Los Santos y maestros de la vida espiritual nos enseñan que de tal manera hemos de escudriñar y ahondar en el conocimiento propio de nuestras miserias y flaquezas, que no nos paremos ahí, para que no caiga el alma en desconfianza y desesperación, viendo en si tanta miseria y tanta inconstancia en lo buenos propósitos, sino que pasemos al conocimiento de la bondad de Dios y pongamos en Él toda nuestra confianza.
Dice San Pablo que la tristeza por haber pecado no ha de ser tanta que cause decaimiento y desesperación (2Cor 2,7) de modo que más vale que lo perdonéis y animéis, no sea que se hunda en una tristeza excesiva. Sino ha de ser una tristeza templada y mezclada con la esperanza del perdón, poniendo los ojos en la misericordia de Dios, y no parando en la sola consideración del pecado y de su fealdad y gravedad, así dicen que no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, para que no desmayemos y desconfiemos, sino que hemos de escudriñar y ahondar en nuestro propio conocimiento para con eso desconfiar de nosotros, viendo que de parte nuestra no podemos nada, y poner luego los ojos en Dios y confiar en Él; y de esa manera, no quedaremos desmayados, sino más animados y esforzados. Y mientras más conozcamos nuestra flaqueza, y más desconfiemos de nosotros mismos, mirando a Dios y poniendo en Él nuestra confianza, quedaremos más fuertes y más esforzados en todo.
Sin embargo advierten los Santos, así como no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas para que no caigamos en desconfianza y desesperación, y poner en Él toda nuestra confianza; así tampoco hemos de parar ahí, sino tornar luego a poner los ojos en nosotros mismos y en nuestra flaqueza y miseria. Porque si paramos en el conocimiento de la bondad, misericordia y liberalidad de Dios, y nos olvidamos de lo que somos nosotros, hay un peligro muy grande de caer en presunción y soberbia, porque vendríamos a asegurarnos demasiado de nosotros mismos, y andar muy confiados, y no tan recatados y temerosos como es menester, que es un gran despeñadero, raíz y principio de grandes y temerosas caídas.
San Basilio dice que la causa de aquella miserable caída del rey David en el adulterio y homicidio fue una presunción que tuvo una vez que fue visitado de la mano de Dios con abundancia de mucha consolación, y se atrevió a decir (Sal 29,7) No seré ya mudado de este estado para siempre. Alzara Dios un tanto la mano, cesarán esos favores y regalos extraordinarios y veréis lo que pasa. Apartasteis Señor un poco vuestro rostro de mí y luego quede turbado. Os dejará Dios en vuestra pobreza, y haréis de las vuestras, y conoceréis por vuestro mal, después de caído, lo que no quisisteis conocer cuando eras favorecido y visitado de Dios.
La causa de la caída y negación del Apóstol San Pedro dice San Basilio fué el haber presumido y confiado vanamente en si (Mt 26,33-35) Aunque sea menester morir contigo, no te negare; y aunque todos se escandalicen por tu causa, yo jamás me escandalizare. Porque dijo con arrogancia y presunción que aunque todos se escandalizasen, el no se escandalizaría, sino que antes moriría, por eso permitió Dios que cayese para que se humillase y se conociese. Nunca hemos de apartar los ojos de nosotros mismos, ni tenernos por seguro en esta vida, sino mirando lo que somos, andar siempre con gran temor de nosotros mismos y con gran recato y cuidado no nos haga alguna traición este enemigo que traemos con nosotros.
De manera que así como no hemos de parar en el conocimiento de nuestras miserias y flaquezas, sino pasar luego al conocimiento de la bondad de Dios, así tampoco hemos de parar en el conocimiento de Dios y de sus misericordias y favores, sino tornar luego a bajar los ojos a nosotros mismos. Esta es la escalera de Jacob que por una parte esta fija en la tierra de nuestro propio conocimiento, y por la otra llega a la cumbre del cielo. Por aquí hemos de subir y bajar, como bajaban y subían los ángeles del cielo por aquella. Subir al conocimiento de la bondad de Dios y no pararnos ahí para no caer en presunción, sino bajemos al conocimiento de uno mismo, y no paremos ahí, para no desmayar y desconfiar, sino subir al conocimiento de Dios para tener confianza en Él, todo ha de ser subir y bajar por esta escalera.
De esta manera usaba este ejercicio Santa Catalina de Sena para librarse de diversas tentaciones que el demonio le traía, cuando el demonio la tentaba por confusión, queriéndola hacer entender que toda su vida había sido un engaño, entonces ella se alzaba y levantaba en la misericordia de Dios con humildad, diciendo: Yo confieso a mi Creador que mi vida toda ha sido tinieblas, más yo me esconderé en las llagas de Jesucristo crucificado y me bañare en su sangre, y así habrá consumido mis maldades, y me gozaré en mi Creador y Señor.
Salmo (50,9) Me lavaras y seré emblanquecido más que la nieve. Y cuando el demonio la quería levantar por soberbia con la contraria tentación, diciendo: Tú eres perfecta y agradable a Dios, y no es menester que más te aflijas, ni que llores más tus defectos, entonces ella se humillaba diciendo: ¡Miserable de mi! San Juan Bautista no hizo jamás pecado y fue santificado en el vientre de su madre, y no por eso dejó de hacer penitencia, y yo he cometido tantos defectos, y nunca los he llorado ni conocido como debiera. Con esto el demonio, no pudiendo sufrir tanta humildad por una parte, ni tanta confianza en Dios por otra, la dijo: Maldita seas tú y quien te lo enseño, que no se por donde entrarte, que si yo te abato por confusión, tú te levantas en alto a la misericordia de Dios, y si yo te levanto, te abajas hasta el infierno por humildad, y dentro del mismo infierno me persigues.
Estas son las dos lecciones que el Santo (Kempis) dice da Dios cada día a sus escogidos, una de ver sus defectos y otra de ver la bondad de Dios que con tanto amor se los quita.

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