te enseñaré lo que has de hablar.”

Lo mismo le aconteció a Jeremías, le enviaba Dios a predicar a las gentes y comienza a excusarse (Jeremías 1,6) “¿No veis Señor que no acierto hablar, que soy niño?” ¿Como me queréis enviar a una empresa tan grande? Dios escoge gente humilde, gente que no se atribuye nada a sí, y por ellos quiere hacer cosas grandes.
Cuentan los sagrados evangelistas (Lc10, 21; Mt11, 25) que viniendo de predicar lo apóstoles, viendo los frutos y maravillas que habían hecho, se regocijo el Señor en el Espíritu Santo y comenzó a glorificar y dar gracias al Padre Eterno “Gracias te doy Padre Eterno, Señor del Cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas a los sabios y prudentes del mundo, y se las revelaste y comunicaste a los pequeñuelos, bendito y alabado seáis, Señor, para siempre, porque os ha gustado hacerlo así.” Oh dichosos los pequeñuelos, dichosos los humildes, los que no se atribuyen nada a sí, porque esos son los que levanta Dios, esos son por quien hace maravillas, a esos toma él por instrumento para hacer grandes cosas, grandes conversiones y grande fruto en las almas.
Por eso nadie desconfíe, nadie se desanime (Lc 2,31) “No quieras temer, manada pequeña porque se compadeció mi Padre de daros el reino” no desmayéis ni te desanimes.

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