Cuanto conviene ejercitarse en nuestro propio conocimiento
Los santos Agustino y Bernardo dicen que esta ciencia del propio conocimiento es la más alta y de mayor provecho de cuantas han inventado y hallado el hombre.
Dice san Agustín: La ciencia de las cosas del cielo y de la tierra, la ciencia de la astrología, de la cosmografía, el saber de los movimientos de los cielos, los cursos de los planetas, sus propiedades e influencias; pero el conocerse a sí mismo es más alta ciencia y más provechosa que todas esas, Las demás hinchan y se envanecen, como dice San Pablo (1 Cor 8,1) pero esta edifica y humilla. Acerca de lo sacrificado a los ídolos, se que todos tenemos conocimiento. Pero el conocimiento engríe, mientras el amor edifica.
Dice San Bernardo hablando en persona de Dios ¡Oh hombre si te vieses y conocieses, luego te descontentarías y te desagradarías a ti, y me contentarías y agradarías a Mi; pero porque como no te ves, ni te conoces, te agradas a ti y me descontentas a Mí! Guardaos no venga tiempo, cuando ni os agradéis a vos ni a Dios, a Dios por pecasteis y a vos porque os condenasteis.
San Gregorio dice: Hay algunos que comenzando a vivir a Dios y tratar un poco de virtud, luego creen que son buenos y santos, y de tal manera ponen los ojos en lo bueno que hacen que se olvidan de los pecados y males pasados y algunas veces de los presentes, porque se ocupan tanto en mirar lo bueno que no atienden ni echan de ver muchas cosas malas que hacen .Pero los buenos y los escogidos hacen muy al contrario, porque estando llenos de virtudes y buenas obras siempre ponen los ojos en lo malo que tienen y están mirando y considerando sus faltas e imperfecciones. Así mirando sus males conservan sus bienes y las virtudes que tienen, permaneciendo siempre en humildad; por el contrario los malos, mirando sus bienes los pierden, porque se ensoberbecen y desvanecen con ellos. Y los malos sacan mal y daño de sus bienes porque usan mal de ellos. Y cuando el demonio os traiga a la memoria los bienes que hemos hecho para que os estiméis y ensoberbezcáis, dice san Gregorio contraponedle vos vuestros males, trayendo a la memoria vuestros pecados pasados, como lo hace el apóstol San Pablo (1 Timot 1, 13) ¡Ay! ¡Que he sido blasfemo y perseguidor de los siervos de Dios y del nombre de Cristo! (1 Cor15,9) ¡Que no soy digno de ser llamado Apóstol porque he perseguido a la Iglesia de Dios! Este es buen contrapeso y muy buena contramina contra esta tentación.
San Francisco de Borja tenía una devoción que le ayudaba mucho y era que cada día , al levantarse, la primera cosa que hacía era arrodillarse y besar tres veces la tierra, para acordarse de que era polvo y tierra y que en eso se había de volver. Pues guardemos nosotros este consejo y quedémonos con él, no se nos pase día alguno que no gastemos algún rato de oración en pensar algo que toque a nuestra confusión y desprecio. Y no paremos ni descansemos en este ejercicio hasta que sintamos que se nos ha embebido en nuestra alma un entrañable desprecio y desestima de nosotros mismos, y una confusión y vergüenza delante de acatamiento de la majestad de Dios viendo nuestra bajeza y miseria. Porque es tanta nuestra soberbia y la inclinación que tenemos a ser tenidos y estimados, que si no andamos continuamente en este ejercicio, cada hora nos hallaremos levantados sobre nosotros mismos como el corcho sobre el agua, porque más vanos y más livianos somos nosotros que el corcho.
Para que nos animemos más en este ejercicio y ninguno tome ocasión para dejarle por algunas falsas aprensiones se han de advertir aquí dos cosas: La primera, que no piense nadie que es ejercicio solo de los principiantes, porque es también de los antiguos y aprovechados y de muy perfectos varones, pues vemos que ellos y el mismo Apóstol San Pablo lo usaban.
La segunda, es menester que entendamos que este ejercicio no es triste ni melancólico, ni causa turbación ni desasosiego, antes trae consigo gran paz y quietud y gran contento y alegría, por muchas faltas y miserias que uno conozca en sí, aunque de verse tan ruin entienda claramente que merece que todos le aborrezcan y desprecien, porque cuando este conocimiento nace de verdadera humildad, viene aquella pena con una suavidad y contento que no querría uno verse sin ella. Esas otras penas y congojas que algunos tienen viendo en si tantas faltas e imperfecciones, son tentación del demonio, el cual pretende con eso, que pensemos que tenemos humildad, y por otra parte si pudiere, querría que desconfiásemos de Dios y que anduviésemos desalentados y desmayados en su servicio.
Si hubiéramos de parar en el conocimiento de nuestra flaqueza y miseria, harta ocasión tuviéramos de entristecernos y desconsolarnos. Pero no hemos de parar ahí, sino pasar luego a la consideración de la bondad y misericordia y liberalidad de Dios y a lo mucho que nos ama y padeció por nosotros y en eso hemos de poner nuestra confianza. Y así lo que fuera ocasión de desmayo y tristeza mirándoos a vos, sirve para esforzar y animar y es ocasión de mayor alegría y consuelo mirando a Dios. Se mira uno a sí mismo, y no ve sino que llorar; y mirando a Dios confía en su bondad si temor a verse desamparado, por muchas faltas e imperfecciones y miserias que vea en si porque la bondad y misericordia de Dios es infinita, en que tiene puesto sus ojos y su corazón, exceden y sobrepujan infinitamente todo eso.

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