domingo, 18 de agosto de 2013

confirmar con algunos ejemplos los medios para alcanzar la virtud de la humildad

Confirmarse en lo dicho con algunos ejemplos
Cuenta Pedro Cluniacense que hubo en la orden de la cartuja un religioso a quien Nuestro Señor conservo tan casto, puro y entero, que ni entre sueños tuvo jamás alguna ilusión.
Estando un día muy afligido y fatigado con graves tentaciones del demonio, se me apareció la soberana Virgen, y con su presencia desaparecieron los demonios, y después de haberme consolado y animado a perseverar y a ir adelante en la virtud y perfección, me dijo: Y para que mejor puedas hacer esto, te quiero decir en particular de los tesoros de mi Hijo, tres maneras o ejercicios de humildad, en los cuales ejercitándote agradaras mucho a Dios y vencerás a tu enemigo, y son: que te humilles en estas tres cosas: en la comida en el vestido y en los oficios que hicieres, de manera que en el comer desees y procures los manjares más viles, y en el vestido el más pobre y grosero, y en cuanto a los oficios, procures los más bajos y humildes, teniendo por gran honra y ganancia ocuparte en los oficios más abatidos y despreciados de que otros se desdeñan y huyen.
 En la vida de los Padres se cuenta de un monje que habiendo vivido mucho tiempo en el yermo (campo inhabilitado) en soledad, en gran penitencia y oración, le vino al pensamiento que ya debía ser perfecto, se puso en oración, y pidió a Dios: Señor, muéstrame lo que me falta para la perfección. Y queriendo Dios humillar sus pensamientos, oyó una voz que le dijo: ve a tal persona y haz lo que te dijere. Y en el mismo tiempo revelado al otro como iba a hablarle aquel solitario, y que le dijese que tomase el azote y guardase los puercos. Llegado el viejo solitario, le dijo: Yo deseo servir a Dios. Dime por caridad lo que me conviene hacer para esto, le dijo: toma este azote y vete a guardar los puercos. El obedeció porque deseaba servir para alcanzar lo que le faltaba para la perfección. Andaba el buen viejo con su azote guardado puercos y los que le conocían le decían: ¿Habéis visto como aquel viejo solitario, del cual oíamos decir grandes cosas, se ha tornado loco y anda guardando puercos? Los muchos ayunos y mucha penitencia le debieron secar el cerebro y ha enloquecido. Y el buen viejo, que oía decir las cosas, lo llevaba con mucha paciencia y humildad y persevero algunos días. Y viendo Dios su humildad, y que llevaba de buena gana aquellas afrentas y vituperios, le mando que de nuevo volviese a su lugar.
Se cuenta en la vida de los Padres, que contaba el abad  Juan que un filósofo tuvo un discípulo que cometió una culpa, y le dijo: No te perdono si no  sufres las injurias de otros durante tres años. Lo hizo así, y vino por el perdón, y volvió a decir el filosofo: No te perdono si no das premios otros tres años cuando te injurien, lo hizo así, y entonces le perdono y le dijo: Ya puedes ir a Atenas a aprender la sabiduría, fue a Atenas, y un filosofo injuriaba a los que entraban a oírle de nuevo, por ver si tenían paciencia, y como le hiciese una injuria y él se reía le dijo; ¿Cómo te ríes cuando te injurio? Respondió: tres años di dones para que me injuriasen y ahora he hallado quien me injuria de balde, ¿no quieres que me ría? Entonces le dijo el filósofo: Entra que tu eres bueno para la sabiduría. De lo cual se deduce que la paciencia es la puerta de la sabiduría.
De San Francisco de Borja se cuenta que yendo una vez con el Padre Bustamante ,que era su compañero, llegaron a una posada, donde no había para dormir sino un aposentillo estrecho con sendos jergones de paja, se acostaron y el Padre Bustamante por su vejez y estar fatigado de asma, no hizo en toda noche sino toser y escupir, y pensando que escupía hacia la pared, acertó a escupir en el Padre Francisco, y muchas veces en el rostro. El Padre no hablo palabra, ni se mudo ni desvió por ello. A la mañana cuando el Padre Bustamante vio de día lo que había hecho de noche, quedo en gran manera confuso, y el Padre Francisco no menos alegre y contento, para consolarle le decía: No tenga pena por eso, Padre, que yo le certifico que no había en el aposento lugar más digno de ser escupido que yo.

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