domingo, 2 de junio de 2013

Del segundo grado de humildad: declarese en que consiste este grado



Del segundo grado de humildad: declárese en que consiste este grado

San Buenaventura: dice que el segundo grado de humildad es desear uno ser tenido de los otros en poco, desear que no os conozcan ni os estimen y que no hagan caso de vos.
Si estuviésemos bien fundados en el primer grado de humildad tendríamos andado mucho camino para llegar a este segundo grado; si verdaderamente nosotros mismos nos tuviésemos en poco (que es el primer grado) no se nos haría muy dificultoso que los otros también nos tuviesen en poco, antes nos alegraríamos en ello.
Dice San Buenaventura: “Todos nos alegramos que los demás se conformen con nuestro parecer y sientan lo mismo que nosotros sentimos”. Si esto es así ¿Por qué no nos alegramos que los otros nos tengan en poco? Porque no nos tenemos en poco, no somos de ese parecer.
San Gregorio sobre aquellas palabras de Job (33,27) Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Muchos con la boca dicen mal de si, y que son unos tales y cuales, y no lo creen ellos así, porque cuando otro les dice aquellas mismas cosas, y aún menores no lo pueden sufrir. Y esos tales, cuando dicen mal de si, no lo dicen con verdad, porque no lo sienten ellos así en su corazón, como lo sentía Job cuando decía Peque y verdaderamente delinquí, y no he recibido el castigo que merezco. Job decía esto con verdad y corazón, pero esos solamente se humillan con la boca y exteriormente, más en el corazón no tienen humildad, quieren parecer humildes, pero no lo quieren ser, porque si de veras lo deseasen, no se sentirían tan molestos cuando otros les reprenden y les avisa de alguna falta y no se excusarían, ni se turbarían tanto como se turban.
Muchas veces lo que parece humildad es soberbia. Porque nos humillamos para ser alabados por los hombres y para ser tenidos por buenos y humildes. Dice el Sabio: Hay algunos que se humillan fingidamente, y allá en el interior de su corazón está lleno de soberbia y engaño. Porque ¿qué mayor engaño que buscar por medio de la humildad ser honrado y estimado por los hombres? ¿Y qué mayor soberbia que pretender ser tenido por humilde? Pretender alabanzas de la humildad, dice San Bernardo no es virtud de humildad sino perversión y destrucción de ella. ¿Qué mayor perversión puede ser esa? ¿Qué cosa puede ser más fuera de razón, que querer parecer mejor de donde parecéis peor? Del mal que decís de vos queréis parecer bueno y ser tenido por tal, ¿Qué cosa más indigna y más fuera de razón? San Ambrosio reprendiendo esto dice: Muchos tienen apariencia de humildad, pero no tienen la virtud de la humildad, muchos que parece exteriormente la buscan, interiormente la contradicen.
Es tanta nuestra soberbia y la inclinación que tenemos ser tenidos y estimados, que buscamos mil modos e inventamos mil cosas para eso. Unas veces por indirectas, otras por directas, siempre procuramos llevar el agua a nuestro molino. Dice San Gregorio, que es propio de los soberbios, cuando les parece que han hablado o hecho alguna cosa bien, preguntar a los que lo vieron u oyeron que les digan las faltas, para que les digan bien de ello. Parece que se humillan exteriormente, pidiendo que les digan las faltas, pero no es humildad, sino soberbia, porque pretenden con aquello sacar alabanzas. Todo es soberbia y estimación, y eso pretendemos sacar con humildades fingidas.
Otras veces, cuando no podemos encubrir nuestra falta, la confesamos llanamente, para que ya que perdimos la honra con la falta, la ganemos con aquella confesión humilde. Otras veces dice San Bernardo exageramos nuestras faltas, y decimos aún más de lo que es, para que viendo los otros que no es posible ni creíble ser tanto aquello, piensen que no debió haber falta ninguna en ello, y así exagerando y diciendo más de lo que es, queremos encubrir lo que es.
Todo esto nos viene de no estar bien fundados en el primer grado de humildad, y así estamos tan lejos del segundo grado. Es menester que tomemos este negocio desde sus principios; primero conviene que conozcamos nuestra miseria y nuestra nada, y del profundo conocimiento propio ha de nacer en nosotros un sentir muy bajamente de nosotros mismos, y despreciarnos y tenernos en poco que es el primer grado de humildad, y de ahí hemos de subir al segundo. De manera que no basta que vos os tengáis en poco; no basta que vos digáis mal de vos, aunque lo digáis de verdad y corazón, y lo sintáis así, sino tenéis que procurar llegar a alegraros que los otros también sientan de vos eso mismo que vos sentís y decís, y os desprecien y tengan en poco.
Dice San Juan Climaco: No es humilde el que se abate y dice mal de si mismo porque ¿quién hay que no se sufra a sí mismo?  Sino aquel que es humilde, que con paz se alegra ser despreciado y maltratado de otros. Bueno es que uno diga siempre mal de sí, que es un soberbio, perezoso, impaciente, negligente y descuidado; pero mejor sería que guardase eso para cuando otro se lo dice. Si vos deseáis que los otros sientan eso mismo, y os tengan en esa posesión y figura, y os alegráis de oír esas cosas cuando se ofrece la ocasión, esa es la verdadera humildad.

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