Que el propio conocimiento no causa desmayo, sino ánimo y fortaleza
El conocimiento de sí mismo no causa desmayo ni cobardía, antes da gran ánimo y fortaleza para todo lo bueno. La razón de todo esto es, porque cuando uno se conoce a si mismo ve que no tiene en que apoyarse, y desconfiando de sí mismo, pone toda su confianza en Dios, en el cual se halla fuerte y poderoso para todo. Estos son los que pueden emprender y acometer cosas grandes, porque como lo atribuyen todo a Dios y nada a sí, toma Dios la mano y hace suyo el negocio, y se encarga de él, y entonces quiere El hacer maravillas y cosas grandes por instrumentos y medios flacos para descubrir las riquezas de su gloria, en los vasos de su misericordia que son los escogidos. (Romanos 9,23)
Esto es lo que dijo el mismo Dios a San Pablo, cuando fatigado de sus tentaciones daba voces pidiendo le liberase de ellas, respondió Dios (2 Cor 12,9) Te basta mi gracia, por muchas tentaciones y flaquezas que sientas, porque entonces la virtud de Dios se muestra más perfecta y más fuerte, cuando es mayor la enfermedad y flaqueza.
San Agustín y San Ambrosio declaran: Cuando uno se conoce y desconfía de sí mismo, y pone toda su confianza en Dios, entonces acude y ayuda su Majestad, y por el contrario cuando uno va confiando de sí y de sus medios y diligencias es desamparado.
San Basilio dice que muchas veces, cuando nosotros deseamos y pensamos tener mejor oración y más devoción, tenemos menos, porque íbamos confiados en nuestros medios, y en nuestras diligencias y preparaciones, y otras veces cuando menos pensamos, somos prevenidos con grandes bendiciones de dulzura, para que entendamos que esa es gracia y misericordia del Señor, y no diligencia ni merecimiento nuestro.
De manera que el conocer uno su flaqueza y miseria no desmaya ni acobarda, antes anima y esfuerza más porque hace desconfiar de sí y poner toda la confianza en Dios. Así dice el Apóstol (2Cor 12,10) Cuando estoy enfermo entonces soy más poderoso, cuando me humillo entonces soy más ensalzado.
De aquí se entiende que no es humildad ni nacen de ella, unos desmayos y descaecimientos que nos suelen venir, unas veces cerca de nuestro aprovechamiento, pareciéndonos que nunca hemos de poder alcanzar la virtud, ni vencer la mala condición e inclinación que tenemos, otras, cerca de los oficios que nos pone o puede poner la obediencia. Parece esto humildad, pero muchas veces no lo es; antes nace de soberbia, porque pone uno, los ojos en sí, como si por sus fuerzas, o diligencias hubiera podido aquello, habiéndolos de poner en Dios, en el cual hemos de quedar muy esforzados y animados.

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