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domingo, 20 de octubre de 2013

La humildad no es contraria a la magnanimidad antes es fundamento y causa de ella

La humildad no es contraria a la magnanimidad antes es fundamento y causa de ella
La humildad y la magnanimidad son dos virtudes que parecen contrariarse entre sí, porque la magnanimidad es una grandeza de ánimo, para emprender y acometer cosas grandes y excelentes y que sean en si dignas de honra. Y lo uno y lo otro, parece contrario a la humildad, porque cuanto a lo primero, que es emprender cosas grandes, no parece que dice con ella, porque uno de los grados de humildad, es confesarse y tenerse por indigno e inútil para todas las cosas. Y emprender para lo que no es, parece soberbia y presunción. Y lo segundo, que es emprender cosas de honra, parece también contrario, porque el verdadero humilde ha de estar muy lejos de desear hora y estimación.
Responde Santo Tomas: ninguna virtud puede ser contraria a otra. Y en particular estas dos, humildad y magnanimidad, hallaremos que no solo no son contrarias, sino hermanas y depende una de la otra. Lo propio del magnánimo es emprender y acometer cosas grandes y eso no es contrario al humilde y solo él lo puede hacer bien. Si fiados en nuestras fuerzas y medios emprendiésemos cosas grandes, seria presunción y soberbia, porque ¿qué cosas grandes ni aún pequeñas podemos nosotros emprender fiados de nuestras fuerzas? Como dice San Pablo (2 Cor3, 5) No somos suficientes ni aún para tener un buen pensamiento. El fundamento firme de esta virtud de la magnanimidad para acometer y emprender cosas grandes, ha de ser desconfiar de nosotros mismos y de todos los medios humanos, y poner nuestra confianza en Dios, y eso hace la humildad, y por eso la llaman los Santos fundamento de todas las virtudes, porque abre zanjas, ahonda cimientos y echa fuera toda arena y tierra movediza de nuestras fuerzas hasta llegar a la piedra viva, que es Cristo y edificar sobre ella.
Toda nuestra virtud y fortaleza y todas nuestras buenas obras han de descansar en Cristo (1 Cor 15,10) Por la gracia de Dios soy el que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mi. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios  conmigo. Comienza el Apóstol a contar sus trabajos y lo mucho que había hecho en la predicación del Evangelio y en servicio de la Iglesia, hasta viene a decir que ha trabajado más que los demás Apóstoles, pero luego estriba en el Amado y en (filipenses 4.13) Todo lo puedo en Aquel que me conforta. En Dios todo lo podemos, con su gracia seremos poderosos para todo, en eso hemos de estribar y ese ha de ser fundamento de nuestra magnanimidad y grandeza de ánimo.
San León Papa El verdadero humilde es magnánimo, animoso, esforzado para cometer y emprender cosas grandes, ninguna cosa se le hace ardua ni dificultosa, porque no confía en sí, sino en Dios, y poniendo los ojos en Dios y estribando en El, nada se le pone delante. Salmo 59,14 Con Dios haremos proezas, Él pisoteara a nuestros enemigos. (Isaías 6,8) Me veis aquí, enviadme. Quería Dios enviar a predicar alguno a su pueblo, y como Él quiere obrar las cosas en nosotros con voluntad y consentimiento nuestro, dijo donde lo pudo oír Isaías ¿A quién enviare? ¿Quién querrá ir de buena gana? Respondió el profeta: Señor aquí estoy yo, si me quieres enviar El profeta no dijo: Señor yo iré y haré esto muy bien porque era humilde y conocía la flaqueza, y veía que era atrevimiento prometer de sí que haría una cosa tan grande y sobrepujaba todas sus fuerzas, por eso dice Señor aquí estoy, dispuesto para recibir lo que vos me quisieras dar, enviadme Vos que si me enviáis yo iré. Y Dios le dice, ve. Le mando ir porque supo responder con humildad porque no atribuyó así el ir, sino reconociendo su insuficiencia y flaqueza puso toda su confianza en Dios, creyendo que en Él todo lo podrá. Esta ha de ser nuestra fortaleza y nuestra magnanimidad para emprender y acometer cosas grandes. (Jeremías 1,7) No digas que eres un niño pues iras donde Yo te envíe y dirás lo que Yo te ordene, no tengas miedo que Yo estaré contigo para librarte, de manera que la humildad no solo es contraria a la magnanimidad, sino que es raíz y fundamento de ella.
Lo segundo que tiene el magnánimo es desear hacer cosas grandes y que sean en si dignas de honra, tampoco es contrario a la humildad porque como dice Santo Tomas no lo desea por la honra humana, ni es ese su fin, merecerla si, pero no procurarla ni estimarla. La virtud es cosa tan alta que no puede honrar ni premiar suficientemente de los hombres, porque merece ser honrada y premiada de Dios. Así el magnánimo por solo el amor de Dios y de la virtud se mueve a obrar y hacer cosas grandes despreciando todo lo demás. (Filipenses 4,12) Se vivir en la pobreza y en la abundancia, estoy acostumbrado en todo y para todo, a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Para que vientos tan recios y tan contrarios, como la honra y la deshonra, las alabanzas y las murmuraciones, de los favores y de las persecuciones, no causen en nosotros mudanza, ni nos hagan titubear, sino que siempre nos quedemos en un mismo ser, gran fundamento de humildad y sabiduría del cielo es menester. Padecer pobreza, mendigar, peregrinar y andar humilde entre las deshonras y afrentas, por ventura sabréis; pero ser humilde en las honras, cátedras, pulpitos y ministerios altos, no sé si sabréis, porque los ángeles en el cielo no supieron hacer eso, sino que se desvanecieron y cayeron.
Pues a esta humildad hemos de procurar llegar con la gracia de Dios, especialmente los que somos llamados, no para que estemos arrinconados y escondidos debajo del celemín, sino en alto, como ciudad sobre el monte, y como antorcha sobre el candelero para alumbrar y dar luz al mundo; para lo cual es menester echar muy buenos fundamentos, y tener un deseo grande, de ser despreciados y tenidos en poco, el cual nazca un profundo conocimiento de nuestra miseria y vileza y de nuestra nada.

domingo, 2 de junio de 2013

Del segundo grado de humildad: declarese en que consiste este grado



Del segundo grado de humildad: declárese en que consiste este grado

San Buenaventura: dice que el segundo grado de humildad es desear uno ser tenido de los otros en poco, desear que no os conozcan ni os estimen y que no hagan caso de vos.
Si estuviésemos bien fundados en el primer grado de humildad tendríamos andado mucho camino para llegar a este segundo grado; si verdaderamente nosotros mismos nos tuviésemos en poco (que es el primer grado) no se nos haría muy dificultoso que los otros también nos tuviesen en poco, antes nos alegraríamos en ello.
Dice San Buenaventura: “Todos nos alegramos que los demás se conformen con nuestro parecer y sientan lo mismo que nosotros sentimos”. Si esto es así ¿Por qué no nos alegramos que los otros nos tengan en poco? Porque no nos tenemos en poco, no somos de ese parecer.
San Gregorio sobre aquellas palabras de Job (33,27) Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Muchos con la boca dicen mal de si, y que son unos tales y cuales, y no lo creen ellos así, porque cuando otro les dice aquellas mismas cosas, y aún menores no lo pueden sufrir. Y esos tales, cuando dicen mal de si, no lo dicen con verdad, porque no lo sienten ellos así en su corazón, como lo sentía Job cuando decía Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Job decía esto con verdad y corazón, pero esos solamente se humillan con la boca y exteriormente, más en el corazón no tienen humildad, quieren parecer humildes, pero no lo quieren ser, porque si de veras lo deseasen, no se sentirían tan molestos cuando otros les reprenden y les avisa de alguna falta y no se excusarían, ni se turbarían tanto como se turban.
Muchas veces lo que parece humildad es soberbia. Porque nos humillamos para ser alabados por los hombres y para ser tenidos por buenos y humildes. Dice el Sabio: Hay algunos que se humillan fingidamente, y allá en el interior de su corazón está lleno de soberbia y engaño. Porque ¿qué mayor engaño que buscar por medio de la humildad ser honrado y estimado por los hombres? ¿Y qué mayor soberbia que pretender ser tenido por humilde? Pretender alabanzas de la humildad, dice San Bernardo no es virtud de humildad sino perversión y destrucción de ella. ¿Qué mayor perversión puede ser esa? ¿Qué cosa puede ser más fuera de razón, que querer parecer mejor de donde parecéis peor? Del mal que decís de vos queréis parecer bueno y ser tenido por tal, ¿Qué cosa más indigna y más fuera de razón? San Ambrosio reprendiendo esto dice: Muchos tienen apariencia de humildad, pero no tienen la virtud de la humildad, muchos que parece exteriormente la buscan, interiormente la contradicen.
Es tanta nuestra soberbia y la inclinación que tenemos ser tenidos y estimados, que buscamos mil modos e inventamos mil cosas para eso. Unas veces por indirectas, otras por directas, siempre procuramos llevar el agua a nuestro molino. Dice San Gregorio, que es propio de los soberbios, cuando les parece que han hablado o hecho alguna cosa bien, preguntar a los que lo vieron u oyeron que les digan las faltas, para que les digan bien de ello. Parece que se humillan exteriormente, pidiendo que les digan las faltas, pero no es humildad, sino soberbia, porque pretenden con aquello sacar alabanzas. Todo es soberbia y estimación, y eso pretendemos sacar con humildades fingidas.
Otras veces, cuando no podemos encubrir nuestra falta, la confesamos llanamente, para que ya que perdimos la honra con la falta, la ganemos con aquella confesión humilde. Otras veces dice San Bernardo exageramos nuestras faltas, y decimos aún más de lo que es, para que viendo los otros que no es posible ni creíble ser tanto aquello, piensen que no debió haber falta ninguna en ello, y así exagerando y diciendo más de lo que es, queremos encubrir lo que es.
Todo esto nos viene de no estar bien fundados en el primer grado de humildad, y así estamos tan lejos del segundo grado. Es menester que tomemos este negocio desde sus principios; primero conviene que conozcamos nuestra miseria y nuestra nada, y del profundo conocimiento propio ha de nacer en nosotros un sentir muy bajamente de nosotros mismos, y despreciarnos y tenernos en poco que es el primer grado de humildad, y de ahí hemos de subir al segundo. De manera que no basta que vos os tengáis en poco; no basta que vos digáis mal de vos, aunque lo digáis de verdad y corazón, y lo sintáis así, sino tenéis que procurar llegar a alegraros que los otros también sientan de vos eso mismo que vos sentís y decís, y os desprecien y tengan en poco.
Dice San Juan Climaco: No es humilde el que se abate y dice mal de si mismo porque ¿quién hay que no se sufra a sí mismo?  Sino aquel que es humilde, que con paz se alegra ser despreciado y maltratado de otros. Bueno es que uno diga siempre mal de sí, que es un soberbio, perezoso, impaciente, negligente y descuidado; pero mejor sería que guardase eso para cuando otro se lo dice. Si vos deseáis que los otros sientan eso mismo, y os tengan en esa posesión y figura, y os alegráis de oír esas cosas cuando se ofrece la ocasión, esa es la verdadera humildad.

sábado, 25 de mayo de 2013

Cuanto conviene ejercitarse en nuestro propio conocimiento


Cuanto conviene ejercitarse en nuestro propio conocimiento

Los santos Agustino y Bernardo dicen que esta ciencia del propio conocimiento es la más alta y de mayor provecho de cuantas han inventado y hallado el hombre.
Dice san Agustín: La ciencia de las cosas del cielo y de la tierra, la ciencia de la astrología, de la cosmografía, el saber de los movimientos de los cielos, los cursos de los planetas, sus propiedades e influencias; pero el conocerse a sí mismo es más alta ciencia y más provechosa que todas esas, Las demás hinchan y se envanecen, como dice San Pablo (1 Cor 8,1) pero esta edifica y humilla. Acerca de lo sacrificado a los ídolos, se que todos tenemos conocimiento. Pero el conocimiento engríe, mientras el amor edifica.
Dice San Bernardo hablando en persona de Dios ¡Oh hombre si te vieses y conocieses, luego te descontentarías y te desagradarías a ti, y me contentarías y agradarías a Mi; pero porque como no te ves, ni te conoces, te agradas a ti y me descontentas a Mí! Guardaos no venga tiempo, cuando ni os agradéis a vos ni a Dios, a Dios por pecasteis y a vos porque os condenasteis.
San Gregorio dice: Hay algunos que comenzando a vivir a Dios y tratar un poco de virtud, luego creen que son buenos y santos, y de tal manera ponen los ojos en lo bueno que hacen que se olvidan de los pecados y males pasados y algunas veces de los presentes, porque se ocupan tanto en mirar lo bueno que no atienden ni echan de ver muchas cosas malas que hacen .Pero los buenos y los escogidos hacen muy al contrario, porque estando llenos de virtudes y buenas obras siempre ponen los ojos en lo malo que tienen y están mirando y considerando sus faltas e imperfecciones. Así mirando sus males conservan sus bienes y las virtudes que tienen, permaneciendo siempre en humildad; por el contrario los malos, mirando sus bienes los pierden, porque se ensoberbecen y desvanecen con ellos. Y los malos sacan mal y daño de sus bienes porque usan mal de ellos. Y cuando el demonio os traiga a la memoria los bienes que hemos hecho para que os estiméis y ensoberbezcáis, dice san Gregorio contraponedle vos vuestros males, trayendo a la memoria vuestros pecados pasados, como lo hace el apóstol San Pablo (1 Timot 1, 13) ¡Ay! ¡Que he sido blasfemo y perseguidor de los siervos de Dios y del nombre de Cristo! (1 Cor15,9) ¡Que no soy digno de ser llamado Apóstol porque he perseguido a la Iglesia de Dios! Este es buen contrapeso y muy buena contramina contra esta tentación.
San Francisco de Borja tenía una devoción que le ayudaba mucho y era que cada día , al levantarse, la primera cosa que hacía era arrodillarse y besar tres veces la tierra, para acordarse de que era polvo y tierra y que en eso se había de volver. Pues guardemos nosotros este consejo y quedémonos con él, no se nos pase día alguno que no gastemos algún rato de oración en pensar algo que toque a nuestra confusión y desprecio. Y no paremos ni descansemos en este ejercicio hasta que sintamos que se nos ha embebido en nuestra alma un entrañable desprecio y desestima de nosotros mismos, y una confusión y vergüenza delante de acatamiento de la majestad de Dios viendo nuestra bajeza y miseria. Porque es tanta nuestra soberbia y la inclinación que tenemos a ser tenidos y estimados, que si no andamos continuamente en este ejercicio, cada hora nos hallaremos levantados sobre nosotros mismos como el corcho sobre el agua, porque más vanos y más livianos somos nosotros que el corcho.
Para que nos animemos más en este ejercicio y ninguno tome ocasión para dejarle por algunas falsas aprensiones se han de advertir aquí dos cosas: La primera, que no piense nadie que es ejercicio solo de los principiantes, porque es también de los antiguos y aprovechados y de muy perfectos varones, pues vemos que ellos y el mismo Apóstol San Pablo lo usaban.
La segunda, es menester que entendamos que este ejercicio no es triste ni melancólico, ni causa turbación ni desasosiego, antes trae consigo gran paz y quietud y gran contento y alegría, por muchas faltas y miserias que uno conozca en sí, aunque de verse tan ruin entienda claramente que merece que todos le aborrezcan y desprecien, porque cuando este conocimiento nace de verdadera humildad, viene aquella pena con una suavidad y contento que no querría uno verse sin ella. Esas otras penas y congojas que algunos tienen viendo en si tantas faltas e imperfecciones, son tentación del demonio, el cual pretende con eso, que pensemos que tenemos humildad, y por otra parte si pudiere, querría que desconfiásemos de Dios y que anduviésemos desalentados y desmayados en su servicio.
Si hubiéramos de parar en el conocimiento de nuestra flaqueza y miseria, harta ocasión tuviéramos de entristecernos y desconsolarnos. Pero no hemos de parar ahí, sino pasar luego a la consideración de la bondad y misericordia y liberalidad de Dios y a lo mucho que nos ama y padeció por nosotros y en eso hemos de poner nuestra confianza. Y así lo que fuera ocasión de desmayo y tristeza mirándoos a vos, sirve para esforzar y animar y es ocasión de mayor alegría y consuelo mirando a Dios. Se mira uno a sí mismo, y no ve sino  que llorar; y mirando a Dios confía en su bondad si temor a verse desamparado, por muchas faltas e imperfecciones y miserias que vea en si porque la bondad y misericordia de Dios es infinita, en que tiene puesto sus ojos y su corazón, exceden y sobrepujan infinitamente todo eso.