De algunos grados y escalones por donde hemos de subir a la perfección de este segundo grado de humildad
Por ser este segundo grado de humildad de lo más práctico y dificultoso que hay en el ejercicio de esta virtud, haremos de él cuatro grados o escalones, para que así poco a poco vayamos subiendo a la perfección de la humildad que este grado nos pide.
El primer grado es no desear ser honrado y estimado por los hombres, antes huir de todo lo que dice honra y estimación. De esto nos dio ejemplo Cristo que huyo cuando entendió que querían elegirle por rey después del milagro de los panes y peces (Jn 6,15) Jesús sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiro otra vez a la montaña él solo. Por la misma razón cuando manifestó la gloria de su sacratísimo cuerpo a los tres discípulos en su admirable transfiguración, les mando que no lo dijesen a nadie hasta después de su de su muerte y resurrección (Mt17, 9) Cuando del monte, Jesús les mando: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Y dando vista a los ciegos y haciendo otros milagros, les encargaba el secreto (Mt 9,30) Y les abrieron los ojos. Jessús les ordenó severamente: ¡Cuidado con que lo sepa alguien! En la curación de un sordomudo (Mc 7,36) El les mando que no lo dijeran a nadie, pero, cuando más se lo mandaba con más insistencia lo proclamaba. Todo para darnos ejemplo, que huyamos de la honra y estimación de los hombres, por el gran peligro que en ello hay de desvanecernos y perdernos.
El segundo escalón dice San Anselmo, es sufrir con paciencia ser despreciado de otros. Lo que decimos es que a lo menos cuando se nos ofrece la ocasión de alguna cosa que toque a vuestro desprecio, la llevéis con paciencia, si no podéis con alegría, recíbelo bien, y aunque te duela, súfrelo con humildad y paciencia, Este es un gran remedio para alcanzar la humildad y para conservarla. Porque así como la honra y la estimación de los hombres es ocasión para ensoberbecernos y desvanecernos, por eso huían tanto de ella los santos; así todo lo que es en nuestro desprecio y desestima, es un gran medio para alcanzar la humildad y conservarnos y crecer en ella. Dice el Kempis: lo que agrada a los otros, ira delante; lo que a ti te contenta, no se hará: lo que dicen los otros, será oído; lo que dices tú, será contado por nada: pedirán los otros, y recibirán; tú pedirás, y no alcanzaras: otros serán muy grandes en la boca de los hombres; de ti no se hará cuenta: a los otros se encargaran los negocios; tu serás tenido por inútil. Por esto entristecerse ha la naturaleza; más será grande si lo sufres callando.
El tercer escalón que hemos de subir es no alegrarnos ni tomar contentamiento cuando somos alabados y estimados por los hombres. Dice San Gregorio la diferencia que hay entre los soberbios y los humildes, los soberbios se alegran cuando los alaban, y aunque sea mentira, el bien que dicen de ellos, se alegran porque no tienen cuenta con lo que son verdaderamente en sí y delante de Dios, solo pretenden ser tenidos y estimados de los hombres, y así se alegran y engríen con eso como quien ha alcanzado el fin que pretendía. Sin embargo la verdadero humilde de corazón, cuando ve que le alaban y estiman y dicen bien de él, entonces se encoge y se confunde más, conforme aquello del profeta (sal 87, 16) Cuando me ensalzaban, entonces me humillaba yo más, y andaba con mayor vergüenza y temor. Y con razón porque teme no sea no sea más castigado de Dios por no tener aquello de que es alabado, o si por ventura lo tiene, teme no ser libre su premio y galardón en aquellas alabanzas, y le digan después (Lc 16,25) Ya recibiste en tu vida el premio de tus obras. De manera, que los soberbios toman ocasión para engreírse y desvanecerse, que es de las alabanzas de los hombres, de eso toman los humildes ocasión para confundirse y humillarse. Lo que dice el Sabio (prov 27, 21) Así como la plata se prueba en el lugar donde es fundida, y el oro en el crisol, así es probado el hombre en la boca de quien le alaba. Así el hombre cuando es alabado y estimado se ensalza y se envanece con las alabanzas que oye, ese es oro o plata no buena, sino reprobada, pues le consume el crisol de la lengua; pero el que oyendo alabanzas suyas, de allí toma ocasión para humillarse y confundirse más, es plata y oro finísimo, pues no se consumió con el fuego de las alabanzas; quedo más humillado y confundido. Pues tomad esta por señal de si vais aprovechando en virtud y humildad, o no, pues por tal nos la da el Espíritu Santo. Mirad si os pesa cuando os alaban y estiman, o si os alegráis y contentáis de eso, y ahí veremos si somos oro u oropel (cosa de poco valor y mucha apariencia). Hemos de estar tan fundados en nuestro propio conocimiento, que no basten vientos de las alabanzas y estimación de los hombres a levantarnos y sacarnos de nuestra nada. Entonces nos hemos de confundir y avergonzarnos más, viendo que son falsas aquellas alabanzas, y que no hay en nosotros aquella virtud de que nos alaban, ni somos tales, cuales el mundo nos predica y hemos de ser.
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