La humildad no es contraria a la magnanimidad antes es fundamento y causa de ella
La humildad y la magnanimidad son dos virtudes que parecen contrariarse entre sí, porque la magnanimidad es una grandeza de ánimo, para emprender y acometer cosas grandes y excelentes y que sean en si dignas de honra. Y lo uno y lo otro, parece contrario a la humildad, porque cuanto a lo primero, que es emprender cosas grandes, no parece que dice con ella, porque uno de los grados de humildad, es confesarse y tenerse por indigno e inútil para todas las cosas. Y emprender para lo que no es, parece soberbia y presunción. Y lo segundo, que es emprender cosas de honra, parece también contrario, porque el verdadero humilde ha de estar muy lejos de desear hora y estimación.
Responde Santo Tomas: ninguna virtud puede ser contraria a otra. Y en particular estas dos, humildad y magnanimidad, hallaremos que no solo no son contrarias, sino hermanas y depende una de la otra. Lo propio del magnánimo es emprender y acometer cosas grandes y eso no es contrario al humilde y solo él lo puede hacer bien. Si fiados en nuestras fuerzas y medios emprendiésemos cosas grandes, seria presunción y soberbia, porque ¿qué cosas grandes ni aún pequeñas podemos nosotros emprender fiados de nuestras fuerzas? Como dice San Pablo (2 Cor3, 5) No somos suficientes ni aún para tener un buen pensamiento. El fundamento firme de esta virtud de la magnanimidad para acometer y emprender cosas grandes, ha de ser desconfiar de nosotros mismos y de todos los medios humanos, y poner nuestra confianza en Dios, y eso hace la humildad, y por eso la llaman los Santos fundamento de todas las virtudes, porque abre zanjas, ahonda cimientos y echa fuera toda arena y tierra movediza de nuestras fuerzas hasta llegar a la piedra viva, que es Cristo y edificar sobre ella.
Toda nuestra virtud y fortaleza y todas nuestras buenas obras han de descansar en Cristo (1 Cor 15,10) Por la gracia de Dios soy el que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mi. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Comienza el Apóstol a contar sus trabajos y lo mucho que había hecho en la predicación del Evangelio y en servicio de la Iglesia, hasta viene a decir que ha trabajado más que los demás Apóstoles, pero luego estriba en el Amado y en (filipenses 4.13) Todo lo puedo en Aquel que me conforta. En Dios todo lo podemos, con su gracia seremos poderosos para todo, en eso hemos de estribar y ese ha de ser fundamento de nuestra magnanimidad y grandeza de ánimo.
San León Papa El verdadero humilde es magnánimo, animoso, esforzado para cometer y emprender cosas grandes, ninguna cosa se le hace ardua ni dificultosa, porque no confía en sí, sino en Dios, y poniendo los ojos en Dios y estribando en El, nada se le pone delante. Salmo 59,14 Con Dios haremos proezas, Él pisoteara a nuestros enemigos. (Isaías 6,8) Me veis aquí, enviadme. Quería Dios enviar a predicar alguno a su pueblo, y como Él quiere obrar las cosas en nosotros con voluntad y consentimiento nuestro, dijo donde lo pudo oír Isaías ¿A quién enviare? ¿Quién querrá ir de buena gana? Respondió el profeta: Señor aquí estoy yo, si me quieres enviar El profeta no dijo: Señor yo iré y haré esto muy bien porque era humilde y conocía la flaqueza, y veía que era atrevimiento prometer de sí que haría una cosa tan grande y sobrepujaba todas sus fuerzas, por eso dice Señor aquí estoy, dispuesto para recibir lo que vos me quisieras dar, enviadme Vos que si me enviáis yo iré. Y Dios le dice, ve. Le mando ir porque supo responder con humildad porque no atribuyó así el ir, sino reconociendo su insuficiencia y flaqueza puso toda su confianza en Dios, creyendo que en Él todo lo podrá. Esta ha de ser nuestra fortaleza y nuestra magnanimidad para emprender y acometer cosas grandes. (Jeremías 1,7) No digas que eres un niño pues iras donde Yo te envíe y dirás lo que Yo te ordene, no tengas miedo que Yo estaré contigo para librarte, de manera que la humildad no solo es contraria a la magnanimidad, sino que es raíz y fundamento de ella.
Lo segundo que tiene el magnánimo es desear hacer cosas grandes y que sean en si dignas de honra, tampoco es contrario a la humildad porque como dice Santo Tomas no lo desea por la honra humana, ni es ese su fin, merecerla si, pero no procurarla ni estimarla. La virtud es cosa tan alta que no puede honrar ni premiar suficientemente de los hombres, porque merece ser honrada y premiada de Dios. Así el magnánimo por solo el amor de Dios y de la virtud se mueve a obrar y hacer cosas grandes despreciando todo lo demás. (Filipenses 4,12) Se vivir en la pobreza y en la abundancia, estoy acostumbrado en todo y para todo, a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Para que vientos tan recios y tan contrarios, como la honra y la deshonra, las alabanzas y las murmuraciones, de los favores y de las persecuciones, no causen en nosotros mudanza, ni nos hagan titubear, sino que siempre nos quedemos en un mismo ser, gran fundamento de humildad y sabiduría del cielo es menester. Padecer pobreza, mendigar, peregrinar y andar humilde entre las deshonras y afrentas, por ventura sabréis; pero ser humilde en las honras, cátedras, pulpitos y ministerios altos, no sé si sabréis, porque los ángeles en el cielo no supieron hacer eso, sino que se desvanecieron y cayeron.
Pues a esta humildad hemos de procurar llegar con la gracia de Dios, especialmente los que somos llamados, no para que estemos arrinconados y escondidos debajo del celemín, sino en alto, como ciudad sobre el monte, y como antorcha sobre el candelero para alumbrar y dar luz al mundo; para lo cual es menester echar muy buenos fundamentos, y tener un deseo grande, de ser despreciados y tenidos en poco, el cual nazca un profundo conocimiento de nuestra miseria y vileza y de nuestra nada.

