sábado, 6 de abril de 2013

Un medio para conocerse el hombre a si mismo y alcanzar humildad es la consideracion de sus pecados

Un medio para conocerse el hombre a si mismo y alcanzar humildad es la consideracion de sus pecados
Escudriñemos más en nuestro propio conocimiento ¿Hay más hondo que la nada? Sí, mucho más. ¿Qué? El pecado personal. Mucho más hondo es eso que la nada, porque peor es el pecado que él no ser, y mejor es no ser que haber pecado, dijo Cristo de Judas (Mt 26,24) Más le valdría no haber nacido.
No hay lugar tan bajo, ni tan apartado y despreciado en los ojos de Dios, entre todo lo que es y lo que no es; como el hombre que está en pecado mortal, desheredado del Cielo, enemigo de Dios, sentenciado al infierno para siempre. Y aunque ahora por la bondad del Señor, no tenemos conciencia de pecado mortal, pero así como para conocer nuestra nada nos acordamos del tiempo que no teníamos ser, así para conocer nuestra bajeza y miseria nos hemos de acordar del tiempo en que estábamos en pecado. Mirad en que miserable estado estamos cuando delante de los ojos de Dios, estamos feos, desagradables y enemigo suyo, hijo de la ira, obligado a los fuegos externos, y despreciados en el más profundo lugar que podamos imaginar, por mucho que nos despreciemos y humillemos, no podemos llegar al abismo del desprecio que merece el que ofendió al infinito bien que es Dios. No tiene fondo es un abismo infinito, porque hasta que veamos en el Cielo, cuan bueno es Dios, no podemos del todo conocer lo malo que es el pecado, y cuanto mal merece quien le comete.
Si anduviésemos en esta consideración y escudriñásemos en nuestros pecados y miserias, más humildes seriamos, nos tendríamos en poco y recibiríamos bien el ser despreciados y desestimados. Quien ha sido traidor a Dios, ¿Qué desprecios no abrazará por amor a Él? Quien se opone a Dios por un antojo y apetito suyo y por un deleite de un momento, quien ofendió a su Creador y Señor, merecía estar en los infiernos para siempre. ¿Qué deshonra, que injurias, que afrentas no recibirá de buena voluntad en recompensa y satisfacción de las ofensas que ha cometido contra la majestad de Dios?
¿No os paree que la voluntad que se atrevió a ofender a su Creador, merece de ahí en adelante jamás se haga cosa que ella pretenda y quiera en pena de su gran atrevimiento?
Dice San Pablo (1 Cor 4,4) No me remuerde la conciencia de pecado, más no por eso estoy justificado. ¡Y hay de mi  si no lo estoy que aunque convierta a otros poco me aprovechara. Dice el Apóstol 1Cir(13,1) Aunque hable con lenguas de Ángeles, aunque tenga el don de profecía y sepa todas las ciencias, y aunque convierta todo el mundo, si no tengo caridad nada soy y nada me aprovechará. ¡Ay de vos si no tenéis caridad y gracia de Dios, nada sois, y menos que nada! Gran medio es para andar uno humillado, y tenerse en poco, no saber si está en gracia o si está en pecado. Sé que ofendí a Dios, y no sé de cierto si estoy perdonado. ¿Quién se atreverá a levantar la cabeza? ¿Quien con esto no andará confundido y humillado debajo de la tierra?
Dice San Gregorio que nos escondió Dios la gracia, para que tengamos asegurada la gracia de la humildad. Aunque parece penoso este temor e incertidumbre en que Dios nos dejó, que no sepamos de cierto si estamos en su amistad o no, sin embargo merced y misericordia suya, porque es muy provechoso para alcanzar la humildad, para conservarla, para no despreciar a nadie por muchos pecados que haya hecho. Sirve de espuelas para bien obrar y no descuidarnos, sino andas siempre con temor y humildad delante de Dios, pidiéndole perdón y misericordia como aconseja en (Proverbios 28,14)  Bienaventurado el varón que siempre anda con temor. (Eclesiastés 5,5) No te asegures y vivas sin temor del pecado perdonado. Muy eficaz es esta consideración de los pecados para tenernos en poco y andar siempre humildes.
Si consideramos los efectos y daños que causó en nosotros el pecado original ¡hallaríamos abundante materia para humillarnos y tenernos en poco! Así por la corrupción del pecado original tenemos una vivísima inclinación a las cosas de nuestra carne, honra y provecho, estamos vivísimos a las cosas terrenales que nos tocan, y muertos para el gusto de las cosas espirituales y divinas, estamos tan miserables que debajo del cuerpo humano traemos escondidos apetitos de bestias y corazones encorvados hacia la tierra.Pues si nos ponemos a pensar en nuestras culpas presentes ¡Cuan fáciles somos en la lengua, descuidos en la guarda del corazón, inconstantes en los buenos propósito, amigos de nuestros propios intereses y regalos, cuan deseosos de cumplir nuestros apetitos, cuan llenos de amor propio, de propia voluntad y juicio, cuan vivas tenemos todavía nuestras pasiones, cuan enteras nuestras malas inclinaciones y cuan fácilmente nos dejamos llevar de ellas!
El hombre se vuelve y muda con el viento de las pasiones y tentaciones; unas veces le turba de la ira, otras la vana alegría, otras le lleva tras si el apetito de la avaricia y de la ambición, otras el de la lujuria unas veces se levanta la soberbia, otras le acobarda y abate el temor desordenado. Y así dijo también (Isaías 64,6) Caímos todos como hojas de árbol, y nuestras maldades nos arrebataron con vientos impetuosos. Como las hojas de los árboles son combatidas y caen con los vientos, así somos nosotros combatidos y derribados con las tentaciones, no tenemos estabilidad ni firmeza en la virtud ni en los buenos propósitos.
Bien tenemos de qué confundirnos y humillarnos, y no solamente mirando nuestros males y pecados, sino mirando a las obras que a nosotros nos parecen muy buenas, si bien las consideramos y examinamos, hallaremos ocasión y materia para humillarnos.

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