domingo, 17 de noviembre de 2013

de los favores y grandes beneficios que hace Dios a los humildes

De los favores y grandes beneficios que hace Dios a los humildes

(Prov 11,2) Con los humildes está la Sabiduría.
(Sab 8,21) Tener humildad es suma Sabiduría.
(Isaías 66,2) En ese pondré mis ojos: en el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras.
En estos pone Dios los ojos para hacerlos mercedes y llenarlos de bienes. (1 Pedro 5,5) Revestíos todos de humildad en el trato mutuo porque Dios resiste a los soberbios, más da su gracia a los humildes. (Lc 1, 52-53) Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos les despide vacios .
(Lc 14,11) Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
Dice San Agustín que la humildad atrae así al Altísimo: Alto es Dios, y si os humilláis, desciende a vos, y si os levantáis y ensoberbecéis, huye de vos, porque como dice el profeta (sal 137,6) El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio. Porque cuando vemos a uno de lejos no le conocemos, así no conoce Dios a los soberbios para hacerles mercedes. (Mt 25,12) De verdad os digo que no os conozco dice Dios a los soberbios.
Veamos la causa por la cual levanta Dios tanto a los humildes y les hace tantos bienes. La causa es porque se le queda todo en casa; porque el humilde no se queda con nada, ni se atribuye así cosa alguna, sino todo se lo atribuye y vuelve enteramente a Dios, y a El da la gloria y honra de todo. (Eclesiástico 3,21) No pretendas lo que te sobrepasa, ni investigues lo que te excede.
En los humildes dice Dios bien los podemos fiar nuestra hacienda y darles nuestros dones y riquezas, que no la robaran. Así hace Dios con los humildes, porque toda la gloria y honra se queda por suya. Dice San Pablo (2Cor 4,7) Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
A los soberbios les deja vacios, porque el soberbio  confía mucho en sí y de sus diligencias, y se atribuyen a si los buenos sucesos de los negocios, como si por sus fuerzas y diligencias se hubieran hecho, alzándose con la honra y gloria que es propia de Dios.
Entrando en oración, con tanta devoción, nos parece que ya somos espirituales y hombres de oración. Y algunas veces nos creemos que somos más espirituales y mejores que otros. Por eso el Señor se retira de nosotros, y algunas veces nos quita lo que nos había dado, para que no se nos convierta el bien en mal, la salud en enfermedad, y sean para mayor condenación nuestra los dones y beneficios recibidos, por usar mal de ellos. La humildad y el propio conocimiento desembaraza al hombre de sí mismo, haciéndole desconfiar de sí y de todos los medios humanos y que no se atribuya así nada, sino a Dios. (Eclesiastés 13,9) Humíllate a Dios, pon tu confianza sus manos.

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