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domingo, 27 de octubre de 2013

De los bienes y provechos que hay en el tercer gradode humildad


De los bienes y provechos que hay en este tercer grado de humildad
Del libro (1 Crónicas 29,14) Pues ¿Quién soy yo y quien es mi pueblo para poder ofrecerte estos donativos? Todo viene de ti y te damos lo que hemos recibido de tus manos. Esto es lo que hemos de hacer y decir nosotros en todas nuestras buenas obras: Señor, todas nuestras buenas obras son vuestras, y así os devolvemos lo que nos habéis dado. (San Juan 2,16) Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. (Salmo 83,12) el Señor da la gracia y la gloria. Todo es dadiva de Dios, y todo se lo debemos atribuir y volver a Él.
Uno de los bienes y provechos grandes que hay en este tercer grado de humildad, es que este es el bueno y verdadero agradecimiento y acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios. Pues esto se hace con este tercer grado de humildad, como está dicho consiste en no atribuirse el hombre a si bien ninguno, sino atribuirlo todo a Dios y darle a Él la gloria de todo. Y en eso está el bueno y verdadero agradecimiento y acción de gracias, no en que digamos con la boca: gracias os doy, Señor, por vuestros beneficios, aunque también por la boca hemos de alabar a Dios y darle gracias. Pero si lo hacemos solamente con la boca no será hacer gracias sino decir gracias.
Pues para que nos sea, no solo decir gracias a Dios, sino hacerle gracias no solo con la boca sino también con el corazón, es menester que reconozcamos que todo el bien que tenemos es de Dios, y que se le volvamos y atribuyamos todo a Él, dándole la gloria de todo, sin alzaros con nada, porque de esa manera se desnuda el hombre de la honra que no es suya, y la da toda a Dios. Y esto nos quiso dar a entender Cristo en el Evangelio, cuando, habiendo sanado a los diez leprosos se vuelve uno a agradecer el beneficio recibido. Olvidarse de Dios, y el mayor desagradecimiento que puede uno tener, es atribuirse a sí los dones de Dios. No se nos pase tal cosa por el pensamiento y reconozcamos que suya es la fortaleza, y Él nos dio las fuerzas para todo, y que esto lo hizo, no por nuestros merecimientos.
Otro provecho es que el verdadero humilde, aunque tenga muchos bienes de Dios y sea por eso tenido y estimado de Dios y del mundo, no se estima ni se tiene por eso en más, sino se queda tan firme en el conocimiento de su bajeza como si nada de lo que dieron se hallara en él. Porque sabe distinguir entre lo ajeno y lo que es suyo propio, los dones y beneficios que ha recibido de Dios los mira él, no como cosa suya, sino como cosa ajena y prestada, y tiene siempre puesto los ojos en el conocimiento de su propia flaqueza y miseria, y en lo que él seria si Dios le dejase de su mano y no le tuviese siempre teniendo y conservando. Antes mientras más dones tienen recibidos de Dios, anda más confundido y humillado con ellos. Así una de las consideraciones que tiene a los siervos de Dios muy humillados y confundidos es que no solo Dios les ha de pedir cuentas de los pecados cometidos, sino también de los beneficios recibidos, y saben al que mucho se le dio, mucho se le reclamara, al que mucho se le confió más aún se le pedirá.
Otro provecho, es que el verdadero humilde no desprecia nadie, ni le tiene en poco, por mucho que le vea caer en culpas y pecados, ni por eso se ensoberbece él, ni se tiene más que el otro, sino que se humilla más, viendo al otro caer, porque considera que él y el caído son de la misma masa, y que cayendo el otro cae él, cuanto es de su parte. Dice San Agustín: No hay pecado que uno haga, que el otro no haría, sino le tuviese la mano de Dios. La verdadera justicia hace que tengamos compasión de nuestros hermanos, la falsa desden e indignación. (Gálatas 6,1) Corregid con mansedumbre, mirándote a ti mismo, no suceda que también tu caigas en la tentación.